Los hay alados, de grandes fauces y lengua temible, con escamas acerbas, mirada feroz y patas de garras imponentes. Los hay amenazadores, sin patas, con alas y sin ellas. Y cuando Barcelona no se llena de dragones, las gárgolas miran desde lo alto de los edificios, dispuestas a arrojar agua sobre los transeúntes.

Aparecen en lugares insospechados, acechando bajo aleros, cornisas y balcones, en dinteles de puertas, camuflados en lámparas, peanas o picaportes, y comportándose como seres rampantes, trepadores, orgullosos, siempre prestos a esgrimir sus uñas y ganchos.

Comienza este recorrido, cámara en ristre, por el Paseo Lluís Companys, entre el parque de la Ciutadella y el Arc de Triomf, jalonado por 52 macetas, y entre las que destacan cada pocos metros dragones de fauces abiertas. El paseo fue construido bajo el diseño de Josep Vilaseca para la Exposición Universal de 1888.

Al final del mismo se puede observar el actual Museo de Ciencias Naturales, conocido popularmente como el Castillo de los Tres Dragones, y que forma parte de la increíble exposición arquitectónica del año de 1888, presidida por Alfonso XIII, que en esa época tenía dos años de edad.

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De primera vista, el Castillo de los Tres Dragones en Barcelona se presenta majestuoso ante el ojo del observador, imperante de tamaño, como tal coloso, que en sus altas torres expone varias coronas arquitectónicas de complejos detalles.

En catalán, es conocido por ese nombre, debido a una famosa comedia de Serafí Pitarra, seudónimo de Frederic Soler, que inspiro al arquitecto “Doménech i Montaner”. Esta obra estaba en el imaginario colectivo de la población, pues se estuvo representando en Barcelona durante muchos años. Cuando el antiguo Museo de Zoología colocó en lo alto tres figuras de dragón, con motivo de un acontecimiento especial, los barceloneses comenzaron a denominar al edificio “Castell dels tres dragones”.

Así son los dragones que habitan en Barcelona, ya se trate de representaciones en piedra, forja, madera, azulejo, mosaico o trencadís. Son casi cuatrocientos los repartidos por toda Barcelona, aunque en esta ruta sólo vamos a conocer unos cuantos, junto a otros seres mitológicos que los acompañan, las gárgolas.

La figura del dragón, un ser inexistente, seducía mucho en el modernismo, por tratarse de un personaje exótico –explica el arquitecto Juan Bassegoda Nonell, que fue titular de la Cátedra Gaudí durante más de treinta años–, y porque el modernismo es una mezcla de lo neogótico y lo exótico“. Hay en la ciudad noticia de representaciones de dragones desde el medievo; se encuentran ejemplares en la Catedral y en algunas iglesias antiguas.

Dragones famosos son los que se pueden encontrar en la casa de los Paraigües de la Rambla, un edificio premodernista de Josep Vilaseca, el cual acoge a un dragón chino. Se conoce como Casa del Paraguas, ya que vendiendo este objeto se hizo millonario el propietario del edificio y varios paraguas decoran la fachada, como se puede apreciar. Los dragones orientales –seres sin alas pero voladores– son personajes benévolos, cargados de sabiduría, mientras que los dragones occidentales suelen ser considerados maléficos. “El dragón es un monstruo inventado –recuerda el arquitecto Bassegoda Nonell–, por lo que cada artista ha podido apelar a su propia imaginación a la hora de plasmarlo, y por eso son tan diversos“.

La morfología de un dragón es como sigue (así detallada por Wang Fu, de la dinastía Ham en el 206 a.C.): cabeza de camello, ojos de demonio, orejas de vaca, cuernos con astas ramificadas de un ciervo, cuello de serpiente, barriga de almeja, garras de aguila, y plantas de los pies de tigre. Cuenta con 117 escamas de carpa, 81 de ellas infundidas por esencia benévola (yang) y 36 de esencia maligna (yin).

