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LA ATLANTIDA Y EL ZODIACO DE DENDERA

zodiaco denderaEn mi último viaje a París, en busca de más información sobre Egipto, me tropecé con un singular zodiaco en las galerías del Louvre. Había oído hablar de él; así que decidí que, a mi vuelta a España, recopilaría un poco de información al respecto y la publicaría en el blog. Lo que viene a continuación es un breve resumen; retazos cortados de aquí y allá, que servirá como explicación.

Uno de los atractivos de Egipto es el desconocimiento que se tiene sobre él, aún después de más de cien años de intenso estudio. Y ello por referirnos a las investigaciones occidentales; no olvidemos que hace más de dos mil años el país del Nilo era asignatura obligada para los sabios de la Grecia clásica. Un ejemplo claro se encuentra en Déndera, un templo de neto corte ptolomaico.

Estamos ante uno de los templos más bellos de todo Egipto. En él abundan de modo abigarrado inscripciones y jeroglíficos, junto a enormes relieves y pinturas que no incluyen una sola palabra de texto. Esto es lo que ocurre con sus dos “zodíacos”, porque en Déndera no hubo uno, sino dos. El conocido y circular, que fue robado por Napoleón y llevado a Francia cortado en pedazos. Se contempla en el Museo del Louvre.

Este es un dibujo esquemático del mismo, en el que pueden apreciarse sus elementos con excepción del trozo en el que figura la diosa Hathor.

El otro zodíaco, rectangular y menos conocido, está bellamente pintado con armoniosos colores, que aún se conservan, y ocupa una larga franja a todo lo largo del techo de la sala hipóstila.

En los zodíacos no hay nada de texto en ellos, tampoco en los originales. Nada, ni una sola frase.

Existen diversas interpretaciones sobre su contenido. En el Museo del Louvre te ofrecen una según la cual, el circular, era un calendario astronómico donde pueden leerse incluso predicciones de eclipses. Otros afirman que sólo es un grabado que contiene la clásica división zodiacal griega del universo.

Albert Slosman nace en 1925 y muere en 1981. Fue profesor de matemáticas, era experto en análisis informático, y participó en los programas de la NASA para el lanzamiento de los Pioneer sobre Júpiter y Saturno.

Slosman se sumergió en la exploración documental referida al hundimiento de un continente situado en el Atlántico, a la supervivencia de muchos de sus habitantes, al éxodo de éstos a través del Norte de África y a su posterior asentamiento en Egipto. Veamos cómo procedió en las pesquisas que lo llevarían a articular la teoría que para él era certeza.

Comencemos con el significado del nombre jeroglífico del continente que hoy conocemos como la Atlántida a través de los textos de Platón.

En lenguaje jeroglífico, esta tierra desaparecida era conocida como Ahâ-Men-Ptah, o “Primogénito-Durmiente-de-Dios”, denominación que experimentó posteriormente una contracción en el conjunto de textos que conforman el denominado -impropiamente, según Slosman- Libro de los Muertos: El Amenta. El nombre, sin embargo, continuaba evocando el significado original de “País de los Muertos”, “País de los Bienaventurados”, y “País del Más Allá”.

Por su parte, los sucesivos monarcas de este continente fueron, tradicionalmente, los Ptah-Ahâ, cuyo significado, en la lengua jeroglífica, es el de “Primogénito-de-Dios” puesto que, en efecto, todos los reyes descendían por línea directa del primer Hijo de Dios, es decir, el Primogénito.

Siempre siguiendo la traducción e interpretación de Slosman, tendríamos que Ahâ se pronuncia Ahan y que Ptah también se escribe Phtah, de su fonetización en lengua griega, en la que la letra pi se convierte en phi (fi), por lo que Phtah-Ahan fue fonetizado “Faraón”, que de Primogénito-de-Dios pasó a ser “Hijo-de-Dios”.

Y de la misma manera se explicaría el que Ath-Kâ-Ptah (Segundo-Corazón-de-Dios) se convirtiera, en la fonetización griega, en Aegyptus, Egipto para nosotros.

En busca de pruebas con las que documentar su búsqueda -su convicción, más bien- acerca del Origen, con mayúscula, de todos y de todo, Slosman llega a Déndera, en Egipto. El de Déndera es un templo cuya actual reconstrucción es la sexta, realizada por Ptolomeo II Evergetes, pero siguiendo escrupulosamente los planos originales del primer templo construido en el mismo enclave. Y es a este preciso emplazamiento a donde los bisnietos de los supervivientes del éxodo del Gran Cataclismo llegaron en primer lugar. Allí, en sus muros, Slosman pudo leer:

En el principio, estas palabras enseñaron los Ancestros, aquellos Bienaventurados de la Tierra primera: Ahâ-Men-Ptah. Los que convivían con las Creaciones del Corazón-Amado: el Corazón-Primogénito.

Estas fueron las primeras palabras: Yo soy el Muy-Alto, el Primero, el Creador del Cielo y de la Tierra, yo soy el diseñador de las envolturas carnales y el proveedor de las Parcelas divinas. Yo he colocado el sol sobre un nuevo horizonte como gesto de benevolencia y testimonio de Alianza. He hecho elevarse al Astro del Día sobre el horizonte de mi Corazón, pero para que así sea he instituido la Ley de la Creación que actúa sobre la Parcelas de mi corazón para animarlas en los [corazones] de mis Criaturas. Y así fue.

La actuación de esta Ley sobre las criaturas tiene lugar -así cuenta Slosman que se desprende de los textos jeroglíficos grabados en los muros del templo de Déndera- a través de los “Doce”, que son los Doce Soles de las doce constelaciones ecuatoriales celestes, cuya mecánica y funcionamiento recibe, en lenguaje jeroglífico, el sugerente nombre de “Combinaciones-Matemáticas-Divinas”. Según los mencionados textos, estos Doce Soplos, o Hálitos que conforman el ecuador celeste, llevan el nombre de “Cinturón” y de él emergen Cuatro Primogénitos, Cuatro Soplos llegados desde los cuatro puntos cardinales: los Maestros, cuya personificación son los Cuatro Hijos de Horus, que aparecen citados a menudo en numerosos versículos con sus propios nombres y que son, además, quienes imprimen el esquema vital fundamental del alma de las criaturas.

Este principio, tan resumidamente expuesto, es el que los sucesivos pontífices transmitieron durante milenios, como secreto sagrado, únicamente a los sumos sacerdotes en la “Casa-de-Vida”, contigua al “Templo-de-la-Dama-del-Cielo”, en Déndera.

