Una antigua doctrina afirmaba que el modelo para la creación del universo estaba basado en el uso de las proporciones musicales. Según esta creencia, los cuerpos celestes producían sonidos que al combinarse formaban la llamada música de las esferas.

Para Pitágoras y sus seguidores, la música era la ciencia de la armonía. La armonía podía ser entendida como el orden de los sonidos y también como el orden divino del cosmos; entre estas dos armonías había una relación. Luego Platón añadió que lo importante no era la música audible.

Según los pitagorinos lo más hermoso era que, los sonidos que producía cada esfera se combinaban con los sonidos de las demás esferas, produciendo una sincronía sonora especial: la llamada “música de las esferas”.

Se atribuye a Pitágoras el descubrimiento de la relación entre el tono de la nota musical y la longitud de la cuerda que lo produce: el tono de la nota de una cuerda está en proporción con su longitud, y que los intervalos entre las frecuencias de los sonidos armoniosos forman razones numéricas simples. En la teoría conocida como «la armonía de las esferas», Pitágoras propone que el Sol, la Luna y los planetas emiten un único zumbido basado en su revolución orbital, y que la cualidad de la vida en la Tierra refleja el tenor de los sonidos celestiales que son imperceptibles para el oído humano.

Para Filolao, matemático y astrónomo pitagórico, año 400 a.C., el mundo es «armonía y número», todo se halla ordenado según proporciones que corresponden a tres consonancias básicas para la música: 2:1 (armonía), 3:2 (quinta), 4:3 (cuarta). Nicómaco de Gerasa, (también pitagórico, hacia el año 200) asigna las notas de la octava a los cuerpos celestes, de manera que generan una música.

Platón presenta la noción en La República, X, 616-617. Describe un orden de ocho círculos u órbitas: estrellas fijas, Saturno, Júpiter, Marte, Mercurio, Venus, Sol, Luna, que se distinguen por su rango de distancias, su color y la velocidad de revolución. La unidad de medida, según Platón, es el intervalo Tierra/Luna (Timeo, 35 b). Los términos de la serie del «Alma del mundo» (1, 2, 3, 4, 9, 8, 27) representan las distancias de los planetas a la Tierra, medidas en razón de la distancia de la Luna a la Tierra tomada como unidad. Luna 1, Sol 2, Mercurio 3, Venus 4, Marte 8, Júpiter 9, Saturno 27 (Timeo, 36 d).

Es Aristóteles el primero en dar una exposición crítica de la noción pitagórica de las armonía de las esferas: “Debemos ver evidentemente, después de todo lo que precede, que, cuando nos hablan de una armonía resultante del movimiento de esos cuerpos, igual a la armonía de sonidos que se entrelazan, se está haciendo una comparación muy brillante, sin duda, pero vana; esa no es la verdad de ningún modo. Hay en efecto gente [los pitagóricos] que se figura que el movimiento de cuerpos tan grandes [los planetas] debe producir necesariamente ruido, pues escuchamos alrededor nuestro los ruidos que hacen cuerpos que ni tienen tanta masa, ni una velocidad igual a la del Sol o la Luna. Por ello, uno se cree autorizado a concluir que astros tan numerosos e inmensos que aquellos que tienen este prodigioso movimiento de traslación, no pueden andar sin hacer un ruido de una intensidad desmesurada. Admitiendo en principio esta hipótesis, y suponiendo que estos cuerpos, gracias a sus distancias respectivas, están por sus velocidades en la misma proporción que las armonías, estos filósofos llegan a pretender que la voz de los astros, que se mueven en círculos, es armoniosa. Pero como sería muy sorprendente que nosotros no escucháramos esta pretendida voz, nos explican la causa, diciendo que ese ruido data para nuestros oídos desde el momento mismo de nuestro nacimiento. Esto hace que no distingamos el ruido, es que no hemos tenido nunca el contraste del silencio, que sería su contrario; pues la voz y el silencio, se hacen así distinguir recíprocamente el uno del otro. Pero, al igual que los herreros, por el hábito del ruido que hacen, no se dan más cuenta de la diferencia, así igualmente, dicen, sucede a los hombres. Esta suposición, lo repito, es muy ingeniosa y muy poética; pero es absolutamente imposible que sea así.” (Aristóteles, “Tratado del Cielo”, II, cap 9, 290).

Hoy conocemos a Ptolomeo como astrónomo, a Nicolás de Oresme como matemático, a Kepler como físico. Pero hay algo que todos ellos tienen en común: y es que escribieron sobre música. Ptolomeo, en concreto, fue el autor del tratado más importante de teoría musical de la Antigüedad clásica titulado, precisamente “Armónicos”. Nicolás de Oresme reflexionó sobre la conmensurabilidad de las órbitas estelares valorando, entre otras cuestiones, el interés de la música planetaria resultante. Muchos otros autores —Galileo, Newton, Descartes, Euler…— nos dejaron curiosas resonancias musicales en sus trabajos. Pero, sin duda, uno de los casos más interesantes es el de Kepler.

