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Vuelo AH2007 de Air Algerie. 11 de octubre. 13:30 horas.

Partimos hacia Argel, saliendo desde el aeropuerto de Barajas. Desde los altavoces nos anuncian que llegaremos a la capital de Argelia a las 15:54 hora local. Una hora menos, según mi reloj que todavía conserva la hora española.

Miro las alas de este curioso avión, cuyos extremos se encuentran doblados hacia arriba. Durante el vuelo sufrimos turbulencias, premonición de lo que está por llegar.

Aprovecho para rellenar la primera hoja de entrada al país, una de las muchas que deberemos completar durante nuestra estancia. Al mirar mi visado, extendido en Alicante, aunque soy de Barcelona, compruebo que puedo quedarme en el país noventa días más de lo inicialmente previsto.

Nada más aterrizar vemos llegar al guía local. Junto a él se encuentran dos coches patrullas de la policía. Nos escoltarán. Hay graves problemas con los turistas y no quieren que ingresemos en la estadística de turistas secuestrados o asesinados por el terrorismo islamista.

Seguimos al coche patrulla. La autopista está abarrotada de viejos cacharros que no se sostienen por ninguna parte. Por doquier se observan controles policiales.

Los árabes son muy dados a conducir de forma temeraria. Se saltan todas las normas de tráfico y conducen a tirones. Para no ser menos, nuestro convoy transita por el arcén, arengando a cuantos se interponen entre los coches. Los policías asoman las cabezas por las ventanillas, gesticulan y berrean en su lengua. Nuestros taxistas también sueltan las manos de sus volantes, clamando a Alá.

A las 18 horas llegamos a comer a un sitio típico de Argel. El grupo, compuesto por ocho personas, se narra sus batallitas por el globo.

Regresamos al aeropuerto. En el primer control de seguridad detectan la porra extensible que siempre llevo conmigo en todos los viajes problemáticos. Les convenzo de que se trata de un trípode plegable, y me dejan pasar. Por Dios, tengo que ocultarla de alguna otra manera.

Facturamos el equipaje y nuevo control policial. Nada más entregar la hoja de entrada al país, tropezamos con otro control.

El autobús nos deja en las mismas puertas del avión; si bien las maletas te las tienes que subir tú. No me lo puedo creer. Las maletas de todos los viajeros se encuentran desperdigadas por la pista de aterrizaje. Todo el mundo corre para no perder de vista su equipaje. Yo subo mi mochila al carro que gritan pertenece al vuelo que te lleva a Djanet.

Cómo no, nuevo control de seguridad antes de subir las escalerillas del avión.

No llevamos resguardo del asiento. Aquí cada cual se busca la vida y te sientas donde te apetece. No hay primera y segunda clase. Esto es Arabia.

Ahora me río de lo sucedido en estas últimas horas. De cómo los autobuses están a reventar de árabes aprisionados, y de esas manías que tienen de arrimarte la cebolleta a tu culo. La picaresca está a la orden del día. Transportando las maletas, mochilas y tiendas de campaña en un carro, un argelino se presta a llevar el mismo por un euro. Nuestro guía español, Manuel Delgado, le paga; y cuando cree que nadie le presta atención a los últimos de la expedición nos vuelve a pedir su propina de un euro, haciendo ver que nadie le ha pagado. Como no caemos en su trampa, el árabe desaparece mascullando contra los infieles.

Llegamos a las cuatro de la madrugada. Nuevos controles nos esperan. Y dos fichas más a completar.

Los hombres azules, los tuaregs, nos están esperando. Sin decir nada nos transportan por el desierto, en un Toyota desvencijado, hasta el oasis de Djanet, la capital del territorio de Argel, al sur de Argelia, a veinte kilómetros de distancia del aeropuerto.

Hay una ventisca y la arena se cuela por todas partes, dentro del 4×4. El marcador de gasolina del todoterreno no funciona. Me pregunto cómo averiguará el conductor para saber cuánta gasolina le queda. ¿Qué pasaría si nos quedáramos sin combustible? No quiero imaginarlo.

Voy en el asiento delantero, compartiendo el mismo con un tuareg. Y llegamos a Djanet, al único hotel de este oasis convertido en un pueblo de casa bajas de adobe y barro.