Esta antigua “Escuela”, cuyo origen se remonta a la mismísima llegada de los primeros supervivientes, está autentificada no sólo por los textos, sino también por las sepulturas sacadas a la luz bajo la colina de los Pontífices, a menos de tres kilómetros del templo. Allí reposan los “Sabios entre los Sabios”, los Bienaventurados que poseyeron el Conocimiento de la voluntad divina. Uno de ellos impartía enseñanza bajo un “Maestro” de la II dinastía, en el cuarto milenio antes de nuestra era; otro bajo Khufu (Keops), cuyo escriba real señala que el templo fue reconstruido por su señor (fue ésta la tercera reconstrucción) siguiendo los planos encontrados en los cimientos originales, escritos sobre rollos de cuero de gacela por los “Seguidores de Horus”, es decir, por los propios Primogénitos, mucho antes de que el primer rey de la I dinastía ocupase el trono.

Fueron, por tanto, estos descendientes directos quienes transmitieron la Ley divina, cuyas “Combinaciones-Matemáticas” permitirían a los hombres regirse por si mismos según cánones de Justicia y de Bondad.

Los ancestros escribieron asimismo:

Yo soy Yo, nacido de si mismo para convertirse en el Creador de Imágenes a su semejanza, tras la salida del Caos. Ellas [las imágenes] son los recipientes de las Parcelas divinas, que las convertirán para siempre, a su vez, en los Bienaventurados del Sol naciente, mientras observen una estricta obediencia a mi Ley. Pues yo soy el Pasado de Ayer que prepara el Porvenir del Sol gracias a los Doce.

Los pontífices de Ahâ-Men-Ptah habían delimitado perfectamente el problema, ciñéndose con exactitud a los poderes directos que atribuyeron a las diversas soluciones combinatorias, remontándose a muy atrás en el tiempo para apoyar sólidamente sus observaciones. De ahí la acumulación de precisiones acerca de los poderes de los “Doce”.

Para hacernos cargo cabalmente de todo ésto tendríamos que partir, dice Slosman, no sólo de diez milenios atrás, sino de hace veinticinco mil años, época en la que Ahâ-Men-Ptah existía como un continente de clima templado, vegetación exuberante, numerosas especies de una fauna hoy ya extinguida en su mayor parte, y en el que la especie humana habitaba pacíficamente en auténticas ciudades edificadas.

Ahâ-Men-Ptah debió sufrir una primera devastación volcánica que provocó un importante hundimiento de tierra que formaría el Mar del Norte, esculpiendo innumerables brechas en la actual Islandia. Un período de fuertes heladas se instaló en esta parte del mundo, acumulando hielo en un casquete polar uniforme. La propia Siberia, que era entonces una región bastante templada, vio cómo desaparecía su lozana vegetación y eran aniquilados los mastodontes que no pudieron escapar a tiempo de las heladas.

Tras esta “advertencia”, y a partir de este dato, comienza realmente la historia de Ahâ-Men-Ptah, y la cronología va a utilizar este trastorno, que la memoria humana ha “legitimado”, para remarcar los anales de un principio característico.

En efecto, los eruditos de estos primeros tiempos comprendían cada vez mejor los movimientos y las combinaciones celestes, así como los fenómenos beneficiosos o perjudiciales resultantes de ellos. A partir de este momento se instituye un método gráfico figurativo a partir de la observación atenta y de la anotación meticulosa de la marcha de los planetas, del sol y de la luna, sus figuraciones y sus configuraciones, así como las formas más geométricas de las doce constelaciones de la elíptica ecuatorial celeste, y aún las más lejanas de Orión y Sirio, de singulares características. De aquí derivaron las repercusiones de las Combinaciones sobre la Tierra, tanto en relación al comportamiento humano, como a la evolución de la Naturaleza.

Después de este minicataclismo, la vida de Ahâ-Men-Ptah se reagrupó más al sur y transcurrió apaciblemente durante cincuenta siglos, hasta el momento en que nació el primer Ahâ, el Primogénito Usir, u Osiris, engendrado por la Divinidad en Nut, inminente esposa de Geb (que fue debidamente prevenido del hecho) quien, por su parte, sería el penúltimo rey de aquella tierra.

Geb desposó, pues, a Nut y tras el nacimiento de Usir, la pareja tuvo tres hijos más: Usit, cuyo nombre en la rebelión posterior pasó a ser Sit (Seth en griego) y dos gemelas llamadas Nek-Bet e Iset, tambien conocidas como Nephtys e Isis, de las cuales la última se convirtió en la esposa de Usir.

A esta pareja, Usir e Iset, los augures anunciaron que el Hijo que les nacería sería el generador de la nueva nación que surgiría de los supervivientes del Gran Cataclismo. Nació, en efecto, un varón al que se le impuso el nombre de Hor, u Horus.

Y fue poco antes de que Hor sucediese a su padre, cuando Usit atacó la capital de Ahâ-Men-Ptah con tropas rebeldes reclutadas al efecto, iniciando así el proceso de hundimiento del continente, pues al asesinar a Usir a lanzazos, la cólera de Dios se desencadenó sobre las criaturas y sobre Su creación.

Podemos imaginar, tal vez, siniestros crujidos alzándose desde las profundidades de la tierra y volcanes tranquilos desde hacía milenios activándose de repente y expulsando toneladas de lava desde sus cráteres recién abiertos; una lluvia de piedras solidificadas y de residuos de todo tipo abatiéndose sobre una multitud enloquecida que corría hacia el puerto donde las barcas “mandjit”, reputadas de insumergibles aguardaban, estrechamente vigiladas, a fin de que la evacuación pudiera llevarse a cabo de la manera más organizada posible, si bien la falta de visibilidad y el caos reinante lo hicieron impracticable y la mayoría pereció. Era el fin de todos y de todo. La capital y el continente entero se hundieron rápidamente en el agua.

Esto ocurría, según Slosman, el 27 de julio de 9792 antes de nuestra era, fecha que consideraba inequívoca gracias a la lectura e interpretación de los acontecimientos narrados en el planisferio celeste grabado en el techo de una de las salas del templo de Denderah, más conocido con el nombre
de “zodíaco”.

¿Pero qué dice el zodíaco o planisferio de Déndera, según una concepción más aproximada a la astronomía?

Estudiémoslo con detenimiento.

