EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (y IV)

13 Octubre 2009

Remontar el Nilo es una de las experiencias más maravillosas que existen, desde el Nilo Medio, comenzando por Asuán, hasta el Nilo Inferior, el del delta, que aboca al Mediterráneo.

Subiendo la corriente del Nilo hicimos las últimas paradas en Abydos, Menfis, Dendera, Saqqara, y Dashur, terminando nuestra aventura en El Cairo, de nuevo, donde  pasamos la noche para amanecer cabalgando hasta Gizeh, en cuyo promontorio vimos uno de los amaneceres más precioso de nuestras vidas, con Ra apareciendo por el horizonte.

Abydos era el primero de los lugares sacramentales para el creyente egipcio, el equivalente al Jerusalén del cristiano, y donde se albergaba la tumba de Osiris, el dios de la muerte y de los muertos. Primero se interpretó como tumba del dios, y luego se convirtió en el sepulcro de Dier, de la Primera Dinastía

Desde tiempo inmemorial Abydos era el lugar de reposo de las almas de Sequem: los reyes tinitas, sus cortes, sus harenes, sus legiones de siervos. Allí se veían a cientos las estelas sepulcrales que señalaban sus últimas moradas. Abydos había sido para Thinis, la primitiva capital, lo que Sakkara para Menfis, cuando ésta no tenía aún la categoría de sede regia y balanza del país.

La elección de Abydos como centro del culto de Osiris se produjo ya durante el Imperio Antiguo, y de la fama de que gozaba como lugar santo en el Primer Período Intermedio tenemos pruebas en la “Doctrina para el Rey Merikaré”, en que la ciudad de los muertos fue asaltada y destruida por las tropas del Akhtoes III de Heliópolis, causando a éste una herida moral de la que nunca se recuperó.

Abydos es para mí uno de los templos más bonitos del antiguo Egipto, por sus piezas esculpidas sobre la pared. Si alguien cree que estos egipcios pintaban mal, por no saber recrear las figuras humanas, se equivoca. Su concepción del individuo de frente y de lado, sólo tiene que ver con simbología, y por eso se representaba así. En Abydos uno se da cuenta, viendo las paredes, que sus artistas nada tienen que envidiar a los grandes escultores de siglos posteriores.

Sin embargo, lo que sigue asombrando a propios y extraños es el palimpsesto de una de sus paredes. Se llama palimpsesto (voz griega que significa borrado nuevamente) al manuscrito o jeroglífico que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente (o no) para dar lugar a la que ahora existe.

El palimpsesto de Abydos, de uno de sus dinteles, muestra a primera vista un helicóptero, un avión, un tanque y una especie de aeroplano. El propio Georgeos Díaz encontró la solución en 1995 y la publicó en el Número 1 de la revista española Arqueología y Enigmas de la Historia en Abril de 1996, así como en las revistas La Esfinge: Revista de Egiptología y la Revista de Egiptología: Osiris. Posteriormente, y por consulta de otros estudiosos, Katherine Griffis-Greenberg, de la Universidad de Alabama (Birmingham, EEUU), miembro del American Research Center in Egypt  y de la International Association of Egyptologists Special Studies, se corroboraron los resultados de Díaz.

En este palimpsesto se confunden los textos antiguos con los nuevos. En este caso se trata de una inscripción en bajo relieve. Para borrar el texto antiguo colocaron argamasa. Parte de esa argamasa cayó y así estaríamos en presencia de una superposición parcial de ambos textos. Díaz demostró que el viejo texto hacía referencia a Seti I con alguno de sus múltiples y largos nombres y fue cambiada por la de su hijo y sucesor Ramsés II, también a través de un seudónimo.

De allí pasamos a Menfis.

Junto al extremo sur del delta,  los primeros reyes tinitas levantaron una fortaleza denominada “el Muro Blanco” (Ineb hedy). Para Herodoto y Manetón, fue Menes el constructor de dicha plaza fuerte, aunque otros autores afirman que fue Andyib (quinto o sexto faraón de la I Dinastía  tinita). Sea como fuere, lo cierto es que los unificadores de Egipto comprendieron el interés estratégico de aquel emplazamiento, lugar en el que los dos rivales hallaban su equilibrio. “Horus y Set están en paz” -reza el Himno a Horus de la época de Shabaka (XXV Dinastía)-. “Están unidos los dos hermanos y no se combaten. Están en Het-Ka-Ptah, la balanza de las dos tierras, el punto donde los dos países se encuentran en equilibrio”. Actualmente se cree que sobre la vecina meseta de esta ciudad, fueron enterrados los primeros reyes tinitas, lo cual es cierto en lo que se refiere a los tres primeros reyes de la II Dinastía, cuya capital debía encontrarse por los alrededores.

Posteriormente, los reyes de la VI Dinastía establecerían sus pirámides y su capital muy cerca del “Muro Blanco”. Sin embargo, sería Pepi I quien daría a la capital el nombre de Menfis de una manera absolutamente casual: su pirámide, cercana a la ciudad, se llamó Men Nefer (que significa “Belleza permanente” o “estable en la Belleza”), palabra que los griegos traducirían por Menfis.

