Reconozco que no había terminado de leer el libro de Teresa Porqueras hasta anoche. Y la verdad, debo reconocer que me ha encantado su forma de escribir. Su narración en primera persona sobre los hechos acontecidos durante las diversas entrevistas al dominico Juan José Gallego Salvadores enganchan. Teresa sabe transmitir y escribir muy bien, y eso se nota de inmediato.

En cuanto a lo que aquí se describe, pues se agradece la sinceridad de Teresa con el relato, sin ocultar nada de lo que le ocurrió. Ahora bien, me sorprende que se hable tan a la ligera del “maligno” o de que cada caso de supuesta posesión se le atribuya a Satanás. Eso demuestra una creencia religiosa previa, lejos del rigor con el que se deberían abordar estos temas.

Y es que el dominico, antiguo exorcista de Barcelona, habla con una facilidad pasmosa de Satanás. Me pregunto si, como teólogos que son estos frailes, conocen la auténtica verdad tras estas figuras inventadas.

El nombre “Satanás” en realidad proviene de la palabra aramea shatán que significa acusador, enemigo, adversario. Es tan solo la latinización de dicha palabra. En los textos del Tanaj (Antiguo Testamento) se empleaba con esa intención.

Los griegos la tradujeron del hebreo ha-shatán (mencionado en el Tanaj como un espía errante del dios hebreo que rondaba sobre la Tierra para mostrarle a este dios todo lo que había cometido la humanidad).

En el Libro de Job (Iyov), ha-satan es un título, no un nombre propio, de un ángel gobernado por Dios; él es el jefe perseguidor de la corte divina. En el Judaísmo ha-satan no hace el mal, le indica a Dios las malas inclinaciones y acciones de la humanidad. En esencia, ha-satan no tiene poder hasta que los humanos no hagan cosas malas.

Al traducir la biblia al griego (LXX) y al latín y emplearla en el Nuevo testamento, los escribas y sacerdotes decidieron no traducir dicha palabra y emplearla como si el “ángel acusador” fuera en realidad un diablo enemigo del dios hebreo (todo lo contrario al significado real y la descripción dada por los autores del Antiguo Testamento hebreo).

En diversos versículos se usó el término Satán para designar a adversarios humanos de, por ejemplo, David (1 Sm 29,4) o Salomón (1 Re 5,18); mientras que en el ámbito de lo celestial apareció el concepto en relación con un ángel de Dios enviado a obstaculizar al profeta Balam, contratado por Moab para lanzar una maldición sobre Israel, siendo, pues, un mero adversario (Nm 22,22), no un “demonio”.

El término Satán, en historias como la de Zorobabel, designó el rol de acusador en juicios ante Dios (Zac 3,1), un papel que desempeñará igualmente el ángel-satán que aparece en la historia de Job, actuando como un simple fiscal que acusa y pide pruebas (castigos).

En el libro de Números se llama shatán (en el sentido de ‘adversario’, ‘oponente’), al mensajero-ángel que Yahveh envía para impedir que Balaam maldiga al pueblo de Israel. (Num 22:22-32).

El término shatán también entra en la vida jurídica israelita, y alcanza el sentido de ‘acusador delante del tribunal’ (Salmos 109:6) (Zacarías 3:1) y el término shitna, derivado de la misma raíz, es la “acusación”.

Solo en el Nuevo testamento, los autores deciden otorgar el papel de enemigo del dios literario en un intento de confundir al lector haciéndole pensar que es un ángel enemigo de ese Dios/Cristo que decide tentarle y provocarle (Marcos 1:12-13) (Mateo 4:1-11) (Lucas 4:1-13) o un ángel que posee cuerpos que más tarde Jesús espanta realizando exorcismos (Marcos 3:22-27) (Mateo 12:22-30) (Lucas 11:14-23).

En lengua árabe se le llama shaytán, que también significa serpiente (de esta forma consiguieron asociarlo a la serpiente del Génesis que tienta a Adán y Eva con el fruto prohibido. Algo que no figura en el libro del Génesis, donde a la serpiente se la denomina solamente como “la criatura más astuta e inteligente de la creación”).

Por tanto, Satán a Satanás es sencillamente un personaje inventado por la fábula cristiana.

¿Y qué decir de Lucifer? Pues tres cuartos de lo mismo. El nombre de Lucifer habría aparecido por primera vez en la Vulgata (c. 400), que fue el «original» traducido por Scío. Jerónimo de Estridón no inventó la palabra (que significa “portador de la luz”, sinónimo latino habitual de Venus), pero la transformó por completo al utilizarla para traducir el hebreo “helel ben-shahar” siguiendo literalmente la versión griega de la Septuaginta (siglos II-III a. e. c.), que había utilizado “to heosphoros” (portador del alba). Eósforo (también llamado Fósforo) es hijo de Eos, personificado en Venus, el Lucero del Alba. Concluyendo Lucifer es el planeta Venus. Y el ahora San Jerónimo se lo sacó de la manga por una mala traducción.

En el libro de Teresa vemos que los supuestos endemoniados temen a la Virgen María. ¿A la virgen María? En la versión hebrea de la Biblia se utiliza la palabra “almah” que significa “mujer joven” al hacer referencia a la adolescente María. “Almah” no tiene ninguna acepción ni relación con la virginidad, para lo cual se debería haber utilizado la palabra “bethulah”. El error ocurrió durante la traducción al griego de la versión precristiana conocida como “Septuaginta”. El hebreo ha’almah se traduce en la Septuaginta como parthenos, que realmente significa virgen. Así que tenemos que una adolescente María luego será virgen por culpa de una mala traducción. ¡Una vez más!