El planisferio de Déndera, aparece sostenido por doce divinidades, ocho arrodilladas y cuatro de pie. Las divinidades que están de pie son las cuatro diosas de los puntos cardinales. Las arrodilladas, de cabeza de halcón, yo las identificaría con los Hehu que aparecen en el Libro de la Vaca Sagrada y su cometido es originariamente, junto con las diosas de los puntos cardinales, dar estabilidad a Nut, diosa cuyo cuerpo alberga el cielo.

El planisferio propiamente dicho, lo encontramos rodeado por los 36 decanos. Los decanos se utilizaban originalmente en los relojes estelares egipcios para fijar las horas nocturnas. Aquí sin embargo, su función cambia y los encontramos como divisores de las constelaciones zodiacales: cada decano supone 10 grados y hay tres por constelación. En el planisferio de Déndera, aparecen representadas todas las constelaciones zodiacales. Obviamente eso es algo que no podremos observar en el cielo nocturno, sin embargo hay un detalle interesante en su representación. La eclíptica (la línea a lo largo de la cual se distribuyen las constelaciones zodiacales) efectúa un movimiento ondulatorio. La altura de esta línea sobre el horizonte se llama declinación, la declinación máxima se alcanza en las regiones de Géminis y Tauro y la mínima, en las de Acuario y Capricornio. Los diseñadores del planisferio de Déndera tuvieron en cuenta esto colocando más cerca del centro, con una declinación más elevada, las constelaciones de Tauro y Géminis, siendo las más bajas las de Acuario y Capricornio. Esto nos da la pista de que los diseñadores de este planisferio, abandonan la idealización de los calendarios lineales para tratar de acercarse más a una visión real del cielo. Hay que hacer sin embargo una puntualización a esto. Si nos fijamos, la eclíptica de Déndera no es como la que encontramos en los modernos planisferios, sino que se quiebra en Cancer para seguir otra vez de forma regular a partir de Leo; se ha atribuido esta peculiaridad a problemas de espacio, una explicación que si bien es plausible, tambien es discutible.

El planisferio, además de las constelaciones zodiacales y las puramente egipcias, también cuenta con representaciones de los cinco planetas visibles a simple vista; identificables fácilmente en el planisferio gracias a que están identificados con su nombre en caracteres jeroglíficos. La ubicación de los planetas en el planisferio es un poco especial, su posición es la denominada «en exaltación» y consiste en situarlos en los signos a los que están asociados astrológicamente. La relación es la siguiente: Mercurio en Virgo, Venus en Piscis, Marte en Capricornio, Júpiter en Cáncer y Saturno en Libra. En lo que se refiere a los planetas interiores, es imposible encontrarlos en esas ubicaciones simultáneamente. Desde nuestro punto de vista, viajan demasiado juntos, siempre cerca del Sol y las constelaciones asociadas a ellos en Déndera están demasiado alejadas entre sí. Algunos investigadores han tratado de datar el planisferio utilizando las posiciones de los planetas exteriores, que podemos encontrar durante la noche en cualquier posición a lo largo de la eclíptica. Así, nos encontramos con que en el periodo comprendido entre mayo y junio del año 51 a. C. los planetas exteriores se encontraban ubicados tal y como nos muestra el planisferio de Déndera. Dadas las diferencias de los periodos de translación entre los tres planetas, esto no es algo que ocurra todos los días, pues su posición solo ha vuelto a repetirse tres veces desde entonces. Personalmente soy escéptico con respecto a los resultados de este método de datación. Trataré de afinar un poco más, pero hasta el momento los resultados que he conseguido utilizando un par de generadores de cartas no han sido nada esclarecedores.

Abandonamos ahora la seguridad de la línea del zodiaco para adentrarnos en las constelaciones puramente egipcias que la rodean. Justo debajo de Tauro aparece Orión; esta constelación era conocida por los egipcios como Sah y se identificaba con Osiris. Siguiendo a Osiris en su viaje por el cielo nos encontramos a Isis representada en forma de vaca con Sirio, la Sepedet egipcia entre los cuernos. Otras constelaciones que podemos identificar de forma razonable, son la pata de toro que sería nuestra Osa Mayor y el pequeño chacal con la azada, identificado como el dios Upuaut, «el abridor de caminos» que sería la Osa Menor representando la azada las estrellas principales de esta constelación. La hipopótama que vemos junto al chacal (Isis-Djamet) estaría formada por nuestra constelación del Dragón complementada por algunas de constelaciones vecinas. Con el resto de constelaciones la cosa se complica y su posición en el mapa nos sirve de ayuda pero no es concluyente. Personalmente, yo casi metería la mano en el fuego para identificar el pequeño pato que hay encima de Capricornio con la constelación de Aquila que es una de mis favoritas y siempre me ha sugerido más el vuelo de un ganso que el de un águila.

También existen en el planisferio unas curiosas figuras inscritas en círculos que se han identificado con eclipses; muy bien podría ser eso, pero los cálculos de distintos investigadores no se ponen de acuerdo con los programas generadores de cartas en cuanto a la fecha exacta en que se produjeron los «eclipses» representados en Déndera. Aquí empezamos a movernos en un terreno que me resulta de lo más escabroso y traicionero. Según unos investigadores, los eclipses se produjeron en una época razonablemente cercana al diseño del planisferio como para ser representados en él. Otros ven predicciones de efemérides (no necesariamente eclipses) que se producirían después de que el planisferio estuviera instalado en su lugar definitivo. Y no falta quien ve en esas figuras naves espaciales.

EL ENIGMA DE LA PIEDRA ROSETTA

31 de diciembre del año 1999. Me encuentro en la meseta de Gizah. Son las 22:30 horas y estoy esperando el comienzo del concierto de Jean Michel Jarre. Mi recuerdo de esta ópera electrónica llamado “Los doce sueños del sol” es inolvidable.  Serán doce horas de espectáculo para celebrar la llegada del año 2000 y la 7.000, aproximadamente, de la era faraónica.

Al día siguiente tengo que volver a Madrid por culpa de unas elevadas fiebres. No quisiera acabar en un hospital egipcio. Sólo me afirmaré en que, aunque de esta guisa, el viaje mereció la pena. Eso sí, antes de partir compro una réplica a escala de la Piedra Rosetta, y que formará parte de mi colección arqueológica.

La Piedra Rosetta es una piedra de color oscuro, que fue encontrada en 1799 cerca de Rashid (Egipto) durante la ocupación francesa y que daría la clave a los científicos para interpretar la escritura jeroglífica egipcia.

