Desayunamos con tranquilidad. Los tuaregs nos vienen a recoger en sus todoterrenos desvencijados, con las lunas rotas y los motores trotados. Nuestro mentor conduce a todo trapo por las dunas, pues no hay carreteras hacia donde vamos. Cuando ya no queda más arena y sólo se distingue un paisaje en piedra, el coche se detiene.

Otro grupo de tuaregs nos espera. Son ocho en total. Nos sorprende el contagiante buen humor de Laif, nuestro guía. Suelta todo tipo de abruptos en varios idiomas, incluyendo el español. Gusta de llamar “Grossa” a Belén por su sobrepeso. Bromea para que no coma tanto en los próximos días.

La subida a la meseta del Tassili es impresionante. Hay que detenerse en varias ocasiones para recuperar el aliento. Creo que los días en el gimnasio están surtiendo su efecto, pues voy demasiado aprisa y debo contenerme para esperar al resto del grupo.

Tardaremos algo más de tres horas en alcanzar la cima, seguidos de los burros. El reguero de onagros se vislumbra en la lejanía, cada vez más cercanos a nosotros. Laif canta y los ecos de su voz resuenan en las montañas.

Debo tener cuidado, pues justo en una de las paradas hacia la cúspide, al poner mi mano sobre una roca y mirar en un extraño agujero, veo acurrucada una víbora cornuda. Su cabeza comienza a asomar lentamente para ver quién es el intruso que se acerca. Tonto de mí, que no me di cuenta de un monzón sobre estas piedras, marcando el refugio de una serpiente peligrosa. Alguien debió dejar esta señal allí; a partir de ahora estaré más atento a los monzones.

Mientras ascendemos Laif me cuenta que se siente orgulloso de ser tuareg. Al parecer, con la ocupación árabe le pusieron como “prénom” el de Mustaf; pero no quiere ni oír mencionar este nombre. No le gustan los árabes, ni sigue los aleyas de Mahoma. El pueblo tuareg es una población orgullosa que tiene sus propios preceptos.

Por fin logramos llegar a la cresta del Tassili. Nada más atravesar unas rocas aparecen de la nada las primeras pinturas. Nos quedamos extasiados. Detrás nuestro los burros se detienen y comenzamos a descargarlos de su peso.

Los tuaregs nos acomodan una zona, junto a unos riscos, donde tumbarnos y donde comer sobre una especie de tapete. Para celebrar la llegada tomamos un té.

Este improvisado campamento base se encuentra a 1.717 metros por encima del nivel del mar. Mi cronómetro, barómetro y altímetro, marca además la temperatura: 23º C en estos momentos. Se acerca la noche y llega el frío.

Comemos. Tengo la gran fortuna de que su comida es muy similar a mi dieta, ya que soy vegetariano. Todo está muy sabroso. Luego de almorzar nos dedicamos a montar las tiendas de campaña. Aún nos queda tiempo de ir a por las primeras pinturas rupestres.

Manuel, nuestro guía español, cree saber dónde están; pero después de mucho caminar nos damos cuenta de que estamos perdidos. Para colmo, Mercedes se hace una torcedura en el tobillo. Parece un esguince.

Justo cuando estamos dando vueltas en redondo, aparece Laif gritando desde lejos. Quiere que regresemos al campamento y nos amonesta por ir en busca de las pinturas sin sus servicios. Cree que estamos locos, pues no seremos los primeros extranjeros que se han extraviado en aquellas montañas desérticas.

En torno a una hoguera, Manuel muestra a Laif el libro de Henry Lothe. Mohamed, el tuareg que habla varios idiomas, se acerca. Cuando se les pregunta sobre el origen de las pinturas rupestres, las achacan a sus ancestros; como mucho, hablan de la intervención de algunos dioses. Pero ni mucho menos quieren oír hablar de historias de marcianos, cuando Manuel, entre las risas de los allí presentes, les intenta explicar el número de planetas que giran alrededor del sol. Nos morimos de la risa viendo las caras de los tuaregs. Estas buenas gentes no son capaces siquiera de imaginar otros países, como para hacerles entrever que existen otros planetas.

Mohamed nos cuenta una historia. Nos habla de cómo desenterraron gigantes durante la construcción de sus casas de adobe. Para ellos estos gigantes son los dioses. Sería un sacrilegio confesarnos dónde los enterraron, aunque pudiera tratarse de una fosa común, por lo que deduzco.

Cenamos cous cous y algo de ensalada, junto a la hoguera. Es hora de explicar anécdotas; así que Manuel saca de la chistera una de las suyas, y nos revela lo que son los números “fi”, el número áureo que se encuentra en algunas estelas de Babilonia y Siria del 2.000 a.C. y que representa el equilibrio.

Esa noche me pongo a cantar canciones con los tuaregs, con uno de ellos tocando una guitarra a mi lado. Acabamos todos bailando de cualquier forma junto al fuego. Este tipo de danzas, como bien nos detallan, se bailotean como te salga, sin más.

Al rato no quedan rescoldos, indicativo de que es hora de irse a dormir. En la tienda que me ha tocado compartir con Antonio siguen nuestras bromas. Diego y Silvia duermen en la tienda de al lado, y las chanzas no cesan.

