En el “Liber Consulatus” del Archivo Municipal de Olot, que contiene la relación de los asuntos municipales de la ciudad y de su término, se puede leer que los cónsules y jurados de la Casa de l’Almoina, convocados y reunidos por el nuncio Pere Salvador Brugats, el día 5 de agosto de 1552, «concluderunt te determinarunt” que se prohíba el baile de la “cerdana” y otros bailes deshonestos, y que sobre eso serán dados “protests y requestas alls officialls realls”: y que los consejos hiciesen la prohibición y las presiones necesarias, y que no se permita en tiempo de carnaval ni otros días la “son son” .

También Tiona Solé, en el “Encuentro Sardanista” de Arenys de Mar, hacía mención del monitorio publicado por el obispo de Girona, fray Benet de Tocco, el 22 de mayo de 1573, por el que se prohibían los abusos que tenían lugar «en dicha església cathedral de Gerona y otros de nuestro obispado” , porque entraban “los jutglàs sonants canciones inhonestes e bailando cerdanas“.

De estos dos textos se conluye facilmente que la sardana no era un baile aceptado por las instituciones religiosas, que lo prohibirían por las autoridades eclesiásticas por razón de su falta de honestidad.

En esta línea de interdicciones cabe mencionar también una disposición sinodal fechada en Vic en 1596, que prohíbe “bajo pena de excomunión mayor, aplicada al momento de tocar de día y de noche por las plazas, ciudades, villas y lugares lo que vulgarmente se llaman cerdanas”.

Y aquí es donde aparece el nombre del baile en todo su esplendor, porque el sustantivo deriva de “baile de cerdos”, en su expresión despectiva, o cerdana, que hoy en día se traduce como sardana.

El 22 de agosto de 1610, en la Universidad de Igualada, en pleno período de caza de brujas, se determinó “que no se bailen de aquí delante en la plaza, Serdanes (ahora ya con la S, nota mía), por ser baile deshonesto, y que de ninguna manera se baile en viernes, ya que, en parecido día tomó muerte y pasión nuestro señor Dios Jesucristo para nuestra salud y remedio, y que se baile de día y no de noche, y para de ese modo quitar todos los abusos”.

La prohibición igualadina es interesantísima porque nos deja entrever una cierta relación del baile con la brujería. Primero, por la época en que se recoge, pero sobre todo porque las noches de viernes eran unas de las fechas principales en que se celebraban las juntas o aquelarres de brujas. Las concomitancias entre la sardana y la brujería las volvemos a encontrar más adelante, en un proceso tenido contra un brujo de Sant Feliu de Pallarols, pues éste declara que “lo dimoni no volia que sonàs sardanes, ni com sonen los músics de per ací, sinó so tot arravatat, tant com jo podia sonar ab lo flabiol”, con lo cual tenemos que el diablo se molestaba si el músico tocaba sardanas suaves: él las quería bien alborotadas.

Hay una conexión irreversible de la sardana con el baile que practicaban las brujas en sus aquelarres. De hecho, todo el baie en sí es un aquelarre. Juntar las manos y danzar en torno a un fuego (ahora imaginario). Y ni qué decir tiene que los saltitos de la sardana actual se deben a que antiguamente había brasas en el suelo, y para no quemarte ya podías saltar.

La vinculación del flabiol y el tamboril a la brujería es una constante a lo largo de los relatos populares como también a lo largo de los procesos inquisitoriales, donde se menciona que estos instrumentos pertenecen a las brujas. Por citar un ejemplo, en 1884, el cestero de Sant Iscle subía al plano de la Tanyada “a caballo de un perro negro y allí arriba tocaba el tamboril para llamar las brujas de Mallorca, que al oírlo iban a grandes manadas”.

Significativo es que la Sardana se baila ahora en las plazas situadas delante de iglesias y catedrales. Antinomia disparatada.

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