Lo curioso de esta piedra es que se encuentra dividida en tres franjas horizontales, con un mismo texto en diferentes idiomas. Así, en la parte superior el texto estaba escrito en jeroglífico, en la intermedia en egipcio demótico y en la inferior en griego copto. Esta piedra de granito negro contiene noventa y dos renglones, de los cuales los catorce primeros escritos son signos jeroglíficos, los siguientes 32 son caracteres demóticos, y los últimos 56 están en griego. Mide más de un metro de alto, con  72 centímetros de ancho y 27 de grosor; pesando 760 kilos.

Esta característica fue la que hizo posible al científico inglés Thomas Young (1773-1829) ir relacionando símbolos y signos de los textos grabados en la piedra y crear una correspondencia entre ellos, labor que culminaría mucho más tarde el famoso egiptólogo francés Jean-François Champollion (1790-1832).

Según se lee, la piedra fue encontrada en Rosetta, cerca de Rashid, por el mencionado oficial francés Bouchard Pierre, perteneciente al cuerpo de ingenieros que formaba parte de la Campaña de Napoleón Bonaparte contra los británicos en Egipto. Este oficial realizaba un trabajo de rutina y al observar un muro que estaban demoliendo, le llamó la atención una piedra negra con inscripciones en tres diferentes escrituras, avisando de inmediato a su jefe. La piedra se enviará a Alejandría.

Champolion, gracias a su hermano, consigue una copia de las inscripciones de la piedra Rosetta. Comprendiendo que el descifrado de esta lengua olvidada por siglos pasaba por el estudio de las lenguas más próximas, se va a París en 1808 para estudiar, entre otras, el copto y el etíope.

En 1808 descubre el principio de la agrupación de los signos. Empieza a trabajar entonces sobre las analogías halladas con uno de los dialectos coptos: la ausencia de vocales en la escritura egipcia. En 1810 expone la idea de que los signos pueden ser ideogramas (expresando una idea) o fonogramas (expresando un sonido). En 1812 establece una cronología de escrituras: la escritura hierática era una versión simplificada y posterior a la jeroglífica.

A partir de 1821 comienza a descifrar los jeroglíficos. Como conservador oficial de las colecciones egipcias del Museo del Louvre, logra convencer a Carlos X de Francia para que compre una colección de antigüedades a Bernardino Trovetti, el cónsul de Francia en Egipto. Es más, lo que quizás muchos no sepan es que también compró el obelisco de Luxor que se erige en la Plaza de la Concordia, en París, delante de la actual noria.

Desde 1828 a 1830 realiza diversos viajes a Egipto, financiados por Carlos X de Francia y el Gran Duque de Toscaza, Leopoldo II. Allí descubrirá la Estela de Canopus, vivirá en la tumba de Ramsés IV, y se llevará consigo dos bajorrelieves de la tumba de Sethy I.

Champolion muere el 4 de marzo de 1832, después de un ataque de apoplejía, y dejando sentadas las bases de la egiptología.

Respecto a la Piedra Rosetta, la que dio comienzo a todo, baste decir que iba a ser transportada a Francia por los miembros del Instituto de Egipto en el 1800. Los ejércitos ingleses, que habían desembarcado en la primavera de 1801, la confiscaron pese a las enardecidas protestas de Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, el naturalista francés, ante el general británico Hutchinson. La piedra de Rosetta se exhibe en el Museo Británico de Londres desde 1802. Y nunca ha salido de allí, con excepción del año 1972 para la conmemoración de los 150 años de los jeroglíficos, donde estuvo expuesta en el Louvre.

¿Pero qué dice en sí la tan apreciada piedra? Narra una sentencia de Ptolomeo V, describiendo varios impuestos que había revocado, ordenando además que la estela se erigiese y que el decreto fuese publicado en el lenguaje de los dioses (jeroglíficos) y en la escritura de la gente (demótica).

La traducción a nuestro idioma sería la siguiente:

Bajo el reinado del joven, que recibió la soberanía de su padre, señor de las insignias reales, cubierto de gloria, el instaurador del orden en Egipto, piadoso hacia los dioses, superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres, Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual que Hefaistos el Grande, un rey como el Sol, gran rey sobre el Alto y el Bajo País, descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado aprobación, a quien el Sol le ha dado la victoria, la imagen viva de Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo, viviendo por siempre, amado de Ptah. En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, y de los dioses Evergetes, y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athlófora de Berenice Evergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsínoe Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe Filopátor, en el (día) cuarto del mes Xandikos (o el 18 de Mejir de los egipcios).

SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (III)

Jabbaren, lo que en escritura Tifinagh se traduce como “gigantes”, el lugar donde aterrizaron estos. Son las 9,14 horas de la mañana y estamos a 1.672 metros por encima del nivel del mar. Jabbaren es el lugar al que nos dirigimos.

Después de desayunar el pan duro de todos los días, caminamos por un agreste paisaje lunar hacia esta zona. No tardamos más de una hora en llegar desde el campamento base.

Lo único que se le puede achacar a este ignoto lugar es que para ver las pinturas rupestres en su conjunto hay que desplazarse kilómetro a kilómetro, pues todas ellas se encuentran muy separadas entre sí.

Lo que vemos no tiene explicación posible. A simple vista (no digo que sea así, pues los bosquejos están muy dañados) se aprecian hombres con escafandra, personas con extraños cascos de los que parten tubos y trajes ceñidos decorados con escamas, lo que podrían ser medusas o naves de las que se alzan chorros propulsores, personajes pintorescos con cuernos y cascos en aptitud de perseguirse, ideogramas egipcios, carros egipcios, sacerdotes con tocados egipcios y falda corta…

Uno se queda extrañado ante una escena conocida como “El Rapto”, donde un grupo de mujeres, cogidas por las manos, son arrastradas por un extraño tipo con casco hacia lo que podría ser una casa o una nave con destellos. Ojo, como siempre, sólo me limito a plasmar lo que se ve; cada cual es libre de pensar lo que quiera.

En otra pared se muestra en su grandeza lo que se conoce como “El gran Dios Marciano”, como así lo llamó Lhote. Una figura de seis metros de altura, portando un casco con un único ojo, una vestimenta con costuras y pliegues, y a la que sólo se le distinguen cuatro dedos en cada mano.

Carlos, ponte aquí – Manuel insiste en utilizar su cámara-. Quiero que me respondas a una serie de preguntas que te haré sobre tus impresiones.

Mi aspecto es bastante lamentable como para estar delante de una filmadora. Estoy sucio, llevo el cabello engrasado, llevo una barba de varios días… Aunque llega un momento en que todo te da igual.

Así transcurre toda la mañana, contemplando estas maravillas. Es como estar en un museo el aire libre.

