Hace unos años, durante mi última estancia en París, aproveché para ir a contemplar la tumba de Julio Verne.

El monumento funerario de Verne, situado en el camposanto de La Madeleine (Amiens), es algo muy especial. Plasma perfectamente al Verne mágico, secreto, esotérico, iniciado e iniciador.

Una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad del “phoenix” que resurge de sus cenizas; el “etz hajaím” o Árbol de la vida de los kabalistas y la “tariqat” o asociación iniciática sufí. Una estrella de seis puntas flotando sobre la palmera: la unión del fuego celeste y el agua para la reconstrucción interior, en palabras de Mario Satz, y que los cabalistas llaman “shamaim”. Una cruz inscrita en un círculo, que alude a la “cuadratura del círculo”: el opus alquímico completo, acabado y realizado. Una rama de olivo: “la paz del justo” (una versión bíblica del laurel olímpico). Una lápida sepulcral pentagonal sobre las espaldas de ese Verne de mármol que ‘renace” de la tierra. Una losa pitagórica, que nos recuerda la “salud microcósmica”. La propia leyenda funeraria, con cinco de sus letras “especial y estratégicamente” destacadas sobre el resto: “J”, “L”, “V”, “R” y “E” y que los expertos en cábala y numerología han descifrado como una “pista” más que nos habla de “resurrección”.

Una mano derecha alzada hacia el Oeste, con una muy específica posición de sus dedos (uno-tres-uno). Un rostro igualmente orientado hacia el oeste, hacia el rojo alquímico, hacia el “renacimiento”. Una mano izquierda firmemente asentada en la tierra. Un sudario que cubre la cabeza de este Verne “que no ha muerto”. Los siete abetos, formando un semicírculo, que guardan la tumba por su cara Este. No olvidemos que “Verne” significa “árbol”.

En el solsticio de verano, la sombra de la mano alzada, proyectada por el sol, oculta las dos cifras del año de su muerte, y las dos cifras del año de su nacimiento.

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