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LA TUMBA DE VERNE

Hace unos años, durante mi última estancia en París, aproveché para ir a contemplar la tumba de Julio Verne.

El monumento funerario de Verne, situado en el camposanto de La Madeleine (Amiens), es algo muy especial. Plasma perfectamente al Verne mágico, secreto, esotérico, iniciado e iniciador.

Una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad del “phoenix” que resurge de sus cenizas; el “etz hajaím” o Árbol de la vida de los kabalistas y la “tariqat” o asociación iniciática sufí. Una estrella de seis puntas flotando sobre la palmera: la unión del fuego celeste y el agua para la reconstrucción interior, en palabras de Mario Satz, y que los cabalistas llaman “shamaim”. Una cruz inscrita en un círculo, que alude a la “cuadratura del círculo”: el opus alquímico completo, acabado y realizado. Una rama de olivo: “la paz del justo” (una versión bíblica del laurel olímpico). Una lápida sepulcral pentagonal sobre las espaldas de ese Verne de mármol que ‘renace” de la tierra. Una losa pitagórica, que nos recuerda la “salud microcósmica”. La propia leyenda funeraria, con cinco de sus letras “especial y estratégicamente” destacadas sobre el resto: “J”, “L”, “V”, “R” y “E” y que los expertos en cábala y numerología han descifrado como una “pista” más que nos habla de “resurrección”.

Una mano derecha alzada hacia el Oeste, con una muy específica posición de sus dedos (uno-tres-uno). Un rostro igualmente orientado hacia el oeste, hacia el rojo alquímico, hacia el “renacimiento”. Una mano izquierda firmemente asentada en la tierra. Un sudario que cubre la cabeza de este Verne “que no ha muerto”. Los siete abetos, formando un semicírculo, que guardan la tumba por su cara Este. No olvidemos que “Verne” significa “árbol”.

En el solsticio de verano, la sombra de la mano alzada, proyectada por el sol, oculta las dos cifras del año de su muerte, y las dos cifras del año de su nacimiento.

EL MONUMENTO DEL PASTOR

El monumento al pastor instalado en una mansión de la localidad inglesa de Staffordshire en el siglo XVIII contiene una transcripción (DOUOSVAVVM, también en otra foto) cuyo significado todavía no se ha logrado descubrir. Hasta ahora se ha especulado con la leyenda de que el código podría ser una pista dejada por los templarios sobre el paradero del Santo Grial. Entre los personajes que han contribuido a incrementar la leyenda se encuentran Charles Dickens y Charles Darwin.

Este fascinante enigma comenzó a mediados del siglo XVIII, época en la que la familia Anson residía en el lugar. Entre los años 1748 y 1758, la hacienda sufrió una serie de modificaciones y ampliaciones dirigidas por Thomas Anson, dueño de la casa, y su hermano George, un respetado almirante de la marina británica. Entre las obras realizadas entonces destaca una obra escultórica, llamada El Monumento de los Pastores, que consiste en una réplica en relieve del famoso cuadro Los pastores de la Arcadia, de Nicholas Poussin, aunque concebida como si se tratara de una imagen reflejada en un espejo. Bajo las figuras de los pastores, que observan con atención la enigmática frase «Et in Arcadia Ego» (Y en la Arcadia Yo) puede apreciarse, en bajorrelieve, otro críptico mensaje formado por diez letras (D.O.U.O.S.V.A.V.V.M), cuyo significado nadie ha descifrado hasta el momento.

Las conjeturas sobre el posible mensaje encriptado en la enrevesada sucesión de letras surgieron ya en los primeros años tras su construcción. Personajes tan célebres como el científico Charles Darwin o el novelista Charles Dickens pasaron cientos de horas frente a la bella obra, tratando de desentrañar -en vano- los entresijos de aquel endiablado código cifrado.

Pero, ¿por qué tanto interés en una obra de arte, ubicada en el jardín de una mansión británica? La razón la encontramos en las más que posibles vinculaciones de los hermanos Anson con la masonería -y posiblemente con otras sociedades secretas de la época- y en el hecho de que la obra representada sea precisamente el cuadro de Poussin, que ha sido relacionado por varios autores con el enigma de Rennes-Le-Çhateau y el paradero del Santo Grial.