El desierto nos comienza a pasar factura, por lo que estoy viendo. Georgi tiene el rostro al rojo vivo, mientras que Manuel está de un colorado chillón en todas sus partes visibles. A mí me está afectando en los intestinos.

Lo curioso es que después de tantos días el cuerpo queda tan reseco que apenas olemos, pese a que no podamos asearnos de ninguna forma. Se supone que nos corresponden dos litros de agua diarios, pero durante la ascensión al Tassili, uno de los burros soltó su carga y la mitad del agua se desparramó entre las rocas.

Mi cámara se está quedando sin pilas. Debe quedar lo justo para la expedición de mañana.

Llegado el mediodía, los tuaregs quieren que regresemos al campamento. Mohamed pretende que la suelte algunas frases en español, las suficientes como para enamorar a una chica. Me río de la ocurrencia; así que le explico la historia de Casanova.

Es una magnífica oportunidad para hablar con él y de la historia de su pueblo. El término Tuareg o Targi en singular, se aplica a numerosos grupos que comparten un idioma y una historia comunes.

Étnicamente, hay Tuaregs de ascendencia bereber y de diversos grupos del África negra. Probablemente se fueron desplazando hacia el sur debido a presiones varias, y protegidos por sus montañas y por el desierto, conservaron su lengua (tamasheq) y su civilización. Debido a la asimilación de elementos étnicos muy variados, los tuareg tan solo se distinguieron por sus costumbres: uso del velo (negro o azul), nomadismo, pillaje, matriarcado, libertad de costumbres.

Sus tribus formaban confederaciones. Las caravanas de camellos Tuareg jugaron un papel importante en el comercio trans-sahariano hasta mediados del siglo XX, cuando los trenes y camiones cogieron el relevo. Las colonizaciones y el establecimiento de fronteras entre los estados supuso el fin de las confederaciones Tuareg y las rupturas familiares en Argelia, Libia, Malí, Níger i Burkina Faso.

En 1963, se produjeron las primeras revueltas Tuareg. Las sequías de 1973-1974, y las de 1984-85 acabaron con casi la totalidad de sus rebaños y de su economía nómada, y forzó a muchos Tuareg a tener una vida más sedentaria en los suburbios de las ciudades que bordean el Sahara, o a emigrar hacia otros países como Argelia, Libia y Nigeria. El idioma Tuareg (Tamasheq) en sus muy variados dialectos, forma parte de la herencia común Bereber.

Son los únicos que siguen conservando la escritura Bereber, llamada Tifinagh. El uso del Tifinagh se fue perdiendo en casi todos los territorios berberófonos, siendo mantenido tan solo por los Tuareg para transcribir su idioma, el tamasheq.

Entre los tuareg de Argelia, Malí o Níger, el tifinagh tiene variaciones, correspondientes a los diferentes dialectos de Tamasheq. Pueden cambiar la forma y número de signos, pero son inteligibles entre sí.

A finales del siglo XX, con el fin de normalizar la lengua se propuso un alfabeto, el tifinagh estándar, recuperando la escritura milenaria, -ya hasta entonces se transcribían mayoritariamente utilizando o bien caracteres árabes, o bien latinos- que ayudaría también a escribir todas las variantes de lenguas bereberes.

El signo de la ZAY en el alfabeto Tifinagh (que corresponde a una «zeta sonora»), se ha convertido en el símbolo de la «Gente Libre», los Bereberes.

Cuando acabo de tomar notas, después de mi conversación con Mohamed, llegamos al campamento. Se me ha hecho corto este recorrido.

Toca comer más ensalada, pisto y coliflor. Yo lo único que quiero es descansar un rato.

Lo que daría por ducharme y afeitarme, pienso, mientras me tumbo en mi tienda de campaña. Cuando regrese a Djanet esos retretes militares, y el agua fría de las duchas, me van a saber a gloria.

¿Cómo demonios se cuela tanta arena en la tienda? Es algo que no acabo de comprender. Hay arena por todas partes, entre el caos de objetos y ropa. Tengo que tener la tienda cerrada con las dos cremalleras, si no quiere verme con la desagradable sorpresa de encontrarme una víbora cornuda en el saco de dormir. A estos bichos les encantan los lugares calientes.

Me despierto de la siesta con el retumbar de los tambores. Los tuareg asoman en lo alto de una colina. Me dirijo hacia allí para comprobar que ya están todos mis compañeros de viaje. Manuel está grabando esta orgía de tambores.

La puesta de sol es única. Nos quedamos embobados viendo cómo cae el sol, entre los magníficos colores cálidos del atardecer. Esta es la última noche en el Tassili.

Camino por una superficie plana, una meseta de grandes dimensiones, con una piedra oscura que evoca Marte o la Luna. Mi mente se pierde en las evocaciones de lo que pudo suceder en el Tassili hace miles de años, y cuyas conclusiones abordaré al final de esta crónica.

Regreso al campamento antes de que anochezca por completo. Durante la cena, nuestro cocinero, nos habla en francés de sus orígenes tuareg. No conoce ni siquiera Argel, no le interesa lo más mínimo. Asegura haber tenido mucha suerte por estudiar hasta los 10 años de edad, cosa que sus hermanos no pudieron hacer.

Afirma no estar interesado en casarse. A mí, simplemente, me parece que es homosexual por sus ademanes. Como es de suponer jamás declarará esta condición entre los suyos, gentes que se vanaglorian del número de esposas e hijos a su cargo, como si ello fuera indispensable en la vida de cualquier hijo de Dios.

Después del cocinero, toma el relevo en la palabra Manuel, que nos cuenta una nueva historia sobre la Gran Pirámide y lo que representa en nuestras vidas.

Cómo echo de menos ahora a esas almas que marcaron mi vida para siempre. No hay contaminación lumínica en el cielo estrellado, y es una delicia contemplar la luna llena, tumbado al raso.
Nos retiramos. Es hora de dormir. Mañana nos espera un día duro.

Me levanto muy adormilado; tanto, que no percibo que estoy en una cueva. Al salir de la tienda, e incorporarme, me golpeó la cabeza con una roca, con tal fuerza, que caigo redondo al suelo. Me toco la cabeza y palpo una enorme brecha de la que sale sangre a borbotones. Lo que me faltaba.

Corro en busca de ayuda y Belén realiza unas primeras curas con agua limpia y agua oxigenada. Me siento mareado; probablemente necesitaría algún punto de sutura, pero no quiero quejarme ante los demás. No sería justo.

