Nos levantamos a la 1:30 de la madrugada. Diego, uno de nosotros, se quedará en este desierto una semana más, recorriendo más lugares donde se pierden pinturas rupestres. El desierto encierra miles de ellas.

Diego nos contó que para venirse hasta el Tassili había tenido que realizar el esfuerzo de vender su coche para disponer de dinero. Es un tipo muy honesto y valiente; y muy admirable.

Los todoterreno nos conducen a todo gas hasta el aeropuerto de Djanet, Ifri, en plena noche. Nada más llegar comienza el tema de los controles.

Facturamos las maletas y nos tomamos el primer café del día en una miserable cafetería de dos metros cuadrados atestada de gente.

Nos llaman. Pasamos un segundo control. Con las prisas olvidé de meter la navaja multiusos en el equipaje. Me obligan a facturarla. ¡Qué despiste! Siempre me pasa lo mismo. Por fortuna llevo el saco de dormir como equipaje de mano. Así que introduzco la navaja en sus pliegues y facturo el talego.

Antes de acercarnos al avión, nos alcanza una camioneta con nuestros equipajes. En estos países árabes tienes que subir tú mismo la maleta a la bodega de la aeronave. Me pongo nervioso porque no aparece el saco de dormir. Se lo comento a uno de los guardas. Al momento llega un tractor con equipajes sueltos donde se halla el fardo.

El avión de Air Algerie está hecho un asco. Los asientos se desplazan, están rotos, y sus forros destrozados por completo.

Entre vaivenes llegamos a Argel, muertos de cansancio y sueño. Allí nos espera uno de los organizadores del viaje, junto a los habituales coches patrulla que nos acompañarán en el trayecto hasta el hotel, para que no nos ametrallen.

Los turistas no pueden pasear por Argel sin escolta policial. Es muy peligroso. Los últimos atentados han puesto de manifiesto que la situación está al rojo vivo. Todo se debe al integrismo fundamentalista.

Los taxis nos dejan en un hotel de 5 estrellas, en teoría, porque el edificio es decadente y sucio, con baños que tiran para atrás nada más verlos. Esto es Argel y lo que queda de la colonización francesa que no han sabido mantener.

Por un suplemento de 20 euros nos proporcionan habitaciones individuales a cada uno de nosotros. El organizador argelino no quiere que paguemos en el hotel; pretende que le demos a él nuestros importes extra con los que luego arreglará los suplementos. Esto corrobora lo que tenía oído sobre los argelinos: son muy ladrones y viene intrínseco en su naturaleza.

Tenemos que esperar más de una hora hasta que tenemos listas nuestras habitaciones. En el interín desayunamos frugalmente en el comedor.

Es hora de descansar. Quedamos a las 13 horas para irnos a comer. Por la tarde nos toca paseo hacia el Zoco. Lo penoso es que no podremos visitar el Museo del Bardo, como proyectábamos y estaba pactado, ya que hoy es viernes, día de descanso para los árabes. ¡Malditos argelinos!

Cuando voy al baño y tiro de la cisterna, el agua inunda la habitación y toda la moqueta. Más tarde, cuando pregunte a los otros, me dirán que les ocurre lo mismo.

Lo curioso es que estuve un buen rato intentando encontrar el retrete, ya que no lo localizaba en el baño. Al final, acerté detrás de una puerta que parecía un armario.

Pongo la televisión. Hay varios canales de películas. En la televisión estatal no paran de emitir entrevistas a Imanes, lo más equivalente a uno de nuestros sacerdotes. Con los subtítulos en francés me entero de que está arengando a la Jihad y que invita a los musulmanes a que colonicen Europa, pues así les será más fácil cortarnos el cuello cuando comience la Guerra Santa. Siento curiosidad, así que me detengo a leer esta entrevista. Respecto a España asegura que podrán reconquistar Al Andalus cuando eliminen a Zapatero, el actual presidente de gobierno. Cree que sin un presidente será un paseo la reconquista.

Salimos a pasear por la ciudad. Imposible sin la escolta policial. No nos permiten movernos libremente. Acabamos en una cafetería próxima, escoltados.

Nada más regresar al hotel se produce un altercado en la calle. De la nada surgen varios policías secretos y comienzan a repartir estopa con sus porras a todo quien se aproxima.