Enfrente del dragón chino de las Ramblas, en unos edificios próximos al Mercat de la Boquería, se contemplan una serie de dragones clásicos en sus azoteas.

Otro dragón popular es el Dragón que aparece como relieve en la fachada de la calle del Bisbe. Siguiendo por la misma calle del Bisbe, se ve el Palacio de La Generalitat, que conserva en este tramo su fachada original gótica, del siglo XV. Hay que fijarse en una de sus gárgolas, ya que en ella se refleja la princesa de la leyenda de Sant Jordi. En 1928 Joan Rubió i Bellver construyó este puente neogótico que une la Casa del Canonges con el Palacio de la Generalitat, inspirado en el gótico flamígero.

La leyenda cuenta que Sant Jordi salvó a la princesa de un feroz dragón que atemorizaba a la población, acabando con la vida de la bestia. De la sangre del dragón creció una bellísima rosa roja.

Cautivan de todos ellos, incluso de los más humildes, sus ojos altivos y firmes. Y se comprende: la palabra dragón viene del latín draco, que procede del griego drákon, a su vez derivado de la voz griega dérkomai, que significa mirar con fijeza. Según algunos eruditos, esa cualidad explicaría su condición de guardián mítico de doncellas y tesoros –sistemáticamente ejecutado por dioses, santos o héroes–, aunque otros expertos vinculan el combate legendario entre el caballero y el dragón a mitos indoeuropeos de lucha entre dioses de la guerra y el dragón demoniaco bíblico-babilonio.

En Catalunya, el caballero guardián es Sant Jordi, que en 1456 fue declarado patrón por las cortes catalanas, reunidas en el coro de la Catedral de Barcelona. Es también patrón de Aragón, Inglaterra, Portugal, Grecia, Polonia, Lituania, Bulgaria, Serbia, Rusia y Georgia, entre otros lugares. De Sant Jordi/San Jorge está más documentado su culto que su existencia, pero la leyenda lo sitúa en el siglo III, nacido en Capadocia o Nicomedia, y mártir por decapitación durante la persecución de los cristianos por el emperador romano Diocleciano. Su leyenda llegó a estos lares en el siglo XV.

La leyenda cuenta que la princesa Alcyone había sido atada a una estaca para aplacar las iras de un dragón, al que cada día se le ofrendaban dos ovejas. En esas estaba cuando apareció Jorge de Capadocia, que desató a la princesa, y se enfrentó al enemigo. Jorge clavó una enorme lanza al cuello del dragón de Silene y con la faja de la princesa, le aprisionaron el cuello y arrastraron el animal hasta el castillo de su padre. A cambio de la promesa de convertirse al cristianismo, San Jorge decapitó al dragón.

Igual de sorprendente es el Dragón luchando contra el caballero de la fachada lateral de la Catedral de Barcelona, frente al Museo Frederic Marés (también hay un pequeño dragón serpiente muy próximo, que siempre están asociados con ríos, lagos u océanos abiertos). O las gárgolas que rodean todo su perímetro. De esta sede hay que saber que su estructura gótica se comenzó a construir en 1298, aunque la fachada principal data de finales del siglo XIX.

En realidad, los dragones de la fachada de la Catedral de Barcelona son Basiliscos. De diminuto tamaño el Basilisco mantiene erguida la parte superior de su cuerpo y lleva una especie de corona en su cabeza. Y es que Basilisco en griego significa “pequeño rey”. Todo su cuerpo está adornado con escamas de color azafrán.  Este neodragón arroja un aliento que envenena todo lo que se encuentra a su paso; su mirada era capaz de partir por la mitad a cualquier ser viviente.

La fachada de La Catedral se construyó siguiendo un antiguo dibujo del siglo XV, pero se trata de una construcción neogótica.

Del templo destaca sin duda el claustro del siglo XV y su estructura arquitectónica gótica. En el claustro se pueden ver las 13 ocas que recuerdan la edad y martirios que sufrió Santa Eulàlia, a quien está dedicado el templo.