La expedición del día de hoy nos traslada de nuevo hasta Jabbaren, en una zona nunca visitada por turistas. El shemag para cubrirse del sol, el pañuelo del ejército inglés a modo de turbante, me está viniendo de perlas para tapar la herida del sol y las moscas.

Llegamos a esta zona inhóspita, donde comienzan a distinguirse las primeras figuras de los llamados “cabezas redondas”, los dioses de la antigüedad que bajaron del cielo. Estamos acompañados de Mohamed y Lait.

Más espasmos. Figuras de “cabezas redondas”, citados así por sus insólitos cascos, se encuentran esparcidas por doquier. Me parece distinguir lo que yo denominaría un centauro. ¿Qué hacen estos extraños seres aquí? Un fresco muestra a unos cazadores, con sus arcos, mientras unas medialunas en el cielo, les persiguen. Lo anecdótico, es que de las medialunas asoman los rostros de los “cabezas redondas”.

El viento comienza a soplar con fuerza. Pregunto a Mohamed por el nombre del viento: Ado.

Sobre unas rocas se vuelven a advertir las extrañas figuras de los seres de cuatro dedos en sus manos. ¿Por qué los pintaron así los hombres prehistóricos?

Me da pena contemplar el deterioro de algunas de estas pinturas, a causa de los calcos de Henry Lhote, quien usó agua y esponja para poder así utilizar papel con el que dibujar lo que veía. Los calcos se exponen, en ocasiones, en el Museo del Hombre, en París, donde pronto me dirigiré. Pero esa ya es otra historia.

Entre lo insólito, un animal parecido a un escorpión, pero sin aguijón. Allá distingo, en otra pared, un rostro con ojos alargados similares a cuencas. Más demonios o djinn, como los denominaba Mahoma, refiriéndose a los duendes o diablos. Estos se observan en todas las rocas, junto a “cabezas redondas” de ropas ceñidas.

Es hora de comer. Nuestra última comida en el Tassili a base de arroz y queso.

Partimos en dirección hacia Djanet a las 14 horas. El descenso es más pesado de lo que uno pueda suponer. Los tobillos se tuercen continuamente entre las piedras. Son tres horas de caída, donde las chicas parecen llevarse la peor parte.

Solan solan -. Nos recuerda nuestro guía, Lait, cuyo significado, en español, sería “poco a poco”.

Alcanzamos la base de la montaña exhaustos, y sin una sola gota de agua en nuestras cantimploras. Aquí nos están esperando los todoterrenos, el único lugar que pueden alcanzar estos vehículos.

Ya era hora de regresar al hotel de Djanet, el oasis y capital del territorio tuareg. Tal y como alcanzamos éste me lanzo raudo hacia las duchas. Todos me imitan y corren veloces a por el agua. Me da igual el frío, me importa un pimiento que el agua que corre del grifo de las duchas tenga un sospechoso color marrón.

Manuel nos trae unas cervezas sin alcohol, compradas en alguno de los tugurios de este pueblo. Su sabor es refrescante. El mundo árabe tiene prohibido el alcohol, de ahí que no haya más posibilidad que esta bebida.
Me siento como nuevo, después de afeitarme.

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Como un niño con traje nuevo salgo a la calle para descubrir que nos esperan unos guerreros tuareg que quieren agasajarnos con una danza tribal. El espectáculo te hace tragar tierra, pero me permite examinar luego, de cerca, una de sus antiguas espadas.

Es hora de irse a dormir. Ya no veo el momento de hacerlo. Serán unas horas nada más, pues a la una y media de la madrugada nos toca estar de nuevo en marcha. Nuestro avión parte a las 4,15 con destino hacia Argel.

Continuará…

ACLARACIONES A LA POLEMICA SOBRE EL MANTO DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

A raíz del artículo sobre la virgen de Guadalupe no son pocas las personas que se han puesto en contacto conmigo, poniendo el grito en el cielo. En todos los casos se trataba de católicos exaltados, oriundos de México.

Pese a lo polémico de mis palabras y soy consciente de ello, todavía me sorprende ver como la religión que trajeron los conquistadores españoles, a sangre y espada, ha cobrado tal fuerza en el Nuevo Mundo. Es una lástima que muchos de estos pueblos perdieran a sus dioses, mucho más reales que toda la nueva horda de vírgenes con misterios y supuestos milagros.

Entre todos los mensajes recibidos voy a ir aclarando algunas dudas, con las que todavía pretenden aferrarse con uñas y dientes, los fanáticos de la Virgen de Guadalupe. Las preguntas son reales y textuales.

¿Por qué no mencionas nada de los continuos atentados que han intentado, en vano, destruir a la virgen?

El 14 de Noviembre de 1921 había tenido lugar una ceremonia en la Basílica de Guadalupe, con motivo de la toma de posesión de una prebenda en el coro por el presbítero Antonio Castañeda. Terminado el acto, el sacristán pasó unos momentos al presbiterio, llamado por los canónigos del santuario.

En ese momento, de un grupo de obreros que estaban en el templo, se adelantó un individuo pelirrojo, vestido con un overol azul nuevo, a colocar rápidamente un ramo de flores ante la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe. Bajó y un momento después se produjo una tremenda explosión, que sacudió los muros de la Basílica: había estallado una bomba a los pies mismos de la imagen milagrosa.

Pues bien, la bomba estalló y dobló un crucifijo. Era una bomba de escasa potencia. Y hay algo que no se comenta. Los obreros se echaron encima del individuo antes de que arrojara la bomba; con lo cual ésta estalló a bastantes metros de donde se encontraba la virgen, que a su vez estaba protegida por un cristal. Es lógico que no sufriera daños, salvo los ocasionados por las ondas expansivas, que desplazaron el cuadro.

Posteriormente, para darle más veracidad milagrosa al asunto, se inventó que los obreros eran en realidad soldados disfrazados. Cosa incierta.

La devoción católica es tal que por mucho que desmontara la inexistencia de otros atentados, siempre habría quien buscase milagros donde no existen los prodigios.

¿Por qué no mencionas los estudios que la NASA ha hecho del ayate?

Muy sencillo, porque tales estudios nunca existieron. La NASA se encarga de astrofísica, no de comprobar la veracidad de los milagros.

El bulo de la NASA ni se sabe de dónde salió. Pero cuando se le preguntó a Shulenburg, el que fuera abad durante 33 años, éste afirmó categóricamente que “el ayate jamás estuvo a disposición de la NASA”. ¿Quién sabrá mejor lo que ocurrió? ¿Unos feligreses esotéricos o los guardianes del manto?