Pero quién era George Anson. El que llegaría a ser almirante de la marina británica nació en 1697. Con tan sólo 15 años se enroló en un navío, y al cumplirlos 27 ya era capitán de su propia embarcación. Años después, tras un largo viaje alrededor del mundo, en 1744 fue nombrado almirante gracias, entre otras cosas, a la victoria que obtuvo frente al buque español Nuestra Señora de Covadonga, lo que le sirvió además para conseguir una gran fortuna. Además Anson arribó en uno de sus viajes a Nueva Escocia (Canadá), en cuyas costas derrotó y apresó varios barcos franceses.

Con los suculentos botines obtenidos en sus hazañas bélicas, Anson regresó a su hogar, comenzando entonces la serie de remodelaciones en Shugborough Hall y, entre ellas, la creación del monumento y su enigmática inscripción.

¿QUIÉN QUEMÓ LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRIA?

Según lo manifiesta el obispo griego san Ireneo (c.130-c.208), Ptolomeo fundó en Alejandría, en el barrio del Bruquión, cerca del puerto, la que sería conocida como la Biblioteca-Madre, y ordenó la construcción del Faro, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Su hijo, Ptolomeo II Filadelfos (‘Amigo como Hermano’), llevó a cabo el proyecto de su padre construyendo el Faro y el Museo, este último considerado como la primera universidad del mundo en su sentido moderno, y además compró las bibliotecas de Aristóteles y Teofrasto, reuniendo 400.000 libros múltiples (symoniguís) y 90.000 simples (amiguís), como lo asevera el filólogo bizantino Juan Tzetzes (c.1110-c.1180) basado en una ‘Carta de Aristeas a Filócrates’ que data del siglo II a.C.

Por entonces los manuscritos se escribían sobre láminas de papiros, un vegetal muy abundante en Egipto, que crece en las adyacencias del Nilo. Según nos informa Plinio el Viejo (23-79) en su Historia Natural, a causa de la rivalidad de la Biblioteca de Pérgamo con la Biblioteca de Alejandría, Ptolomeo Filadelfos prohibió la exportación de papiro; en consecuencia, en Pérgamo se inventó el pergamino; éste se conseguía preparando la piel de cordero, de asno, de potro y de becerro, y cuando más lisa y suave fuera la piel que se utilizaba, más se la apreciaba. El pergamino era más resistente que la hoja de papiro y además ofrecía la ventaja de que se podía escribir sobre ambos lados.

Ptolomeo III Everguétis (el ‘Benefactor’) será el fundador de la Biblioteca-hija en el Serapeum (templo dedicado a Serapis, una divinidad que deriva de la unión de Osiris y Apis identificada con Dionisos), en la Acrópolis de la colina de Rhakotis, que sumará 700.000 libros, según el escritor latino Aulio Gelio (c.123-c.165). Esta finalmente reemplazará a la Biblioteca-madre a fines del siglo I a.C., luego del incendio provocado durante las luchas entre los legionarios de Julio César y las fuerzas ptolemaicas de Aquilas, entre agosto del 48 y enero del 47 a.C. en el puerto de Alejandría.

Durante el siglo IV d.C., luego de la proclamación del cristianismo como la religión oficial del imperio romano, la seguridad de los santuarios griegos comenzó a ser amenazada. Los viejos cristianos de la Tebaida y los prosélitos odiaban la Biblioteca porque ésta era, a sus ojos, la ciudadela de la incredulidad, el último reducto de las ciencias paganas. Por esa época parecía impensable que un siglo antes allí hubiera estudiado y formado cientos de discípulos un filósofo como Plotino (205-270), fundador del neoplatonismo.

La situación se tornó particularmente crítica durante el reinado de Teodosio I (375-395), el emperador que no aceptó tomar el título pagano de pontífice máximo y que trató de acabar con la herejía y el paganismo. Por orden de Teófilo, obispo monofisita de Alejandría, que había peticionado y conseguido un decreto imperial, el Serapeum, el complejo que contenía la preciosa biblioteca y otras dependencias fueron destruidos y saqueados. «Tras el edicto del emperador Teodosio I en el año 391, mandando cerrar los templos paganos, esta magnífica Biblioteca-hija pereció a manos de los cristianos en el 391, fecha de la violenta destrucción e incendio del Serapeum alejandrino; las llamas arrasaron allí la última y fabulosa biblioteca de la Antigüedad. Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, fue el patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), conocido por su fanático fervor en la demolición de templos paganos, el destructor violento del Serapeum» (Pablo de Jevenois: «El fin de la Gran Biblioteca de Alejandría. La leyenda imposible», en Revista de Arqueología, Madrid, 2000, p. 37).

