A estas alturas del siglo XXI no hace falta ser demasiado listo para saber que quien está enterrado en Santiago de Compostela no es el propio apóstol, sino que con toda probabilidad sería Prisciliano. El propio Miguel de Unamuno –que, por cierto, fue excomulgado- afirmaba: “No creo que ningún católico medianamente culto pueda pensar que las reliquias de Compostela son de Santiago”. Y añadía como colofón que los restos son de Prisciliano.

La historia que siempre nos han vendido es que en el año 812 un santo ermita llamado Pelagio, que habitaba en el castro de Amacea, un antiguo santuario celta donde se levantó la iglesia de San Fiz de Solovio, percibió repetidas veces unas extrañas luces que asomaban sobre un montículo. Este lo comunicó a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, diócesis de la ermita mentada; y, al comprobar el fenómeno, mandó excavar el Campus estellae (donde llovían estrellas). O lo que es lo mismo, la derivación del futuro sustantivo “compostelano”.

Apareció un cementerio con un desmantelado mausoleo de mármol que, por alguna extraña razón, se aprestaron a asociarlo a Santiago, el apóstol.

Teodomiro se lo comunicó al rey Alfonso II el Casto, y éste al Papa León III y al emperador Carlomagno. Estos mandaron edificar tres iglesias, una en honor a San Juan el Bautista, otra de Santiago, y otra de Salvador, el patrón de los asturianos. Es aquí donde Alfonso II custodió el Arca Santa traída de Jerusalén por Santo Toribio de Astorga o de Liébana. Que, por cierto, de ser verdadera la historia de Santiago, el propio Alfonso II que guardaba tan celosamente su arca no hubiera dudado un momento en trasladar los restos del apóstol a Oviedo.

A partir de ese momento Santiago se empieza a aparecer por doquier, incluso lo hizo delante de Carlomagno, siempre subido a lomos de su corcel blanco, y gritando: “Santiago y cierra España”, por sus combates contra los moros. De ahí su apelativo.

Historia que, con un poco de sentido común, no hay por dónde cogerla.

Es más, Santiago estaba duplicado por toda la cristiandad. Su doble más molesto era el cuerpo custodiado en Toulouse. Hacia 1460, el arzobispo Bernard du Rosier, buscando documentos sobre su catedral de Toulouse, encuentra uno probatorio de que ésta había sido fundada por Carlomagno, que había transportado el cuerpo de Santiago en ella. Más de un peregrino mostró su extrañeza por la doble presencia apostólica a un extremo y otro de la ruta.

Curiosamente a los peregrinos que en la Baja Edad Media llegaban a Compostela no se les permitía visitar el cuerpo del apóstol. Algunos visitantes manifestaban su desconfianza de que allí estuviera Santiago, en especial Andrew Boorde, futuro obispo anglicano que llegó a Santiago en 1530. También Arnold von Harff, el viajero del siglo XV, intentó ver la reliquia ofreciendo propinas y “me contestaron que a aquél que no está convencido de que el santo cuerpo del apóstol Santiago se encuentra en el altar mayor y que desconfía de ello […] si después se le enseña el cuerpo al instante se vuelve loco”.

De Prisciliano sí que hay testimonios. El abogado del siglo IV, Sulpicio Severo habla de él, de su aspecto, de su martirio en Tréveris, e informa de que sus acólitos llevaron su cuerpo “a un lugar de Hispania”.

Prisciliano de Ávila (Gallaecia, aprox. 340 – Civitas Treverorum, actual Tréveris, 385), obispo hispano, junto a otros compañeros, fue el primer sentenciado a muerte acusado de herejía, ejecutado por el gobierno secular, en nombre de la Iglesia Católica.

Según se lee en el Cronicón de San Próspero de Aquitania: “En el año del Señor 385, en Tréveris, fue decapitado Prisciliano, juntamente con Eucrocia, mujer del poeta Elpidio, con Latroniano y otros cómplices de su herejía”. Después del juicio de Tréveris, Máximo envía dos comisarios a Hispania para depurar las sedes episcopales de todo rastro de priscilianismo, iniciándose una cadena de ajusticiamientos y deportaciones que acabaron por despertar las iras de sectores de la Iglesia oficial.