Además, si el manto hubiera sido examinado por unos científicos serios habrían descubierto las pruebas que mencioné en mi primer artículo, los repintados, las posteriores restauraciones, la composición de cáñamo, los pigmentos nada celestiales…

¿Por qué no se menciona que la temperatura habitual del ayate es de 36 grados?

Porque es otro de esos chismes que se afirma fue comprobado por la NASA. Si hace una búsqueda por Internet verá que siempre se categoriza que “cuando se toma la temperatura…” Veamos, ¿quién la toma? No me hablen en genérico. ¿Quién ha tomado la temperatura del manto? ¿Es alguien imparcial? ¿Hay alguna universidad de ciencias que pueda corroborarlo?

Hagamos una cosa. Que los responsables de la basílica me inviten a comprobarlo. Voy allí con un termómetro, exponemos el manto al exterior, y tomamos mediciones ante algunas cámaras de televisión. ¿Alguien se atreve?

¿Qué pasa con las diminutas imágenes que se han encontrado en los ojos de la virgen, cuando se comprobaron con un microscopio? Se dice que el Dr. Aste agrandó la imagen de la pupila del ojo derecho e izquierdo en forma digitalizada, y que descubrió doce personas que están siendo observadas por los ojos de la Imagen de la Virgen de Guadalupe. Pero allí no termina la sorpresa, ya que al agrandar la pupila del Obispo Juan de Zumarraga otras mil veces más, o sea un milímetro de la imagen, se agranda primero 2.500 veces y luego la pupila del obispo 1.000 veces más y allí aparece nuevamente la imagen del indio Juan Diego mostrando la Tilma con la Imagen de la Virgen de Guadalupe, retratada en los ojos del obispo. Es decir, que esta imagen se observa en el tamaño de un cuarto de micrón, que es la cuarta parte de un millonésimo de milímetro.

La estulticia no tiene límites. Le diré algo al artífice de esta pregunta. Siento contradecirle, pero no existe actualmente ningún microscopio que sea capaz de ampliar una y otra vez una imagen hasta alcanzar las resoluciones que usted nos cita. Una cuarta parte de un millonésimo de milímetro es lo que usted menciona. Válgame Dios, la desvergüenza de quienes creen en estas fábulas aplicando tecnicismos que no tienen parangón.

Como bien dije al comienzo, es una pena que los mexicanos creyentes dejarán en el olvido a los dioses toltecas y aztecas, más acordes con la realidad de un pueblo del que pocos se acuerdan. Sin embargo, aquellos conquistadores que quisieron adoctrinar a los indios, han triunfado. Y poco más se puede decir a su legión de fanáticos a los que, por muchas pruebas que se les presente, seguirán creyendo en los milagros, porque estos no tienen por qué demostrarse. Forman parte de la doctrina de la fe.

SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (II)

Desayunamos con tranquilidad. Los tuaregs nos vienen a recoger en sus todoterrenos desvencijados, con las lunas rotas y los motores trotados. Nuestro mentor conduce a todo trapo por las dunas, pues no hay carreteras hacia donde vamos. Cuando ya no queda más arena y sólo se distingue un paisaje en piedra, el coche se detiene.

Otro grupo de tuaregs nos espera. Son ocho en total. Nos sorprende el contagiante buen humor de Laif, nuestro guía. Suelta todo tipo de abruptos en varios idiomas, incluyendo el español. Gusta de llamar “Grossa” a Belén por su sobrepeso. Bromea para que no coma tanto en los próximos días.

La subida a la meseta del Tassili es impresionante. Hay que detenerse en varias ocasiones para recuperar el aliento. Creo que los días en el gimnasio están surtiendo su efecto, pues voy demasiado aprisa y debo contenerme para esperar al resto del grupo.

Tardaremos algo más de tres horas en alcanzar la cima, seguidos de los burros. El reguero de onagros se vislumbra en la lejanía, cada vez más cercanos a nosotros. Laif canta y los ecos de su voz resuenan en las montañas.

Debo tener cuidado, pues justo en una de las paradas hacia la cúspide, al poner mi mano sobre una roca y mirar en un extraño agujero, veo acurrucada una víbora cornuda. Su cabeza comienza a asomar lentamente para ver quién es el intruso que se acerca. Tonto de mí, que no me di cuenta de un monzón sobre estas piedras, marcando el refugio de una serpiente peligrosa. Alguien debió dejar esta señal allí; a partir de ahora estaré más atento a los monzones.

Mientras ascendemos Laif me cuenta que se siente orgulloso de ser tuareg. Al parecer, con la ocupación árabe le pusieron como “prénom” el de Mustaf; pero no quiere ni oír mencionar este nombre. No le gustan los árabes, ni sigue los aleyas de Mahoma. El pueblo tuareg es una población orgullosa que tiene sus propios preceptos.

Por fin logramos llegar a la cresta del Tassili. Nada más atravesar unas rocas aparecen de la nada las primeras pinturas. Nos quedamos extasiados. Detrás nuestro los burros se detienen y comenzamos a descargarlos de su peso.

Los tuaregs nos acomodan una zona, junto a unos riscos, donde tumbarnos y donde comer sobre una especie de tapete. Para celebrar la llegada tomamos un té.

Este improvisado campamento base se encuentra a 1.717 metros por encima del nivel del mar. Mi cronómetro, barómetro y altímetro, marca además la temperatura: 23º C en estos momentos. Se acerca la noche y llega el frío.

Comemos. Tengo la gran fortuna de que su comida es muy similar a mi dieta, ya que soy vegetariano. Todo está muy sabroso. Luego de almorzar nos dedicamos a montar las tiendas de campaña. Aún nos queda tiempo de ir a por las primeras pinturas rupestres.

Manuel, nuestro guía español, cree saber dónde están; pero después de mucho caminar nos damos cuenta de que estamos perdidos. Para colmo, Mercedes se hace una torcedura en el tobillo. Parece un esguince.

Justo cuando estamos dando vueltas en redondo, aparece Laif gritando desde lejos. Quiere que regresemos al campamento y nos amonesta por ir en busca de las pinturas sin sus servicios. Cree que estamos locos, pues no seremos los primeros extranjeros que se han extraviado en aquellas montañas desérticas.

En torno a una hoguera, Manuel muestra a Laif el libro de Henry Lothe. Mohamed, el tuareg que habla varios idiomas, se acerca. Cuando se les pregunta sobre el origen de las pinturas rupestres, las achacan a sus ancestros; como mucho, hablan de la intervención de algunos dioses. Pero ni mucho menos quieren oír hablar de historias de marcianos, cuando Manuel, entre las risas de los allí presentes, les intenta explicar el número de planetas que giran alrededor del sol. Nos morimos de la risa viendo las caras de los tuaregs. Estas buenas gentes no son capaces siquiera de imaginar otros países, como para hacerles entrever que existen otros planetas.

