No hará más de un año leía la siguiente noticia en un blog cibernético: “Más recientemente, y en Marruecos también, se han hallado en una cueva de la región de Nador, en el norte del país, restos de tres esqueletos de niños pertenecientes a una raza desconocida de gigantes. Se trata de una zona próxima a las míticas columnas de Hércules, considerada patria del bíblico gigante Goliat”. La noticia se fue repitiendo hasta la saciedad en cientos de lugares, copiada tal cual. Y es que Internet podrá ser un buen lugar para dar a conocer noticias, e incluso de aquellas que nadie quiere hablar (como es el caso de las fugas de información de Wikileaks), pero nunca sabes si lo que lees es cierto o no.

Para mi desgracia compruebo que tal o cual persona cree a pie juntillas todo aquello que lee por Internet. Teniendo en cuenta que, algunas cadenas de televisión también se nutren de esta fuente, el problema se acrecienta.

Había que comprobar, una vez más, si la noticia era cierta o falsa. De modo que cogí la mochila y puse rumbo a Nador, junto a mi compañera infatigable de aventuras.

Nador es la capital del Rif, y está situada nada más atravesar la frontera con Melilla. Hay cerca de 450.000 habitantes e incluso dispone de un aeropuerto internacional en Al Aouri. Nador es fundamentalmente bereber. Como me comentó el amigo Mohamed, un ingeniero de la zona, la ciudad está dividida en dos partes: la pobre y la de los ricos, en una zona llamada Mar Chica, que dará mucho que hablar durante los próximos años, ya que se dice acabará convirtiéndose en un lugar turístico.

En 1934 todavía pertenecía al Protectorado español; fue aquí donde Franco reclutó sus tropas africanas en 1936. Por lo tanto, los rifeños hablan su propia lengua, así como el árabe; pero en casa, en el ámbito doméstico, suelen hablar español. El auténtico rifeño se reconoce enseguida porque su piel es blanca y tiene un color sonrosado en sus mejillas. El árabe es oscuro y como dicen los propios rifeños que se quieren diferenciar de sus hermanos árabes: “Tienen la piel azulada”.

Llegar hasta allí es relativamente fácil, buscar las zonas arqueológicas para rastrearlas en busca de los gigantes, ya es más complicado. Si añadimos el problema de alquilar un coche, ya que como uno se puede imaginar, es imposible llegar en taxi o autobús hasta una zona desértica, la cuestión se pone fea.

Logramos alquilar un desgastado Ford Fiesta que improvisamos como un todoterreno y al que conduciremos hacia pedregales y caminos sólo aptos para cabras montesas. Ubicar las zonas arqueológicas del Rif en un mapa cedido por el hotel de Nador es sencillo. Sólo hay estas ubicaciones datadas y reconocidas oficialmente como yacimientos prehistóricos: Saka, Monte Araoui en Nador, Hassi Ouenzga, Ifri n’Ammar y alguno más en Afsou. Nos decidimos por Hassi Ouenzga donde el ejército alemán de Rommel encontró restos prehistóricos e Ifri n’Ammar que, aunque desconocida casi por completo para los arqueólogos, es harto destacable por ser el lugar donde se tiene un mayor número de hallazgos de la llamada cultura ateriense.

En Hassi Ouenzga sólo hay pequeños pozos en mitad del desierto. Con el coche detenido, al avanzar entre dunas, aparece una kabash bereber. Esta especie de palacios fortificados con piedra, barro o ladrillos siempre han sido muy resistentes al paso del tiempo. El que vemos debe ser muy antiguo, ya que sólo es de barro reforzado con madera. Solían tener varias plantas o pisos, con una última terraza donde colgar la ropa. Del que vemos sólo quedan algunas de sus paredes en pie.

No sé por qué, pero cuando miro hacia las antiguas kabash enseguida establezco una comparativa con las casas de los Dogón, la tribu de Mali, en el Africa occidental que vive en la falla del Badiangará. Los Dogón se hicieron populares por la creencia en las tres estrellas de Sirio. Fue el antropólogo Marcel Griaule, en 1950, quien se dio cuenta de que esta tribu africana conocía la existencia del sistema estelar. Lo curioso es que, aunque se afirme entre los partidarios de la obra de J.J.Benítez que Sirio B es un descubrimiento reciente y que la ciencia no sabía de su existencia en 1950, no es cierto. Sirio B se conoce desde 1862, incluso en 1920 y 1930, algunos observadores decían haber localizado ya a Sirio C.