El renombrado historiador y teólogo visigodo Paulo Orosio (m. 418 d.C.), discípulo de san Agustín, en su Historia contra los paganos, certifica que la biblioteca alejandrina no existía en 415 d.C.: «Sus armarios vacíos de libros… fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo».

Su desaparición significó la pérdida de aproximadamente el 80% de la ciencia y la civilización griegas, además de legados importantísimos de culturas asiáticas y africanas, lo cual se tradujo en el estancamiento del progreso científico durante más de cuatrocientos años, hasta que felizmente sería reactivado durante la Edad de Oro del Islam (siglos IX-XII) por sabios de la talla de ar-Razi, al-Battani, al-Farabi, Avicena, al-Biruni, al-Haytham, Averroes y tantos otros.

A pesar de que hoy en día se sabe, casi con seguridad, que fueron los cristianos quieren quemaron la Biblioteca de Alejandría, muchos han dado por cierta la historia de que fueron los musulmanes quienes la hicieron arder. Aunque ya se sabe a ciencia cierta que cuando estos llegaron, la Biblioteca de Alejandría hacía mucho tiempo que había desaparecido.

Por culpa de los cristianos, el saber de la Humanidad, aquellos miles de legados antiguos, se perdieron irremediablemente.

NIGROMANTES EN LA IGLESIA CATÓLICA

Lo de la Iglesia Católica desafía la indecencia humana. Cuando se toca el tema de los cuerpos incorruptos de santos y beatos, los fanáticos de la fe creen estar ante uno de esos milagros de dios, cuando detrás subyace una experimentación anormal, propia de la demencia de quienes no tienen ningún reparo en convertirse en nigromantes dispuestos a engañar a las masas con cadáveres.

El proceso de momificación de cadáveres se conoce desde los tiempos del antiguo Egipto. Tomando ideas y sustancias de unos y otros, la Iglesia Católica ha perfeccionado estas técnicas a lo largo de los siglos.

Además, cuando la conservación no resulta atractiva, se cubre con ropa todo menos el rostro y, a veces, las manos, y se aplican capas de cera en partes deterioradas para ayudar a mantener la idea de la incorruptibilidad. Ahora veremos que en estos cuerpos incorruptos lo más importante es la cera.

Conocer con exactitud el motivo de la conservación no es sencillo cuando esos cuerpos están custodiados y elevados a la categoría de divinos. Y, por supuesto, no pueden ser examinados por la ciencia. Pero se sabe de ciertas condiciones para que suceda esto.

Uno de ellos es la saponificación, que se produce en suelo frío y húmedo, lo que desarrolla una sustancia cerosa llamada adipocera, causada por la acción de las sustancias químicas del suelo en las proteínas y grasas del cuerpo (por eso a la adipocera también se le conoce como “tumba de cera”). Como señala Cecil Adams, el resultado final es un cadáver que se ve “como algo que podrías encontrarte en un museo de cera” La formación de adipocera inhibe la descomposición, conserva la forma del cuerpo, y puede hacer perdurar siglos un cuerpo muerto. Hay ejemplos ajenos a la iglesia encontrados en ese estado, y no eran milagros.

Otro fenómeno conocido es la momificación natural. Existen regiones y lugares que por sus características de sequedad extrema, frío, alcalinidad, aislamiento de la intemperie o de los microorganismos, causan que un cadáver se momifique en lugar de corromperse y degradarse. Muchas momias de la antigüedad llegaron al presente gracias a ese fenómeno, pero no son los casos que la Iglesia promueve como sobrenaturales.

Otro de los compuestos que se conocen es el plomo. El plomo (muy común en cubiertos y platos antiguos) retrasa la pudrición. En ocasiones, según algunos monjes que se prestaron a los procesos de momificación, se les introduce plomo en las entrañas.

Santa Bernardita Soubirous, una famosa santa incorrupta, se ve “durmiendo” en su lecho de muerte. La iglesia cuenta que los médicos no lograban salir de su asombro al descubrir la “impecable” preservación del cuerpo tras más de medio siglo de fallecida. Sin embargo, cuando se estaba preparando el relicario para exhibirla en una capilla francesa se tomó la decisión de cubrir la cara y las manos con un baño de cera. Lo que hoy en día ven las personas que visitan el santuario de Bernardita es cera, no piel. Según trascendió la máscara fue puesta para cubrir una “leve” decoloración en la piel de la cara, pero no explica por qué una “ligera decoloración en la piel” requiera un baño completo para todo el rostro y las manos. El artículo de Wikipedia sobre la santa dice, probablemente con más objetividad, que para ese momento el rostro y las manos tenían una coloración negruzca, y que además los ojos y la nariz estaban notablemente hundidos.