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La Catedral de Santa Eulalia de Barcelona se construyó durante los siglos XIII a XV sobre la antigua catedral románica, edificada a su vez sobre una iglesia de la época visigoda a la que precedió una basílica paleocristiana, cuyos restos pueden verse en el subsuelo, en el Museo de Historia de la Ciudad. La finalización de la imponente fachada en el mismo estilo, sin embargo, es mucho más moderna (siglo XIX). El edificio es Bien de Interés Cultural y, desde el 2 de noviembre de 1929, Monumento Histórico-Artístico Nacional.

Está dedicada a la Santa Cruz y a Santa Eulalia, patrona de la ciudad de Barcelona (actualmente es más celebrada como tal la Virgen de la Merced que, estrictamente, es patrona de la diócesis de Barcelona, pero no de la ciudad), una joven doncella que, de acuerdo con la tradición católica, sufrió el martirio durante la época romana. Una de tales historias cuenta que fue expuesta desnuda en el foro de la ciudad y que milagrosamente, a mitad de primavera, cayó una nevada que cubrió su desnudez. Las enfurecidas autoridades romanas la metieron en un barril con vidrios rotos, clavos y cuchillos clavados en él y lanzaron cuesta abajo el barril (de acuerdo con la tradición, se trataría de la calle Baixada de Santa Eulàlia, Cuesta de Santa Eulalia). Y así, hasta trece martirios diferentes, uno por cada año de edad de la santa. Finalmente, fue crucificada en una cruz en forma de aspa, que es el emblema de la catedral y la diócesis, así como el atributo iconográfico de la santa.

No hay que perderse los dos dragones en la reja del jardín, sobresaliendo sin pudor del Museo Frederic Marès, en la Plaza de Sant Iu, número 5, antiguo lugar donde habitó la Santa Inquisición, y que se inauguró en 1948 para acoger la obra de este artista.

Estos dragones, en realidad, representan a Tiamat, el semidragón al que se enfrentó Marduk, dios de los sumerios y que el tiempo transformaría en el Yahvé de los hebreos. Marduk lanzó su red contra el monstruo, y luego le envió una flecha a las fauces abiertas para clavarse en su vientre. Marduk, con el dragón ya muerto, cortó en tajadas sus órganos internos y partió su corazón en dos para que no reviviera.

Por último, hay una talla en madera con el caballero y el dragón en el interior de la Catedral de Santa María del Mar, en la misma sala donde se encuentra una representación de la Vírgen negra de Montserrat. Este dragón cuellilargo tiene connotaciones de monstruo marino.

La construcción de la Catedral de Santa María del Mar comenzó en 1329, tal como lo atestiguan las lápidas del portal de las Moreras (que da al Fossar de les Moreres). Un hecho destacable, que aún perdura: se acuerda que la obra había de pertenecer, exclusivamente, a los feligreses de la zona del puerto y de la Barceloneta, únicos responsables materiales del templo, ya que ellos fueron quienes la sufragaron, bien con su dinero o bien con su trabajo. Este hecho está en clara contraposición a la catedral que por aquellas mismas fechas también se estaba construyendo y que estaba asociada a la monarquía, a la nobleza y al alto clero. Parece ser que en la construcción participó activamente toda la población de la Ribera, en especial los descargadores del muelle, llamados galafates de la Ribera o bastaixos, los cuales llevaban las enormes piedras destinadas a la construcción de la iglesia desde la cantera real de Montjuïc y desde las playas, donde estaban los barcos que las habían traído a Barcelona, hasta la mismísima plaza del Borne, cargándolas en sus espaldas, una a una. La puerta principal de la iglesia homenajea a los bastaixos que ayudaron a su construcción.