Sin saber a ciencia cierta si la tribu de los atrasados Dogón (que sigue practicando la mutilación femenina por su creencia en que los recién nacidos nacen con dos almas y dos sexos) es verídica o no, lo cierto es que sus casas de adobe son prácticamente similares a las kabash de los bereberes, como si hubieran aprendido de la misma fuente. La diferencia estriba en que las de los Dogón tienen menos plantas y está decoradas con tallas de reptiles y cráneos, vestigios de un pasado guerrero.

Casi tres horas después de la ascensión a pie hacia las montañas de Oulad Klouf, el camino, si se le puede llamar así, muestra varias plantas de hoja alocasia, lo que indica la presencia de acuíferos. No es de extrañar, pues estamos muy próximos a los lagos Afred y Tafret, restos de esa sabana abundante que debió estar presente en ese lugar antes de la última glaciación.

Por aquí y por allá nos saludamos con pastores bereberes que nos sonríen y nos muestran sus dientes cariados, indicándonos en un francés lamentable cómo proseguir hacia la cima. Los carneros, en su mayoría, dejan su traza por el cantizal. Una caravana de mulas, con su correspondiente carga bereber, nos traspasa, mientras sus jinetes nos miran con caras de incrédulos, preguntándose qué harán en aquel lugar inhóspito dos bárbaros blancos como nosotros.

Al llegar al pico penetramos en dos cuevas que dan justo a un acantilado, uno de esos lugares que no parece haber sido hollado por el hombre, por el riesgo que conlleva. Pero allí no hay nada, y el tiempo se nos echa encima; así que decidimos descender la montaña para coger el coche de nuevo rumbo a Ifri n´Ammar cuando, al dejar la mochila, comprobamos que el maletero ha sido forzado y está abollado por completo. Estos árabes no pierden el tiempo, aunque sea en mitad de un desierto. Un coche alquilado es demasiado tentador como para no abrirlo.

Ifri n’Ammar ofrece mejores perspectivas. Son ocho kilómetros de carrascal con el coche, destrozando los bajos. En la lejanía se divisa una montaña roja, signo inequívoco de tierra oxidada o muy antigua. Y cuando vemos ese color, siempre es indicio de un yacimiento prehistórico.

La alegría queda empañada cuando reparamos en que una cueva presente al final del camino, está cerrada a cal y canto, con una verja de hierro que la tapa por completo. Una pequeña puerta en su mitad con un enorme candado impide la entrada a los turistas, como nosotros. Mi compañera Cinthia, mucho más delgada que yo, logra pasar por debajo de la misma, después de escarbar con las manos y retirar algunas piedras del suelo.

Cinthia logra alcanzar el interior. Dice estar viendo una superficie cubierta de sacos de arena, con un peso aproximado de 50 kilos cada uno. Al intentar retirar uno de ellos, se vislumbran huesos y fósiles aún por desenterrar. Un poco más allá hay unas entradas a pequeñas habitaciones excavadas en la pared. Es imposible ir más allá, ya que están cegadas con cemento, impidiendo el paso.

¿Qué es esto? ¿Por qué ocultan esta excavación del público? ¿Quién está detrás de este yacimiento?

El que los propios árabes entierren su pasado no tiene ningún sentido, salvo que lo descubierto revolucionara lo ya establecido. Aunque bien pensado, supongo que lo que estamos viendo debe servir para proteger del expolio de los vandálicos o mejor aún, ellos que tan bien conocen a su pueblo, saben perfectamente que los árabes son capaces de vender su patrimonio a los europeos con tal de obtener beneficios económicos. Lo único que se pretende allí es proteger la zona de los saqueos, si uno intenta pensar en que no hay nada extraño en ello. ¿O sí?

Lo que se ve supera lo imprevisible. Estamos ante un yacimiento arqueológico, pero no uno cualquiera; a la vuelta comprobaríamos que lo que estaba enterrado en esa cueva ya había sido datado por los franceses, con unas cifras en el C-14 que tiraban por tierra cualquier teoría aceptada: ¡175.000 años atrás en el tiempo!

Da que pensar.

