A finales de enero del 2010 había acudido a París para realizar varios reportajes, entre ellos uno que englobaba la visita a las famosas catacumbas de la capital. Lo interesante de esta situación es que no sólo pensaba visitar la parte turística, sino que había contactado con un grupo de jóvenes anárquicos que conocían los pasadizos hacia las catacumbas prohibidas, en las que también quería penetrar.

¿Pero cuál es la historia de estas catacumbas por las que se hicieron famosas? Fue a finales del siglo XVII cuando se crearon las mismas. La cuestión es que en 1780 se cerraba el cementerio de los Santos Inocentes, el más popular de la época. Había un problema de salud pública que traía enfermedades continuamente. Cuando llovía, los cadáveres solían aparecer, ya que muchos de ellos ni tan siquiera se enterraban con un féretro.

Por decreto gubernamental, el 9 de noviembre de 1785, el Consejo de Estado ordenaba el traslado de todas las osamentas del cementerio de los Santos Inocentes, al nuevo emplazamiento de las catacumbas, en decenas de galerías excavadas bajo tierra.

El trabajo de las catacumbas se encomendó al servicio de canteras, que se había creado por decreto del rey de Francia, Luis XVI, el 4 de abril de 1777, para la protección y consolidación del suelo parisino. Se escogió como sitio designado el emplazamiento llamado “Tombe-Issoire”, y allí se fueron depositando los huesos de todos los cementerios de París hasta el año 1860. Es por eso que cuando se acude a otros cementerios de París, como el de Père-Lachaise (donde, entre otros, se encuentra la tumba de Oscar Wilde o Jim Morrison), no hay fallecidos previos a esta fecha.

Los esqueletos fueron colocados casi como un adorno, hacia el 1786, pues los reyes franceses nunca quisieron ver los huesos desperdigados o amontonados. Así que se hicieron pilas con un cierto orden, pegando osamentas y cráneos entre sí, para que hicieran de murallas. El trabajo de acondicionamiento del lugar se encomendó a Héricart de Thury (1776-1854), inspector general de las canteras.

Las catacumbas fueron accesibles al público, desde un buen comienzo, y atrajeron a cientos de curiosos y visitantes ilustres, como Francisco I, Emperador de Austria, que estuvo en visita oficial en 1814; o incluso Napoleón II, que descendió a ellas en 1860, junto a su hijo.

Actualmente una parte sigue abierta al público, de 10 a 17 horas, excepto lunes y festivos, con un recorrido de 2 kilómetros, que suele durar aproximadamente una hora. No hay guía, sólo vigilancia, y uno se tiene que hacer el recorrido andando por lúgubres pasillos con apenas iluminación. Está prohibido usar cámara con flash, y se supone que las bolsas se registran a la salida para que nadie se pueda llevar algún souvenir macabro, so pena de cárcel.

Armado con una linterna y ropa de abrigo comencé mi visita turística descendiendo a los avernos. Después de una escalera de veinte metros hacia el interior de la tierra, se llega a varios pasillos largos y estrechos, bajo la avenida René Coty. En las paredes se aprecian diversas inscripciones con los nombres de las calles de la superficie y sus fechas de construcción.

Después de las mismas aparece el taller, la antigua cantera compuesta de pilares cilíndricos y pilares segmentados, formado por piedras superpuestas. La curiosidad del recorrido llega después, con la obra tallada en la piedra del Puerto de Mahón, en Menorca. En realidad el artífice fue un cantero llamado Décure, veterano del ejército de Luis XV, que esculpió en la pared una maqueta de esta fortaleza, donde estuvo prisionero de los ingleses durante un tiempo.

El recorrido conduce a un lugar llamado “baño de pie de los canteros” y que se utilizaba para crear cemento, y a la entrada al osario, enmarcada por dos pilares con figuras geométricas blancas sobre fondo negro. En el dintel, unas letras alejandrinas advierten: “Detente, éste es el imperio de la muerte”.

A partir de aquí, uno se encuentra con los restos óseos de seis millones de parisinos, en 780 metros de galerías que pasan por debajo de la avenida René Coty, y las calles Hallé, Dareau y d’Alembert.

Entre tanta osamenta, uno ve la llamada fuente de la Samaritana, que todavía arroja agua para beber. O la cripta del Sacellum, que imita a una antigua tumba con altar, en donde una placa recuerda que los primeros traslados se efectuaron en abril de 1786, desde el cementerio de los Santos Inocentes.