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Los muros, las capillas laterales y la fachada se terminaron alrededor de 1350. En 1379, a punto de acabarse el cuarto tramo de bóvedas, se incendiaron los andamios y las piedras sufrieron importantes daños. Finalmente, el 3 de noviembre de 1383 se colocó la última parte de la bóveda y el 15 de agosto del año siguiente se celebró la primera misa. En 1428 hubo un terremoto que causó el derrumbamiento del rosetón provocando algunas muertes, por la caída de las piedras del mismo. Aunque pronto se firmó un contrato para construir uno nuevo de estilo flamígero, que quedó acabado en 1859 y al año siguiente, fueron colocadas las vidrieras del mismo. La mayoría de las imágenes y el altar barroco añadidos durante los siguientes siglos resultaron quemados durante el incendio del templo el 3 y 4 de agosto de 1936. Este incendio fue provocado por los anarquistas y comunistas que asaltaron el templo (así como muchas otras iglesias barcelonesas).

Gárgolas

Junto a la Catedral de Barcelona, a su lado izquierdo, se encuentra La Casa de L’Ardiaca, antigua residencia noble del siglo XV.

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Esta es la primera de las residencias de miembros de distintas jerarquías religiosas que irás encontrando. La Casa de l’Ardiaca fue construida en el siglo XV por orden del Arcediano Lluís Desplà, que la convirtió en un palacio gótico como residencia suya. En el siglo XIX, diversos propietarios realizaron modificaciones. En 1922 pasó a ser sede del Archivo Histórico de la Ciudad. El aspecto actual data de 1962, año en el que se derribaron las casas que estaban adosadas a la muralla romana. Su patio interior es uno de los rincones más bonitos de la zona, y al final del mismo se contempla parte de la muralla romana del siglo I a.C.

Te recomendamos que subas la escalera de acceso al primer piso, desde donde tendrás muy buenas vistas de las gárgolas de la Catedral. Es una de esas fotografías que no deberías dejar de hacer por nada del mundo. Junto a las escaleras también se puede contemplar un escudo flanqueado por dragones alados con aspecto humano.

Pasado el primer tramo de la calle, a mano izquierda verás otra de esas residencias religiosas: la Casa dels Canonges, iniciada en el siglo XIV y terminada en el XVI y actual sede de la Vicepresidencia del Gobierno catalán. En este lugar localizarás una representación de Sant Jordi y el dragón. Algo similar también puede verse frente a un pub inglés, un poco más allá del Centre Excursionista de Catalunya, saliendo del Templo romano de Augusto.

Refiere la tradición oral francesa la existencia de un dragón llamado La Gargouille, descrito como un ser con cuello largo y recto, hocico delgado con potentes mandíbulas, cejas fuertes y alas membranosas, que vivía en una cueva próxima al río Sena.

La Gargouille se caracterizaba por sus malos modales: tragaba barcos, destruía todo aquello que se interponía en la trayectoria de su fiero aliento, y escupía demasiada agua, tanta que ocasionaba todo tipo de inundaciones.

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Los habitantes del cercano Rouen intentaban aplacar sus accesos de mal humor con una ofrenda humana anual consistente en un criminal que pagaba así sus culpas, si bien el dragón prefería doncellas.

En el año 600 el sacerdote cristiano Romanus llegó a Rouen dispuesto a pactar con el dragón si los ciudadanos de esta localidad aceptaban ser bautizados y construían una iglesia dedicada al culto católico.

Equipado con el convicto anual y los atributos necesarios para un exorcismo –campana, libro, vela y cruz–, Romanus dominó al dragón con la sola señal de la cruz, transformándolo en una bestia dócil que consintió ser trasladada a la ciudad, atado con una simple cuerda.

La Gargouille fue quemada en la hoguera, excepción hecha de su boca y cuello que, acostumbrados al tórrido aliento de la fiera, se resistían a arder, en vista de lo cual, se decidió montarlos sobre el ayuntamiento, como recordatorio de los malos momentos que había hecho pasar a los habitantes del lugar. El resto de las cenizas se arrojó al río Sena, y los parisinos recordaron a este ser, reproduciéndolo en lo alto de sus catedrales.