Mohamed nos cuenta una historia. Nos habla de cómo desenterraron gigantes durante la construcción de sus casas de adobe. Para ellos estos gigantes son los dioses. Sería un sacrilegio confesarnos dónde los enterraron, aunque pudiera tratarse de una fosa común, por lo que deduzco.

Cenamos cous cous y algo de ensalada, junto a la hoguera. Es hora de explicar anécdotas; así que Manuel saca de la chistera una de las suyas, y nos revela lo que son los números “fi”, el número áureo que se encuentra en algunas estelas de Babilonia y Siria del 2.000 a.C. y que representa el equilibrio.

Esa noche me pongo a cantar canciones con los tuaregs, con uno de ellos tocando una guitarra a mi lado. Acabamos todos bailando de cualquier forma junto al fuego. Este tipo de danzas, como bien nos detallan, se bailotean como te salga, sin más.

Al rato no quedan rescoldos, indicativo de que es hora de irse a dormir. En la tienda que me ha tocado compartir con Antonio siguen nuestras bromas. Diego y Silvia duermen en la tienda de al lado, y las chanzas no cesan.

No consigo dormir con el frío; se cuela por cualquier agujero de la tienda y te cala hasta los huesos. Hay un viento de una fuerza inusitada ahí afuera. Ahora echo de menos un jersey de cuello alto del que me desprendí en Djanet pensando que no lo necesitaría. Para colmo, aparte del frío, mi compañero, Antonio, duerme a pierna suelta y no para de roncar. Parece una motosierra. Mi reloj marca -5º C dentro de la tienda.

Amanece. Desayunamos pan con mantequilla y crema de cacao. Las necesidades mayores hay que hacerlas detrás de una roca, a cientos de metros del campamento para evitar que te coman las moscas. Pero el cuerpo no está para historias. Llevo reteniendo líquidos desde el comienzo de esta excursión, pues la aridez del desierto controla hasta nuestros cuerpos.

Enfilamos hacia Aouanguet, el primer destino donde se localizan algunas de las principales pinturas del Tassili. Avanzamos por un mar de lava solidificada cuando Laif detecta un charco de agua en medio de la nada. Silba desde encima de una roca para llamar la atención del resto de tuaregs que se han quedado en el campamento base. Pretende que vengan a llenar bidones con agua empantanada con la que luego prepararán sus tés. No quiero ni mirar, pues por el rabillo del ojo observo unas extrañas lombrices en la balsa. Y es que el agua vale su precio en oro en esta latitudes.

El paisaje que se observa es desolador. De tanto en tanto nos topamos con algún ciprés milenario que se niega a extinguirse. Todo lo que atisbamos es desierto y seco, bajo un sol abrumador capaz de matar en minutos a cualquier animal.

Nos detenemos frente a un wadi, un río seco que delimita la frontera con Libia. Un pájaro que Laif identifica como el “volá volá”, similar a un verderón, se para enfrente nuestro. Laif afirma que es un buen augurio, pues este pájaro solo trae buenas noticias.

Aouanguet. N 24º 28,647’ E 9º 39,932’ El lugar está plagado de frescos decorando todas las formaciones rocosas. El arte figurativo es amplísimo, y entre tanta figura, nos entrenemos en aquellas que no tienen explicación posible, al margen de los cuantiosos animales que sí se pueden identificar.

Un hombre con una extraña máscara. Una especie de carro en el que se distingue un ser manipulándolo, pero con unos insólitos chorros de fuego saliendo del propio carro. Algo similar a platillos o sombreros por encima de las cabezas de los hombres prehistóricos. Ideogramas que me recuerdan a los del Egipto clásico por sus representaciones genéricas que simbolizan casas. Lo que parecen buzos por sus escafandras. Escritura anterior a la bereber, y de la que se desconoce su significado. Más buzos o gentes con máscara que J.J.Benítez tildó como “cabezas redondas”, de los que parten tubos desde sus bocas. Hombres con algo parecido a una armadura mallada. Camellos sobrevolados por chocantes artilugios. Un hombre operando un panel con instrumentos. Seres con cabeza de hormiga o antenas y cuatro dedos únicamente en sus manos. Una cazadora con cuernos enormes a modo de casco…

No paro de dibujar y fotografiarlo todo. Es de lo más raro todo; no hay explicaciones para tanto simbolismo, por mucho que la lógica se empeñe en dar con algún esclarecimiento de lo que vemos. No hay razonamiento posible y más vale dejarlo así, por ahora.

En un inciso aprovechamos para comer y echar la siesta. Cuando el sol ya no me deja ni respirar, me voy a hacer mis necesidades. La suerte me traslada hasta una cueva donde descubro alguna que otra pintura rupestre inédita, nunca vista hasta la fecha por hombre alguno. No es nada nuevo ni extraño. El motivo son las vacas, que tanto se muestran por este valle y de las que dependían aquellos hombres antiguos.

Para las fotografías, los tuaregs no quieren que usemos flashes para no deteriorar las mismas. Nos lo suplican, pues los responsables del Parque del Tassili suelen venir, en ocasiones, para comprobar los desperfectos causados por las distintas expediciones.

Es hora de regresar al campamento base. Mi reloj marca las 16:14. Tardaremos otras dos horas en llegar. Hay que estar en muy buena forma para soportar estas condiciones con una escasa cantimplora de agua por persona y trayecto.

Nos espera un refrescante té. Aprovecho para cambiar la tienda de sitio. Me he fijado que los tuaregs montan las suyas debajo de los peñascos para resguardarse del frío, así como también se construyen una especie de igloos de piedra. Yo también hago lo mismo e introduzco la tienda en este tipo de refugio.

Detesto no asearme, pero no hay otra. Es hora de cenar. Hoy toca pasta italiana y sopa de cebolla. La charla de esta noche versa sobre la propia antigüedad de la Esfinge y las pirámides de Egipto. Manuel cree que rondan los 12.500 años y nos cuenta su teoría al respecto.

Antes de acostarnos, Manuel juega con la exposición de su cámara fotográfica y logra escribir el nombre de su novia en el aire. Risas. Los tuaregs se empeñan en escribir sus nombres con el mismo truco.

Esa misma noche logro conciliar el sueño, por fin. Nada de frío y nada de ronquidos. Sólo queda descansar.

Continuará…

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