Esta ciudad es de locos. La suciedad y la basura se amontona por todas partes. Apenas hay mujeres por las calles, y las que se atreven a salir lo hacen con velo y acompañadas de sus esposos o madres. Los hombres están por todas partes, atiborrando las calles, gesticulando y gritando. Nos miran con curiosidad y odio. Supongo que, aparte de infieles, representamos todo aquello que inconscientemente ansían. Aunque, dada su naturaleza, si los árabes fueran poseedores de nuestro mundo occidental, tampoco sabrían mantenerlo. A la vista está el país en que me encuentro.

De vuelta al hotel hay un momento para la tertulia en la cafetería. Quedamos a las ocho para ir a cenar.

A la hora señalada paseamos por las calles, sin la escolta policial, haciendo caso omiso de los avisos. Hay decenas de miradas asesinas en cada esquina, sintiéndolas en la nuca. Estamos buscando un buen restaurante, algo que parece improbable.

Al apartarme un momento del grupo, un coche oscuro se detiene cerca, con dos ocupantes que nos vigilan. Nos observan. No sabemos si se trata de policía secreta o no; pero tampoco nos detenemos a averiguarlo. Te ponen los pelos de punta.

Por primera vez me alegro de haber traído conmigo la porra extensible como defensa. La llevo en uno de los bolsillos y me aferro a ella con fuerza, por si hubiera que utilizarla.

Cenamos en uno de esos restaurantes aglomerados de personas. Quedamos a las 6:00 de la mañana para levantarnos y dirigirnos al aeropuerto. La verdad es que ni por un segundo más me quedaría en Argel. Antes de irnos a dormir, los del hotel nos regalan unas rosas del desierto que nos repartimos. A mí me ha tocado el pedrusco de sal más grande.

Después de desayunar en el hotel, nos conducen al aeropuerto en una nueva odisea. Escoltados por coches patrulla, nuestro taxista está a punto de topar con otros coches cada cinco minutos. Las autopistas están atestadas de vehículos abollados y muy sucios. Cada dos por tres oímos un impacto de autos. Es su forma de conducir, sin respetar las normas. No hay un solo coche en Argel que se encuentre en buen estado.

Los autobuses rebosan de gente, como si se tratara de ganado. A pesar de ser un día normal, no se ven mujeres por ninguna parte. El taxista grita y gesticula, y en más de una ocasión me dan ganas de coger el volante, pues tiene la costumbre de soltarlo cada vez que comienza una diatriba en árabe.

Estamos a punto de entrar al aeropuerto. Antes de llegar al control de carretera, ya parados, observo a un tío defecando en el arcén, a la vista de todo el mundo. Es lo habitual, por lo visto.

Esta carretera está cercada con alambres de espino. Antes de alcanzar el aeropuerto hemos observado varias cárceles. No cabe duda de que el nivel de delincuencia en Argel tiene que ser altísimo.

El aeropuerto está abarrotado de árabes haciendo cola. Primeros controles. A la hora de facturar más controles. En uno de estos me requisan la rosa del desierto, pues según el policía podría herir con la piedra a alguien. ¡Malditos argelinos!

A una de mis compañeras, Silvia, le exigen dinero para sellar el pasaporte. Por suerte está Manuel para arreglarlo. Pero compruebo que estos árabes nada tienen que ver con la hospitalidad y la amabilidad de los tuaregs.

Antes de subir al avión todavía sufrimos dos controles adicionales. Uno durante la entrega de la tarjeta de embarque, y otro donde nos cachean de arriba abajo. No acabo de entender cómo nos inspeccionan a los turistas, cuando se supone que somos nosotros el blanco de los terroristas islámicos. Pero así son las cosas aquí. Nos deben proteger, mas da la sensación de que protegen a los suyos de nosotros.

Llegamos a Barajas. Como ya va siendo habitual en los aviones de Air Algerie, las maletas vienen rotas, sucias y abiertas.

Antonio se marcha corriendo a su siguiente avión, el que le ha de llevar a Granada. Los demás quedan invitados a una buena cerveza con alcohol en el bar más próximo.

Es nuestra última charla. Voy a echar de menos a todos mis compañeros.

Con Manuel quedo para nuestra siguiente aventura, el próximo año, en Egipto. Y a Silvia le digo que nos veremos en París, con Diego, para nuestra siguiente aventura en busca de los calcos de Henry Lhote. Pero esa es otra historia.

Agradecimientos a todos mis compañeros en esta aventura: Diego, Silvia, Antonio, Belén, Mercedes, Georgi y Manuel. Sin ellos no hubiera sido lo mismo. Los llevaré en mi corazón toda la vida.

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