Teniendo en consideración todo lo anterior… ¿cómo es posible que existan posesiones con personajes mitológicos que nunca han existido y que fueron fruto de las invenciones cristianas?

Eso mismo me pregunto yo. ¿O es que estamos ante casos que corresponden a la psiquiatría moderna? La conclusión es más que evidente. No existe un solo caso de posesión real comprobado, el 100% de los casos son fruto de la mente humana.

El libro de Teresa lo deja claro. Aparece el caso de Anais, un apodo de una mujer de Lleida que, como creyente, dice estar poseída, asiste a misa diaria, y entra en trances. Me recuerda a los muchos casos similares que me encontré cuando investigaba sobre exorcismos para la revista Primera Línea, de Grupo Zeta, hace más de 20 años. Recuerdo el caso de una supuesta posesa de Sant Boi de Llobregat, donde casi me muero de la risa cuando la vi hablar supuestas lenguas muertas. Aún tengo en la memoria las conversaciones que me di con aquel supuesto demonio que la poseía. Por descontado acabé desviándola a un buen amigo médico psicólogo.

Los casos de xenoglosia están bien estudiados, gracias a los estudios realizados en el mundo protestante evangelista. Una xenoglosia es la capacidad de hablar en lenguas sin haberlas estudiado ni aprendido anteriormente. La glosolalia es una enfermedad que afecta al lenguaje y que consiste en la invención de palabras adjudicándoles un significado. Esos sonidos parecidos al lenguaje, de los grupos pentecostales, corresponden a una glosolalia; las profetisas de Delfos ya usaban este truco. Me hace mucha gracia cuando alguien que quiere dar crédito a sus infundadas creencias, te dice que el poseso hablaba sumerio. Claro, claro, ¿alguien sabe sumerio para saber si ese era el idioma? O cuando te dicen que tal o cual supuesto poseso, como me sucedió a mí, hablaba en latín y griego. Lo malo de quien me dijo aquello es que yo había estudiado estas dos lenguas en bachillerato, y sabía perfectamente que aquella “endemoniada” de Sant Boi no conversaba en estas lenguas.

Los frailes no dudan en achacar los males de sus demonios inventados al reiki o el yoga. Sí, tal y como se oye. Si alguien tiene la potestad del ritual son ellos, y no van a permitir que su negocio se desmorone con otro tipo de prácticas.

Anneliese Michel (Leiblfing, Baviera, Alemania Occidental, 21 de septiembre de 1952 – 1 de julio de 1976, Klingenberg am Main, Baviera) fue una mujer alemana y católica que fue sometida a un exorcismo en 1975 y que murió al año siguiente, tras negarse a continuar con el tratamiento médico y psiquiátrico que le habían encomendado durante los 7 años anteriores a su fallecimiento. Investigaciones posteriores determinaron que Michel presentaba cuadros de desnutrición y deshidratación; sus padres y los sacerdotes responsables fueron acusados de homicidio negligente. La investigación y el juicio subsiguientes atrajeron la atención del público y los medios de comunicación, debido a la decisión inusual de la Iglesia Católica de emplear un ritual de 400 años de antigüedad, algo que ha sido rara vez visto desde el siglo XVIII.

El caso de Anneliese demostró que sus padres y los curas habían provocado su muerte, ante lo que era un caso declarado de epilepsia. Por descontado los monjes salieron prácticamente indemnes, con una condena de 6 meses de cárcel, que se sustituyó por una simple fianza, que abonó el arzobispado alemán.

Afortunadamente, la misma Teresa reconoce al final de su libro que una buena parte de sacerdotes o incluso cardenales de la iglesia Católica no creen en la existencia del demonio. Lógico, como buenos teólogos saben cómo se gestaron sus invenciones. O que los supuestos endemoniados son todos creyentes, no existiendo un solo caso de un confeso ateo.

Dejo para el final una reflexión. A día de hoy se siguen practicando exorcismos en el Convento de Santa Catalina, de la calle Bailén número 10, de Barcelona, con el consiguiente perjuicio para estas familias creyentes. ¿No deberían prohibirse estas prácticas? ¿No hay unas leyes que protegen el abandono familiar para los menores? ¿Por qué no se realiza lo mismo, un tutelaje sobre personas afectadas de transtornos psicológicos y se deja en manos de los irresponsables de la iglesia Católica un tratamiento en forma de exorcismo peliculero?

En defintiva, “Cara a cara con Satanás” es un libro altamente recomendable para, cuando menos, forjarse una opinión fundada sobre el fenómeno de los exorcismos.

Ficha técnica:

Título original: Cara a cara con Satanás
Editorial: Apostroph, edicions i propostes culturals, S.L.
Calle Major, 14, pb. 1 25660 Alcoletge (Lleida)
www.apostroph.cat
Primera edición: octubre 2016
ISBN: 978-84-945229-2-5
Depósito legal: DL L 1316-2016
Páginas: 254
Encuadernación: rústica
Medidas: 23 x 15 cm
Precio: 18,50 Euros (IVA incluido)

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