La lámpara sepulcral es el primer monumento erigido en las catacumbas, una copa en la que los canteros mantenían encendida una llama permanente para activar la circulación del aire de las galerías. Luego se sustituyó este sistema por la excavación de pozos de servicio.

La tumba de Gilbert es una obra que encubre un sarcófago con versos del poeta Gilbert, fallecido a los 29 años, en 1780; aunque, por suerte, para él, no enterrado en este lugar.

Unas placas conmemorativas que vienen a continuación revelan importantes acontecimientos de la Revolución Francesa, como la manufactura de Réveillon el 18 de mayo de 1789, el malestar social que provocó un amotinamiento; y el combate en el castillo de las Tullerías, en 10 de agosto de 1792, la agitación antimonárquica que acabó en tragegia. Aquí sí que yacen los cuerpos de los fallecidos en ambos sucesos.

La lápida de François Géllain, un aventurero que estuvo encarcelado en prisiones como La Bastilla, Vincennes, Charenton y Bicêtre, le sigue a las placas anteriores, para pasar por la cripta de la Pasión, un macabro pilar revestido de cráneos y tibias, en forma de tonel. Cuenta la leyenda que este botijo enorme se creó el 2 de abril de 1897, a la medianoche y durante la celebración de un ritual de burgueses y bohemios parisinos, en un concierto clandestino, los cuales pudieron pasar gracias a la ayuda de dos obreros que hacía poco habían sido despedidos de sus trabajos.

La salida del osario lleva de nuevo a los túneles largos que acaban junto a una mesa de piedra y unas bóvedas. Se puede subir por las escaleras y salir definitivamente a la calle, o continuar (si está abierto) hacia unas galerías, mal llamadas ”educativas”, donde se aprecia la degradación de colores de las calizas de las paredes, y que sirven para demostrar la degradación de las canteras.

Pero la visita, para mí, no había terminado ahí. Me esperaba Frank, un joven parisino, que me conduciría hacia las catacumbas prohibidas. Me está prohibido revelar la entrada a esta otra parte, pero sólo diré que nos esperaban otros chicos en las vías del tren de Cercanías. Si el anterior espectáculo ya de por sí fue fascinante, el recorrido por éste me dejo sin habla: bóvedas de pasillos largos, caras y rostros de desconocidos tallados en las paredes, una maqueta de un anfiteatro romano esculpida en el suelo, mariposas compuestas de trozos de cerámica en los muros (como si se tratase del Parque Güell de Barcelona), bancos para sentarse, gárgolas, estalactitas, mucha agua… Aquí hago un inciso, pues afortunadamente, Frank, me prestó unas botas de agua que, de poco me sirvieron, pues hubo que pasar por una zona donde nos cubría hasta la cintura.

Lástima de graffitis y esculturas recientes, que rompían con la armonía del lugar. Me sorprendió encontrarme con muchos símbolos excavados en la roca, como tréboles, cruces y estrellas. Es como si alguna logia masónica hubiera estado en el lugar.

Y, por supuesto, había cientos de esqueletos desperdigados, ahora sí, sin ningún tipo de miramiento, amontonados sin orden alguno. Y la visita no cesaba: fuentes subterráneas, cables eléctricos que parecían en desuso, escaleras que subían y bajaban… Y, al final, una nueva salida hacia la vía del tren.

Por lo visto hay unos “cataflics”, como les llamaba Frank, que es como una especie de policía especial, y que rastrea de vez en cuando las catacumbas prohibidas en busca de intrusos como nosotros. Esta vez tuvimos la suerte de no dar con ellos, pero ya me veía en la Gendarmería dando todo tipo de explicaciones.

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Las catacumbas de París son un espectáculo dantesco, que sirvió de inspiración a Víctor Hugo para su obra “Los miserables”; pero también son una aventura en torno a los miedos del individuo en relación a la muerte, y para todos aquellos que hemos tenido la ocasión de visitarlas, ya sea en su parte turística o en su zona prohibida.

Catacumbas de París
1 avenue de Colonel
Henry Roi-Tanguy
75014 París
Metro y RER (el equivalente a nuestro Cercanías): Denfert-Rochereau

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