Si se acepta la hipótesis de que el Homo Sapiens partió de África hay cosas que no encajan. En esta gruta hay piezas afiladas para la caza; sólo el Neardental sabía cazar, y sí que coincide en el tiempo con este descubrimiento, salvo que el Neardental sólo habitó Europa. En este lugar se han hallado adornos como pendientes y collares, realizados con nowtilus, lo que evidencia que se trata de un hombre pensante y no un simio. El Homo Sapiens Sapiens partió de Etiopía y Sudáfrica, según lo aceptado, hace 195.000 años. De igual forma, la expansión de la humanidad se argumenta que surgió desde África hacia Eurasia hace 70.000 años. Y la teoría desde África es la más comúnmente aceptada. Pero algo no encaja en el rompecabezas.
El resto de algún que otro hombre de Kibish en Etiopía no es indicio de una población masiva. Los aterienses del norte de Marruecos constituyen una población abundante. Es como si el origen de todo partiera de algún lugar en Occidente.

Repasemos algunas inconveniencias no aceptadas por la antropología; por ejemplo, los guanches, canarios, de los que no sabe a ciencia cierta cuál es su origen. Aunque se ha querido ver semejanzas con el pueblo vikingo, la teoría más aceptada es que provienen del Norte de África, del pueblo bereber, curiosa coincidencia. Los guanches eran altos, de ojos azules (otra providencia con el pueblo tuareg) y con una media de entre 1,75 y 1,82 metros. Si aceptamos que son del siglo V a.C. como estipula la antropología podríamos hablar de gigantes en la antigüedad, pues la media de esos siglos no alcanzaba esas tallas. La lengua guanche es, hoy por hoy, indescifrable en las Islas Canarias.

Me viene a la mente una de las tres famosas rutas de las que hablaba Herodoto para alcanzar Egipto. Comentaba que para llegar hasta el valle del Nilo se podía hacer desde Libia a través del Sáhara. Esta vía es considerada una fantasía, como siempre ocurre cuando algo no encaja en las teorías oficiales, porque cabe recordar que siempre se nos ha dicho por parte de la arqueología que la civilización proviene de Oriente. Absurdo por cuanto los egipcios ya mencionaban su origen desde un país primigenio, el Amenti, la región escondida de Ptah para otros.

Ilógico sí, porque nos tratan de convencer de que arqueológicamente hablando no hay ninguna conexión en las pinturas rupestres de los desiertos de Argelia, Libia o Marruecos. Pero el que esto escribe tuvo la oportunidad de acudir al desierto del Tassili, al sur de Argelia, que curiosamente, valga la redundancia, significa “tierra de gigantes” en targuí, la lengua de los tuaregs. Y en estos lugares se aprecia la conexión perdida. Mientras que en la Isla de Palma se vislumbra en algunas rocas unas extrañas espirales, en las montañas del Tardrat, al sur del Tassili, vuelven a verse las famosas espirales. Sin entrar en detalles sobre el significado de los cabezas redondas del Tassili, las pinturas rupestres muestran carros egipcios o personajes portando el ureo, el tocado egipcio, o el faldellín masculino propio de los egipcios. ¿Vestimentas egipcias junto a pinturas rupestres datadas en el 9000 a.C. cuando el Sáhara fue habitable? ¿Pero no se supone que Menes, el primer faraón egipcio, reinó en el 3050 a.C.?

¿Y qué decir de Playa Nabta? Situada en el desierto de Nubia, ochocientos kilómetros al sur de El Cairo, destaca por localizarse en la misma evidencia de un culto prehistórico con sacrificios de ganado, en torno al siglo VI a.C. Detalle a tener en cuenta es que el astrofísico Thomas G. Brophy sugirió que los megalitos dispuestos en este lugar, a modo de crómlech, muestran seis piedras centrales orientadas a la constelación de Orión. De nuevo surge aquí el referente de la teoría de la correlación de Orión de las tres pirámides del valle de Gizá, propuesta por Robert Bauval y Graham Hancok.