Esta curiosa leyenda, más encantadora que real, viene a explicar el origen de la palabra gárgola como sinónimo de escupir agua con facilidad, intención primigenia de las esculturas ubicadas en las cornisas de iglesias y catedrales medievales.

El concepto de una proyección decorativa a través de la cual el agua se expulsase del edificio era conocido desde la antigüedad, siendo utilizado por egipcios, griegos, etruscos y romanos.

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Mientras que los griegos tenían especial querencia por las cabezas de león, fueron los romanos los que utilizaron estos canalones decorativos con abundancia, tal y como lo demuestran los ejemplares de la ciudad de Pompeya, conservados intactos hasta la actualidad merced a la capa de lava que los cubrió durante la erupción del Vesubio, en el primer siglo de Nuestra Era.

Durante la Edad Media, las gárgolas se utilizaron como desagües y sumideros a través de los cuales se expulsaba el agua de la lluvia, evitando que cayera por las paredes y erosionase la piedra. Es esta la utilidad a la que se refieren todos los idiomas europeos, cuando idearon palabras para designar estos apéndices arquitectónicos: en italiano “gronda sporgente”, frase muy precisa, arquitectónicamente hablando, que significa “canalón saliente”; en alemán “wasserspeider”, que describe lo que una gárgola puede hacer, esto es, escupir agua; en español gárgola y en francés “gargouille”, que derivan del latín gargula, garganta; o el inglés gargoyle, derivado de los dos anteriores.

Las primeras gárgolas aparecen a comienzos del siglo XII. Es en la época del gótico, concretamente durante el siglo XIII, cuando se transforman en el sistema predilecto de drenaje, si bien no todas ellas tenían esta utilidad.

Parece que los primeros ejemplos góticos de gárgolas son las que se pueden observar en la Catedral de Lyon, seguidas de las que pueblan Notre-Dame de París.

Es raro encontrar una gárgola sola. Generalmente suelen estar agrupadas en hileras, sobre los altos de iglesias y catedrales, a modo de una sociedad de gente de piedra.

Las gárgolas del primer gótico apenas si estaban elaboradas, pero según fueron proliferando, el diseño se fue haciendo cada vez más elaborado, transformándose en auténticas obras de arte. El rasgo distintivo de sus expresiones es que nunca eran bellas sino intencionadamente horribles, grotescas o irónicas.

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En general, el gótico se caracteriza por ser más realista que el románico, con la excepción de las gárgolas, que parecen perpetuar la fascinación, típicamente románica, por las criaturas grotescas y monstruosas.

Desde finales del siglo XIII las gárgolas se hicieron más complicadas, abandonándose la representación de animales, que fueron reemplazados por figuras humanas. Aumentaron su tamaño y se transformaron en figuras más exageradas y caricaturizadas.

Las connotaciones demoníacas se abandonaron en el siglo XV, cuando se extremaron las poses y expresiones faciales, perdiendo sus significados religiosos y haciéndose más cómicas.

Las gárgolas eran algo más que una decoración funcional, si bien su significado profundo permanece aún sin determinar. Entre las numerosas que pueblan los edificios medievales no se han podido encontrar dos iguales, demostración de la extraordinaria imaginación de sus constructores.

La documentación contemporánea a su elaboración ofrece muy poca ayuda en la resolución del enigma sobre su significado derivado, en gran medida, de la costumbre medieval por crear ambigüedad, lo que provoca y permite múltiples sentidos.

La gran variedad, tanto en formas como en significados, va en contra del uso típicamente medieval, esto es, educativo; si se quería enseñar es evidente que debía entenderse el mensaje transmitido a través de las gárgolas. Es por ello que encontramos gárgolas no sólo en iglesias y catedrales, sino también en edificios seculares y casas privadas.