San Cándido

San Cándido

Santa Margarita de Cortona también es venerada después de 7 siglos de muerta. Es quizás el cadáver más antigüo que la iglesia exhibe para sus feligreses. Sin embargo, un examen forense reciente encargado por la iglesia católica y descrito en la edición de junio 2001 de Discover, reveló la verdad detrás del supuesto milagro. El informe no sirvió para erradicar el mito, porque la propia iglesia evitó difundirlo:

A medida que Fulcheri levantó suavemente el dobladillo del vestido, todos los presentes comenzaron a murmurar Comenzaron a aparecer varias incisiones a lo largo de sus muslos; y cortes más profundos a lo largo del pecho y el abdomen. Claramente realizados post-mortem, las incisiones habían sido cosidas con un grueso hilo negro. Santa Margarita había sido momificada artificialmente.

En 2001 la Iglesia anunciaba que habían encontrado el cuerpo de Juan XXIII en estado incorrupto y que pasaba a formar parte de una exhibición para que la gente observara el milagro. El beato, muerto en 1963, era transformado en un objeto de culto, pero nadie se percató revisar la historia para comprender que era un timo. En esos días de junio de 2001 el diario El País de Madrid publicaba:

«En realidad, la buena conservación del cadáver del beato Angelo Roncalli se debe al ingenio de un médico, Gennaro Goglia, que hace 38 años inventó un líquido de embalsamar, del que le fueron inyectados 10 litros al cuerpo del pontífice. Goglia, que prestaba sus servicios en el hospital Gemelli de Roma, lo ha contado en una entrevista a la revista católica Famiglia Cristiana, muy difundida en Italia. Según el hoy anciano especialista, el procedimiento no pudo ser más simple. Se presentó en el Vaticano con un bidón del líquido milagroso, un tubo largo y una aguja».

‘Practicamos un corte en la muñeca derecha del papa y le introdujimos la aguja’, a través de la cual pasó el líquido, dice. ‘Goglia no cobró nada, honrado con rendir un servicio importante a la Iglesia y a un santo varón como Juan XXIII. Por eso se declaró disgustado cuando se enteró por la prensa de que se había efectuado el reconocimiento canónico de los restos del pontífice sin su presencia».

Lo del Padre Pío roza el esperpento. 40 años después de morir (había fallecido en 1968) se lo encuentra supuestamente en estado casi natural. Cuando fue exhumado en 2008 se transformó en un destino de aquellos que querían ver el milagro y recibir un milagro también. Pero lo que iban a ver quizás no era tan así. Los diez mil feligreses por fin de semana que lo visitan no son informados de lo que la iglesia sabe al respecto.

El Arzobispo Domenico D’Ambrosio declaró lo siguiente el día de su exhumación: “Enseguida que entramos a la tumba pudimos claramente distinguir su barba. La parte superior del cráneo muestra parcialmente el esqueleto, pero su barbilla está perfecta y el resto del cuerpo está bien preservado”.

Lo que la buena gente desconoce es que el Vaticano encargó al museo de cera de Londres la realización de una máscara de silicona para su rostro (con una barba de pelo natural), que es la que actualmente porta. A todo ello durante la exhumación de su cadáver se buscaron sus célebres estigmas, pero no estaban allí. ¡No había estigmas!

Cómo no, mi querida Barcelona tampoco se escapa de las garras de estos necrófilos. San Oleguer de Montserrat, obispo de Barcelona y arzobispo de Tarragona, es exhibido cada 6 de marzo en la Catedral de Barcelona. Eso sí, detrás de la estatua del santo, sobre el sagrario de la misma capilla. Los devotos se tienen que conformar de verlo desde cierta distancia para que no se observen los desperfectos de la momificación.

Para rematar la acusación de nigromancia contra la Iglesia Católica, repasemos ahora lo que es una lipsanoteca.

Lipsanoteca es el nombre que se conoce a un recipiente con tapa utilizado para contener pequeñas reliquias durante el período románico (siglo X al XIII). Suelen estar tallados en madera.

La decoración presenta fajas horizontales policromadas, con motivos geométricos o atáuricos (diseño de flores y follaje) e incluso inscripciones incisas en caracteres cúficos (caligrafía árabe).