Las habitaciones son deplorables, infestadas de arena, con un único camastro cuyo colchón está tan gastado que  se marcan todos los muelles que se encuentran debajo. Voy al baño para descubrir tres duchas de agua fría (cuando hay agua) y una letrina de cuartel, un simple agujero en el suelo para tus necesidades.

Todos los expedicionarios quedamos a las nueve de la mañana para comenzar la aventura. Me pongo el despertador de mi Suunto, el reloj que me sirve para tomar todo tipo de mediciones.

Desayunamos pan y mantequilla, con un café. Nos toca rellenar otro formulario para el hotel, otro de esos donde te toca argumentar qué haces en el país. Nada de indicar que eres periodista o te puede causar problemas. Así que me siento orgulloso de ser informático.

Antes de partir me ducho y afeito por última vez en varios días. Las primeras temperaturas de la mañana marcan 31 grados. Estamos a 960 metros por encima del nivel del mar. El tiempo es muy soleado, propio del desierto.

Visitamos el Museo de Djanet. Fósiles, piedras, hachas, puntas de flecha, cazos, vestimentas, tiendas para el desierto… allí hay de todo, propio de tiempos antiguos. Uno de mis acompañantes, Diego, fascinado por los libros de J.J.Benitez, le pregunta al guía tuareg sobre unos símbolos: palo, cero, palo.  Este le e contesta con su significado: “los que se fueron”. El guía nos dibuja los emblemas de lo que él considera tuareg antiguo. Algunos de estos símbolos cree reconocerlos, pero otros no sabría cómo traducirlos.

Después de esta visita nos acercamos hasta el zoco, un mercado donde se vende de todo. Sólo nos interesa la artesanía de plata. Compro algunos medallones y el típico turbante azul.

A las 17:49 llegamos a una zona de dunas conocida como “El lugar de los vientos”. Lo curioso es que los tuaregs no distinguen entre vientos. Para ellos sólo existe un único céfiro.

Hemos llegado hasta aquí en los todoterrenos. Nos sueltan en pleno desierto y se van. Los expedicionarios nos quedamos solos en pleno desierto. Risas. Al poco de comenzar a andar divisamos entre las rocas los primeros grabados. Se trata de efigies de vacas que lloran. Por aquí y por allá hay formaciones rocosas en mitad de las arenas calientes. Una roca se asemeja a un elefante, de forma vaga, en sus contornos.

Nos tumbamos a contemplar la puesta de sol. Los colores del desierto son inenarrables. Las chicas se deslizan por las dunas, cuesta abajo. A lo lejos se divisa la choza de una familia tuareg. Nos encontramos a diez kilómetros de Djanet.

Por la noche tomamos un té en la plaza de Djanet. Cenamos a eso de las ocho. ¿He hablado de mis compañeros de viaje? Ya va siendo hora de citarlos.

Por una parte está nuestro guía español, experto en egiptología y viajero incansable. Ha sido colaborador del desaparecido Fernando Jiménez del Oso. También ha escrito varios libros. Le acompaña su novia, Georgi, periodista y corresponsal en España del diario rumano “La Verdad”.

Antonio, granadino, es otro viajero nato, que ha perdido la cuenta de los países que lleva recorridos. Tiene más datos que la Wikipedia. Te bombardea constantemente con todo tipo de información. Belén es una gaditana muy divertida y que no para de hablar. Resultará una amiga excelente, que incluso me regalará una rosa del desierto. Diego es otro aventurero e interesado en lo oculto al igual que yo. Dice haber vendido su coche para realizar el viaje de su vida al desierto. Su estancia se prolongará unos cuantos días más de la nuestra. Silvia, su novia, le acompaña. Una chica muy guapa, de amplia sonrisa, que estudia para convertirse en juez. Ambos son vallisoletanos, pero viven en Madrid. Nos queda en el tintero Mercedes, una funcionaría que no calla ni a tiros, pero buena persona y compañera.

Cuatro horas más tarde de comenzar a cenar toca irse a recoger. A las siete de la mañana hemos quedado para desayunar para comenzar la ascensión al Tassili. Los tuaregs nos llevarán hasta la base de la meseta donde dará lugar nuestra aventura.

Galerías de imágenes del viaje

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Continuará…

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