Entre las posibles interpretaciones que se han atribuido a las gárgolas destacan aquellas que las asimilan a representaciones del demonio, tan presente en el imaginario colectivo medieval, que recuerda al cristiano la necesidad de seguir los preceptos religiosos si quiere escapar del infierno.

Así, muchas de las llamadas gárgolas grotescas parecen representar a dragones, diablos y demonios, símbolos del mal para el cristiano de la Edad Media.

El dragón fue el animal fantástico más reproducido por el arte medieval. La palabra dragón deriva del sánscrito dric, que significa “mirar”, en referencia a la capacidad de este animal para destruir con sus ojos.

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Mientras que otros, como el león, podían alternar su carácter maléfico y benéfico, según la representación que se considerase, el dragón siempre ha significado, dentro del arte occidental, maldad y destrucción. De esta forma, muchas veces se ha representado al diablo como un dragón.

Aunque el arte medieval no predeterminó una representación fija del dragón, sí puede observarse en todos ellos la existencia de alas semejantes a las de un murciélago, animal asociado a la oscuridad y el caos. Alas que, probablemente, indican el origen angélico del demonio.

Antes que Lucifer se revelase y fuera expulsado del paraíso, era el más bello de todos los ángeles. Pero cuando cayó, toda su belleza se transformó en fealdad, cambiando su nombre por el de Satán, que significa “adversario u oponente”.

Si uno es el diablo Satán, muchos son los demonios, espíritus maléficos servidores del ángel caído. Su representación en la iconografía medieval recoge todo lo que de repugnante y desagradable tenía la naturaleza: si Dios era el Creador de todas las cosas bellas, su oponente, Satán, sólo podía representar lo feo, sórdido y despreciable.

Ciertas gárgolas muestran estas características, sólo atribuibles al demonio y sus servidores. Si bien la apariencia externa es humana, hay numerosos signos demoníacos: los cuernos, las orejas animales puntiagudas, los colmillos, las barbas, las alas membranosas, la cola, los pies en forma de patas hendidas y desgarradoras, los cuerpos desprovistos de vello y el semblante amenazador…

Una gárgola con alguna de estas características, sino todas, era inmediatamente asociada al mal, por parte de sus espectadores medievales.

La fisionomía polimórfica de estas gárgolas diabólicas era la expresión perfecta de la habilidad del demonio para transformarse, para presentarse ante el cristiano desprevenido bajo diversos disfraces.

Y, cómo no, Barcelona también se rindió al culto a las gárgolas, que en el Barrio Gótico decoran los altos de la Catedral de Barcelona, la Catedral de Santa María del Mar, o la calle Bisbe, entre otros.

Un buen lugar para concluir la visita por las gárgolas de la ciudad es acudir a la Biblioteca de Santa Creu, con entrada por la calle Hospital, construido en 1401 para reunir todos los hospitales de la ciudad.

Hay más dragones sobre la fachada del ayuntamiento de Barcelona, en la Plaça Sant Jaume, unicornios alrededor de la Catedral de Barcelona, un centauro en la calle del Bisbe, o gárgolas en la Parroquia de la Plaza del Pi.

Para terminar un apunte, en el también histórico barrio del Born,  durante el transcurso de la ruta, nos desviaremos para ver un gran rostro de mujer madura tallado en piedra que observa una calle desde las alturas. No es más que un vestigio de la Edad Media, en la cual muy poca gente sabía leer (sólo los de clases altas e ilustradas, y clérigos), es por este motivo que se utilizaban imágenes o representaciones gráficas para comunicar o indicar algo. Esta gran cara o carassa –en catalán, de aquí se cree deriva el nombre de la calle en donde está ubicada- indicaba la proximidad de un prostíbulo.

Si te ha gustado esta propuesta de ruta y quieres conocerla en su totalidad, puedes acompañarme todos los domingos, inscribiéndote a través de este enlace en Atrápalo.com, donde hago de guía para la misma.

Enlaces a consultar


Ver La Barcelona de los dragones y las gárgolas en un mapa más grande

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