Estos relicarios contenían los huesos de santos y beatos; y se suelen colocar bajo los altares.

Cuando no existían huesos de santos, pues habían demasiado iglesias por Occidente que pudieran albergar tanto osario beatificado, los curas comenzaron a solicitar los huesos de los recién nacidos bautizados y que no hubieran sobrevivido a los primeros meses. Se consideraba a estos infantes santos inocentes, al ser considerados casi santos, pues no contaban siquiera con pecados o el llamado pecado original.

La Catedral de Barcelona cuenta con 745 altares, una gran mayoría en las capillas destinadas a los santos. Dado que estos altares no contuvieron las reliquias de beatos, podemos afirmar, sin ningún tipo de rubor, que quienes se postran para orar y rezar ante la estatua del santo de turno, lo hace la mayor parte de las veces ante una lipsanoteca que contiene los huesos descarnados de algún recién nacido.

EL MISTERIO DE LA CARNE EN LA CUARESMA CATÓLICA

Existen varias historias que circulan en torno a la tradición de no comer carne durante la Semana Santa. Hay algunos que dicen que la carne simboliza el cuerpo de Cristo, por lo que degustarla en estas fechas sería una ofensa.

La versión más extendida nos dice que antiguamente las carnes rojas eran todo un lujo, y dado que la Cuaresma significa austeridad, abstinencia y ayuno, permitirse esta ostentación ciertamente era un pecado, ya que con el mismo dinero se podía alimentar a la familia con carnes blancas o darlo a las personas necesitadas.

Pero esa no es la auténtica explicación del por qué no se debería comer carne en la Cuaresma cristiana. Revisemos primero lo que significa abstinencia o ayuno.

La abstinencia (en hebreo anneh, hissamor; en latín abstinentia, a la persona, «abstemius», del prefijo ab «lejos de» y «temum», vino) es una renuncia voluntaria de complacer un deseo o un apetito de ciertas actividades corporales que se experimentan extensamente como placenteras. Generalmente, el término refiere a la renuncia a la cópula sexual y otras relaciones sexuales, al consumo de bebidas, -normalmente alcohólicas- así como de comidas y alimentos. La práctica puede presentarse por prohibiciones religiosas o consideraciones prácticas.

Los católicos se abstienen de alimento y bebida antes de comulgar en misa y se abstienen de carne en los miércoles de ceniza y los viernes durante la Cuaresma.

Pregunté una vez a un canónigo de la Catedral de Barcelona y me respondió con total sinceridad. La costumbre de no comer carne en la Cuaresma es porque así no se practicaba el sexo, ya que se consideraba que las carnes, y sobre todo las rojas, dan demasiada vitalidad, con la que mantener relaciones sexuales. Y para el clero, hacer el amor durante la Cuaresma se consideraba obsceno.

Ahora ya sabemos la verdad. La costumbre de no comer carne en la Cuaresma no tiene que ver con los lujos de la carne ni el cuerpo de Cristo, sino con la necesidad de legislar la Iglesia Católica cuándo se puede mantener relaciones sexuales y cuándo no.

De todas formas, aquellos que tuvieran el antojo o la necesidad de comer carne, podían hacerlo con el perdón de Dios gracias a la bula de la Santa Cruzada, un impuesto eclesiástico que consistía en dar una limosna a la Iglesia y a cambio obtener el privilegio de poder comer carne y poder disfrutar de unas normas más laxas de ayuno.

La tradición del cristianismo actual estipula que no se debe consumir carne ningún viernes de cuaresma y tampoco el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Pero esta es la tradición moderna, que lleva desde los años 60.

Según recogen las normas del obispado de Madrid-Alcalá de 1950, los fieles estaban obligados a hacer vigilia todos los viernes del año, ayunar durante la cuaresma entera y ayunar con abstinencia el miércoles de ceniza y todos los viernes y sábados de cuaresma. No cumplir con estas premisas significaba incurrir en un pecado mortal (de los gordos que no se enmiendan con tres Ave Marías).

Quien adquiría la Bula de La Santa Cruzada y su indulto de carnes, que se concedió en su momento nada menos que a los Reyes Católicos, simplemente tenía que hacer vigilia los viernes de cuaresma, el Miércoles de Ceniza y ayunar con abstinencia el Viernes Santo, pudiendo tomar lácteos y pescados durante toda la Cuaresma. La cuantía podía ir de los 50 céntimos a las 10 pesetas, y llegó a convertirse en un símbolo de estatus social, ya que se pagaba en base a lo que se tenía.