En el año 388, Máximo es derrotado y decapitado por Teodosio; la situación da un vuelco. En el mismo año del 388 se recogieron los restos de Prisciliano de la iglesia de Tréveris para ser introducidos en un sarcófago de piedra que fue trasladado en una embarcación hasta las costas gallegas. Una vez allí, se llevó tierra adentro a través de una desembocadura del río Ulla y luego fue transportado hasta Iría Flavia (hoy Padrón). Por fin, los restos del hereje se depositaron en la necrópolis céltico-romana de Amaea, dentro de los límites de la diócesis de Iria. El mismo lugar donde se encontraron los supuestos restos de Santiago, el apóstol.

Es fácil comprender que Santiago representaba el símbolo que uniría a la cristiandad contra los musulmanes, ¿pero para qué se inventaron un supuesto camino de Santiago? ¿Con qué finalidad?

Situémonos en el contexto de la época. Europa se desmoronaba después del desplome de la civilización romana, los pueblos bárbaros del Norte conquistaban los nuevos territorios desmilitarizados, y he aquí que en ese mundo salvaje y de terror, a través de Tarifa, la ruta occidental, aparecerán los musulmanes.

La barrera infranqueable de los Pirineos dejó de ser una frontera y la dominación árabe llegó hasta Francia. España llegó a convertirse en un estado mozárabe, donde los musulmanes respetaron los cultos judíos y cristianos.

Es en este escenario donde surgen los Jars, los constructores canteros de origen indoeuropeo, que según ellos mismos traían conocimientos de la antigua sabiduría del Templo de Salomón. Y serán estos los que propongan a Carlomagno una leyenda, la de Santiago, que servirá como frontera contra los musulmanes, estableciendo una marca que bajo la leyenda de un apóstol convertirá a cualquier peregrino cristiano en un ferviente guerrero dispuesto a dar su vida para que ese parapeto nunca sea superado por los infieles.

La idea gustó tanto a Carlomagno que se pusieron manos a la obra. Como nadie conocía la tumba del apóstol Santiago, se tomó a éste como pretexto y se tomó el sepulcro de Prisciliano como el pretendidamente original de Santiago. Los Jars construyeron cientos de iglesias en el camino. Y siglos más tarde, los caballeros templarios, asociados fraternalmente con los occitanos Jars, a través de las reglas de las Compañías del Santo Deber (a las que también se debe la masonería), hacen suyo el camino, introduciendo nuevos elementos herméticos. Maestros canteros Jars o templarios después visitaban constantemente esta ruta, presentándose ante los lugares de estas sociedades iniciáticas mediante contraseñas, como la del trigo, que les permitía instalarse definitivamente.

Los musulmanes estupefactos por la incomprensible cohesión y vehemencia de los cristianos, no pudieron reaccionar. Los cristianos atravesaron los Pirineos y establecieron su barricada, a modo de frontera, lo que permitió el florecimiento de feudos como el de Aragón, al norte, y por encima del camino de Santiago.

El nombre de Aragón está documentado por primera vez durante la Alta Edad Media en el año 828, cuando un pequeño condado de origen franco, surgiría entre los ríos que llevan su nombre, el río Aragón, y su hermano el río Aragón Subordán.

Aquel Condado de Aragón se vería unido al Reino de Pamplona hasta 1035, y bajo su ala crecería hasta formar dote de García Sánchez III a la muerte del rey Sancho “El Mayor” de Pamplona, en un período caracterizado por la hegemonía musulmana en casi toda la Península Ibérica, a excepción de este condado que se remontaba por encima de la marca del camino de Santiago.

Luego vendría la reconquista, la ampliación de las fronteras por Ramiro I. Pero eso ya será otra historia. Lo importante fue que el mal llamado Camino de Santiago cumplió su función como barrera contra los infieles.

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