Hemos hecho mención de la cultura sumeria, como probablemente la primera civilización conocida si nos atenemos a los cánones establecidos. Se dice que este pueblo llegó a Mesopotamia en la era del Calcolítico o Edad de Bronce, durante el período U. También se nos intenta convencer de que la rueda fue inventada por este pueblo en Ur, Erec o Warka, según la religión, en torno al 3500 a.C. Pero ya hemos visto que eso no es posible, pues se localizaron pinturas rupestres en el Tassili con ruedas, seis mil años antes de este hecho. Dado que los sumerios no eran semitas, ni camitas, ni indoeuropeos, las nuevas teorías oficiales sugieren que éste fue un pueblo itinerante que parecía provenir de algún otro lugar. De hecho, en la misma zona, durante la época del Neolítico, a partir del 8000 a.C., encontraron restos de la cultura de Jarmo (6000 a.C.), Hassuna-Samara (5500 a.C.), El Obeid (5000 a.C.) y otras, con una antigüedad mayor a la de los sumerios; si bien estos asentamientos sí que fueron semíticos. Por cierto que aunque se especifica que los sumerios se llamaban a sí mismos sag-giga, traducido casi siempre como “pueblo de las cabezas negras”, otra acepción en su traducción es “gigantes de algún lugar”.

En alguna ocasión he mencionado un interesante descubrimiento al que pocos parecen prestarle atención, la cultura Vinca que se extendió a lo largo del Danubio, allá por el sexto milenio antes de Cristo. Descubierta en 1908 por el arqueólogo serbio Miloe W.Vasic, se añade que esta gente provino del Neolítico. Lo más destacable son sus extrañas figuras de barro con rostros de ave para los arqueólogos (según ellos fantasías de drogas que debieron injerir) y para otros caras esculpidas de sus dioses presentes. Otra de esas poblaciones itinerantes vinculadas a la “tell culture”, culturas desconocidas de las que se desconoce su procedencia.

Todo ello conduce a un único lugar. ¿Por qué se nos insiste hasta la médula que las primeras civilizaciones provienen de Oriente? ¿Por qué, pese a todas las evidencias, se nos quiere hacer ver lo que a todas luces está claro? Las civilizaciones antiguas más conocidas tienen su origen en Occidente, hacia las columnas de Hércules, dado que más allá no había tierra conocida. ¿O sí?

En Nador, en una solitaria cueva, testigo invisible de algo que se oculta, siguen esperando a ser desenterrados los huesos de unos homínidos de hace 175.000 años, conscientes de que su descubrimiento y catalogación hacen muy difícil ubicarlos en la cronología oficial de la humanidad.

La cultura Ateriense

De la cultura ateriense se tiene poca constancia, apenas unos registros. Se sabe que surge a finales del Paleolítico, en la zona del Magreb y el Sáhara, lo más próximo a lo que se conoció en el pasado como las Columnas de Hércules.

Se le considera la primera cultura civilizada de África. Algunos afirman que los íberos nacieron de esta cultura. Su expansión territorial pasa por el Paralelo 18.

El problema viene dado por la cronología. Oficialmente esta cultura (pues no sólo hacen herramientas de caza, sino adornos de belleza, entre otros) se origina en el 38.000 a.C. No se tenían registros anteriores.

Para los arqueólogos franceses de la excavación de Ifri n’Ammar, los restos localizados son aterienses. No obstante, las pruebas de C-14 determinaron que esos huesos se remontan a 175.000 años atrás en el tiempo. No hay nada más antiguo en África, salvo que consideremos que en lugar de aterienses fueran achelenses. El problema es que estos últimos sólo se ubicaban en la región de Turkana, en Kenia. Y los objetos que encontraron en la cueva de Nador no tienen nada que ver con los llamados achelenses.

Entonces, si los humanos de Ifri n’Ammar no son aterienses o achelenses, ¿quiénes fueron?

Las malas mediciones de los gigantes

En algún lugar de la red de redes se ha llegado a leer que los gigantes de Nador eran de 2,25 metros. Alguno se atrevió a decir que eran los esqueletos de unos niños con esa talla. ¿Pero de dónde salen semejantes memeces? ¿Y cómo es que luego se dan por válidas, copiándose de sitio web en sitio web hasta la saciedad?

Quizás porque algunos de los cadáveres encontrados en Ifri n’Ammar miden 22,5 centímetros. Es decir, alguien debió confundir las mediciones, dándoles por válidas. Y como la información que circula por Internet no se contrasta de ninguna de las maneras, lo que uno escribe como cierto se toma como dogma de fe después de circular en forma de rumor. Para nuestra desgracia, así funciona Internet, y así es cómo deben verse muchas de las noticias que pululan por el ciberespacio.

Por cierto, que un esqueleto aún no formado de 22 ó 23 centímetros implica que esa es la talla que se obtiene durante las semanas 18 a 20 de un embarazo humano. Por tanto, estaríamos observando los indicios de algún aborto natural o no en la prehistoria.

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