No consigo dormir con el frío; se cuela por cualquier agujero de la tienda y te cala hasta los huesos. Hay un viento de una fuerza inusitada ahí afuera. Ahora echo de menos un jersey de cuello alto del que me desprendí en Djanet pensando que no lo necesitaría. Para colmo, aparte del frío, mi compañero, Antonio, duerme a pierna suelta y no para de roncar. Parece una motosierra. Mi reloj marca -5º C dentro de la tienda.

Amanece. Desayunamos pan con mantequilla y crema de cacao. Las necesidades mayores hay que hacerlas detrás de una roca, a cientos de metros del campamento para evitar que te coman las moscas. Pero el cuerpo no está para historias. Llevo reteniendo líquidos desde el comienzo de esta excursión, pues la aridez del desierto controla hasta nuestros cuerpos.

Enfilamos hacia Aouanguet, el primer destino donde se localizan algunas de las principales pinturas del Tassili. Avanzamos por un mar de lava solidificada cuando Laif detecta un charco de agua en medio de la nada. Silba desde encima de una roca para llamar la atención del resto de tuaregs que se han quedado en el campamento base. Pretende que vengan a llenar bidones con agua empantanada con la que luego prepararán sus tés. No quiero ni mirar, pues por el rabillo del ojo observo unas extrañas lombrices en la balsa. Y es que el agua vale su precio en oro en esta latitudes.

El paisaje que se observa es desolador. De tanto en tanto nos topamos con algún ciprés milenario que se niega a extinguirse. Todo lo que atisbamos es desierto y seco, bajo un sol abrumador capaz de matar en minutos a cualquier animal.

Nos detenemos frente a un wadi, un río seco que delimita la frontera con Libia. Un pájaro que Laif identifica como el “volá volá”, similar a un verderón, se para enfrente nuestro. Laif afirma que es un buen augurio, pues este pájaro solo trae buenas noticias.

Aouanguet. N 24º 28,647’ E 9º 39,932’ El lugar está plagado de frescos decorando todas las formaciones rocosas. El arte figurativo es amplísimo, y entre tanta figura, nos entrenemos en aquellas que no tienen explicación posible, al margen de los cuantiosos animales que sí se pueden identificar.

Un hombre con una extraña máscara. Una especie de carro en el que se distingue un ser manipulándolo, pero con unos insólitos chorros de fuego saliendo del propio carro. Algo similar a platillos o sombreros por encima de las cabezas de los hombres prehistóricos. Ideogramas que me recuerdan a los del Egipto clásico por sus representaciones genéricas que simbolizan casas. Lo que parecen buzos por sus escafandras. Escritura anterior a la bereber, y de la que se desconoce su significado. Más buzos o gentes con máscara que J.J.Benítez tildó como “cabezas redondas”, de los que parten tubos desde sus bocas. Hombres con algo parecido a una armadura mallada. Camellos sobrevolados por chocantes artilugios. Un hombre operando un panel con instrumentos. Seres con cabeza de hormiga o antenas y cuatro dedos únicamente en sus manos. Una cazadora con cuernos enormes a modo de casco…

No paro de dibujar y fotografiarlo todo. Es de lo más raro todo; no hay explicaciones para tanto simbolismo, por mucho que la lógica se empeñe en dar con algún esclarecimiento de lo que vemos. No hay razonamiento posible y más vale dejarlo así, por ahora.

En un inciso aprovechamos para comer y echar la siesta. Cuando el sol ya no me deja ni respirar, me voy a hacer mis necesidades. La suerte me traslada hasta una cueva donde descubro alguna que otra pintura rupestre inédita, nunca vista hasta la fecha por hombre alguno. No es nada nuevo ni extraño. El motivo son las vacas, que tanto se muestran por este valle y de las que dependían aquellos hombres antiguos.

Para las fotografías, los tuaregs no quieren que usemos flashes para no deteriorar las mismas. Nos lo suplican, pues los responsables del Parque del Tassili suelen venir, en ocasiones, para comprobar los desperfectos causados por las distintas expediciones.

Es hora de regresar al campamento base. Mi reloj marca las 16:14. Tardaremos otras dos horas en llegar. Hay que estar en muy buena forma para soportar estas condiciones con una escasa cantimplora de agua por persona y trayecto.

Nos espera un refrescante té. Aprovecho para cambiar la tienda de sitio. Me he fijado que los tuaregs montan las suyas debajo de los peñascos para resguardarse del frío, así como también se construyen una especie de igloos de piedra. Yo también hago lo mismo e introduzco la tienda en este tipo de refugio.

Detesto no asearme, pero no hay otra. Es hora de cenar. Hoy toca pasta italiana y sopa de cebolla. La charla de esta noche versa sobre la propia antigüedad de la Esfinge y las pirámides de Egipto. Manuel cree que rondan los 12.500 años y nos cuenta su teoría al respecto.

Antes de acostarnos, Manuel juega con la exposición de su cámara fotográfica y logra escribir el nombre de su novia en el aire. Risas. Los tuaregs se empeñan en escribir sus nombres con el mismo truco.

Esa misma noche logro conciliar el sueño, por fin. Nada de frío y nada de ronquidos. Sólo queda descansar.

Continuará…

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Número Fi

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