La destrucción del barrio judío de Barcelona hay que situarla en un contexto de crisis bajomedieval que estaba exacerbando un antisemitismo ya latente en las sociedades cristianas. En el discurso público cada vez se generalizaba más la idea de eliminar para siempre el colectivo judío dentro de la civilización cristiana.

El cementerio de Montjuic de la comunidad judía medieval de Barcelona, documentado al menos desde el siglo IX hasta el siglo XIV fue abandonado en 1391. Y completamente destruido por la turba cristiana.

Más o menos restablecida la normalidad, durante los meses siguientes el rey Juan no quiso recibir ninguna embajada mientras en ésta hubiera artesanos judíos.

El 6 de diciembre el Camarlengo real Ramon Alemany de Cervelló tomó las calles de la ciudad con 200 caballeros. El 13 construyó horcas en la plaza Nueva, en la de Trigo y la de Santa Ana, y durante las semanas siguientes se ejecutaron 33 personas, declaradas culpables de los asaltos de agosto. Además el 27 de enero el procurador fiscal presentó hasta 770 denuncias contra otras personas implicadas en los dos asaltos, y les exigía una indemnización de 10 millones de sueldos barceloneses.

El 1392 se dictaron medidas que abrieron el barrio judío  los cristianos y finalmente en 1401 se terminó prohibiendo el restablecimiento de la comunidad judía en Barcelona, y a cualquier viajando judío se le impuso un límite de quince días para residir en la ciudad.

La destrucción del barrio judío de Barcelona en 1391, por parte de los cristianos, fue la consecuencia de una revuelta con diversas motivaciones profundas y complejas. La desaparición de los judíos sólo era una de ellas, propia de una sociedad fanatizada por la proximidad del fin del siglo. Se profetizaba el fin del mundo y, con ella, la conversión de todos los judíos y musulmanes en la “verdadera” religión cristiana.

Antiguamente en todas las iglesias católicas durante la celebración del jueves y viernes santo se ponían quince candelabros encendidos, que se iban apagando uno por uno. Al llegar al benedictino, es decir, al decimoquinto se apagaba todo el tenebrario y las luces de la iglesia. Era entonces cuando el pueblo, para manifestar que los judíos habían matado a Jesús, hacía un gran ruido golpeando los bancos de la iglesia. A esta costumbre se le llamaba “matar judíos” y “fassos” en catalán.

La iglesia toleraba esta práctica, argumentando que si se suprimía la costumbre el pueblo rompería los retablos cristianos donde aparecían judíos.

A raíz de estas costumbres, en agosto de 1391, el pueblo de Barcelona no tuvo ningún reparo en quemar las sinagogas judías, acabando en una carnicería donde más de 1.000 judíos fueron colgados de los balcones de sus casas.

Los supervivientes de este holocausto sefardí se convirtieron al cristianismo. Fue entonces cuando apareció la Inquisición que controlaba las cocinas de los judeoconversos para observar si estos cocinaban carne al menos una vez por semana.

La insignia amarilla o estrella amarilla es un trozo de tela concebido con fines segregacionistas y discriminatorios. En muchos países, incluyendo España, se identificó a los judíos con este color, haciéndoles adoptar esta indumentaria.

Entre 1228 y 1231 la obligación por parte de los judíos de portar el redondel amarillo es proclamada en España. Pero la aplicación de ello fue parcial e intermitente, especialmente debido a las amenazas de los judíos castellanos de abandonar el país en caso de que el distintivo discriminatorio se impusiera por la fuerza, por lo que la aplicación de la insignia finalmente no tuvo lugar. Casi 200 años más tarde, al ser reinstaurada la orden por Benedicto XIII en 1415,  los judíos de Castilla rehúsan obedecer tal disposición y emigran hacia países musulmanes.

Durante los últimos siglos de la Edad Media, la señal impuesta a los judíos por la Iglesia, no solo los separó de los cristianos, sino que además los segregó y marginó, convirtiéndolos en un grupo social desprotegido y despreciado.

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