Kepler es conocido por desvelar la forma elíptica de las órbitas planetarias. Fue también el primero en hallar la relación entre el periodo orbital y la distancia al sol. Además, describió cómo la velocidad de cada planeta variaba a lo largo de su elipse. Lo que no resulta tan conocido es que Kepler, en su tratado “Harmonices mundi” además de describir estas leyes astronómicas, asignó notas musicales a cada planeta en función de su velocidad angular. Los planetas con una órbita más excéntrica (por tanto, los planetas cuya velocidad angular es más variable) abarcaban un mayor rango sonoro. Mientras que Venus, por ejemplo, adscrito casi a una circunferencia en su recorrido alrededor del sol, entona siempre la misma nota. Además, Kepler asignó voces a cada uno de ellos: desde Mercurio, la soprano, el planeta más cercano al sol y, por tanto, el de mayor frecuencia (el más veloz), hasta los bajos: Júpiter y Saturno (los más lentos y graves).

Podéis escuchar la música celestial kepleriana en este enlace (https://mitpress.mit.edu/media/animations/audio-5-6-solar-system/solar-system.wdgt.html) y comprobaréis que de “celestial” no tiene mucho. Kepler mismo se dio cuenta de que, según su propia teoría, los planetas estarían en disonancia la mayor parte del tiempo, pero argumentó que en determinados momentos, algunos se alinearían produciendo consonancias parciales. Como esta armonía transitoria nunca alcanzaría a los 6 planetas simultáneamente, además, Kepler argumentó que el universo no tendría fin. Tengamos en cuenta que esta era una idea herética para su época, un tiempo en la que la Iglesia Católica hablaba de Apocalipsis y de una Creación finita. A pesar de ello, Kepler daba tanta importancia a la belleza en su teoría que, literalmente, creía que el mundo no podía acabar hasta que sonase bien.

En abril de 1998 por la NASA, el Transition Region and Coronal Explorer (TRACE), encontró las primeras evidencias de música originada en un cuerpo celeste, según las cuales los cuerpos celestes emiten sonidos armónicos. Aunque la música de las esferas ha derivado primero en la noción de armonía universal y después en simetría, ahora se ha descubierto que la atmósfera del Sol emite realmente sonidos ultrasónicos y que interpreta una partitura formada por ondas que son aproximadamente 300 veces más graves que los tonos que pueda captar el oído humano.

Según este descubrimiento, la tradicional música de las esferas consiste en realidad en un “ultrasonido solar” que interpreta una partitura formada, según el satélite de la NASA, por ondas 300 veces más profundas que el sonido de la más profundas vibraciones audibles por el oído humano, con una frecuencia de 100 mili Hertz en periodos de 10 segundos. Un hertz es la frecuencia de un fenómeno periódico cuyo periodo es 1 segundo. El ser humano no puede escuchar sonidos de frecuencia menor a 16 Hz (sonidos infrasónicos), ni mayor de 20 kHz (sonidos ultrasónicos o supersónicos).

Las ondas ultrasónicas se producen o bien por el choque repentino de flujos electromagnéticamente inducidos en la superficie solar, o bien por el choque de determinadas ondas de baja frecuencia sonora, cuando éstas se levantan como las olas del mar desde la superficie del sol.

Los loops coronales parecen estar involucrados en la producción de llamaradas solares que emiten partículas de alta energía al espacio, creando lo que se conoce como la meteorología especial. Cuando esta se incrementa y se producen tormentas solares, la Tierra y todo los sitemas eléctricos pueden verse seriamente afectados.

Estudiar la música del Sol podría ayudar a predecir las tormentas solares.

Music of the Spheres es un álbum del músico inglés Mike Oldfield lanzado en el Reino Unido el 17 de marzo de 2008. Cuenta con las colaboraciones de la soprano neozelandesa Hayley Westenra en el tema “On My Heart” y del pianista chino Lang Lang en seis de sus pistas.

El álbum, el segundo con Mercury Records y su primer trabajo clásico, se basa en el concepto de la “musica universalis” o armonía de las esferas.

Uno de los temas del álbum se titula “Musica Universalis” o armonía de las esferas, una antigua teoría filosófica que dice que los movimientos de los cuerpos celestes se basan en la música. También hace referencia al nombre de la discográfica, Universal Music.

Mike Oldfield, en una entrevista para el diario La Vanguardia, del 28 de febrero de 2008, decía lo siguiente: “‘Music of the Spheres’ es mi interpretación de la teoría de los cuerpos celestes según la cual todo planeta o estrella, incluso el universo entero -explica el artista- está compuesto por música que no puede oírse, sino que hace referencia más bien de un concepto armónico y matemático”.

Mike Oldfield comparte con John Lennon la creencia de que la música más transcendente “procede de un lugar superior”.

Como expresó en su día John Lennon, había momentos en los que Oldfield admite haberse sentido como “un canal para la música de las esferas” y que él simplemente se dedicaba a transcribirla “como un médium”.

Mike Oldfield confirma sentirse “como un canal adecuado, que simplemente surge a través del cual lleva la música al mundo sin interponerse”. El propio Oldfield señala que la espiritualidad “influye decididamente” en su música.

“Lo más importante es hacer que la música refleje que somos parte del mundo natural pero con capacidad de ver el otro lado de la existencia, el espiritual y la elegancia de la naturaleza”, sentencia.

‘Music of Spheres’ se estrenó en España el próximo 7 de marzo de 2008 en el museo Guggenheim de Bilbao.

Y así suena un fragmento de “Música de las esferas” de Mike Oldfield, del tema On my heart:  https://www.youtube.com/watch?v=3Wgh4K1CwqQ

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