Dendera fue capital del nomo VI del Alto Egipto. La ciudad está situada en la ribera oriental del río Nilo, unos 70 kilómetros al norte de Luxor.

Dentro del templo hay doce criptas decoradas, y dos capillas funerarias de Osiris, de una de ellas procede el célebre “zodíaco” que se expone en el Museo del Louvre, en París.

Al sur del templo de Hathor, se halla el templo del nacimiento de Isis, decorado en tiempos de Augusto. En los “Misterios de Osiris“, Dendera fue una de las tumbas de Osiris, celebrándose allí la representación ritual de su resurrección.

En el templo se encuentran un conjunto de inscripciones y jeroglíficos, junto a enormes relieves y pinturas que no incluyen una sola palabra de texto, siendo dos los zodiacos que se encuentran allí, uno es circular (que es el mas conocido), y fue robado por Napoleón llevándolo a Francia en pedazos, encontrándose hoy en el Museo del Louvre, para el museo este calendario circular era un calendario astronómico.

El otro zodíaco, rectangular y menos conocido, está bellamente pintado con armoniosos colores, que aún se conservan, y ocupa una larga franja a todo lo largo del techo de la sala hipóstila.

Una característica que le brinda especial importancia al Zodíaco de Dendera es la relación que establece, con el nacimiento del la civilización egipcia a partir del éxodo de los atlantes, según la teoría de Albert Slosman, profesor de matemáticas y miembro del equipo de la NASA, que se ocupó de las sondas Pioneer a Júpiter y Saturno. De todo ello ya hablamos en este otro artículo dedicado exclusivamente al tema.

Saqqara es la primera manifestación de los avanzados conocimientos en todos los campos de los sacerdotes de la Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, cuyas ruinas llegan hasta nuestro tiempo.

Allí se usaron por primera vez bloques modulares de piedra para construir un edificio, y se tallaron hieroglifos en los muros con los primeros textos religiosos de la historia. Allí se construyó un enorme complejo subterráneo. Doce pisos bajo tierra, con cámaras y galerías decoradas con las primeras baldosas de cerámica horneadas por el hombre. En estas cámaras, bajo tierra, se encontraron más de 40.000 urnas, cuencos y vasos de alabastro. ¿Para qué servían? ¿Qué lograrían al realizar con tanto esfuerzo túneles, cámaras y salones, 30 metros bajo tierra? ¿Iluminaron estos espacios con las bombillas a las que hemos hecho referencia? ¿Por qué las construcciones son volúmenes macizos de piedra sin ninguna utilidad aparente?

Saqqara es uno de los misterios más grandes de Egipto. Su historia nos revela las más increíbles respuestas, comenzando por el genio multifacético, el fabuloso personaje que la diseñó y de la que dirigió su construcción.

El arquitecto Imhotep, cuyo nombre significa el sabio que viene en paz, sumo sacerdote de La Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, tiene uno de los lugares destacados en la historia del hombre. Fue Primer Ministro, Gran Visir y Canciller del faraón Djoser, que reinó en la tercera dinastía alrededor del año 2800 antes de Cristo.

Imhotep nace un 31 de mayo, hijo del arquitecto Kanopher y de su mujer Kreduhuonc. Unas pocas estatuillas lo muestran como un ser sencillo, vestido con la sobriedad de un monje. Padre de la arquitectura, pasa de la madera y el barro cocido a los bloques modulares de piedra, diseña las primeras columnas talladas con flores de loto en el capitel, los más refinados detalles arquitectónicos…

Fue el primer filósofo de la historia del hombre; se dedicó a pensar y a analizar conceptos fundamentales, como espacio, tiempo, volumen, la naturaleza de la enfermedad, la existencia de Dios y de la inmortalidad. Expresa la base conceptual de la civilización egipcia, como el movimiento de la conciencia hacia Maat, hacia lo justo, lo recto, lo armónico y lo equilibrado. Platón nos dice que la historia que le contaron a Solón los sacerdotes egipcios sobre la Atlántida, se remonta a Imhotep. Astrólogo y astrónomo, realizó el primer registro sistemático de la bóveda celeste, dejando los primeros mapas de las constelaciones. Demuestra su conocimiento de la precesión de los equinoccios al usar los cambios de era para determinar las etapas de revelación en el desarrollo espiritual de la civilización egipcia. Pero fueron las grandes dotes de Imhotep como médico, las que le dieron su popularidad. Sólo 50 años después de su muerte, el faraón Micerinos le dedicó un templo, que fue sitio de peregrinación y curaciones milagrosas.

Los griegos que estudiaron en Egipto y que le cambiaron el nombre a todo, lo llamaron Asklaepios o Esculapio para marcar sus logros como médico. También lo llamaron Hermes Trismegistus, el tres veces grande, por sus dotes como filósofo y físico que reveló las bases de cómo funciona el universo. Imhotep fue el primero en recopilar información sobre cómo diagnosticar y curar muchas enfermedades.

Dashur es el extremo sur de la extensa necrópolis de Menfis, cuyo punto más al norte está constituido por la ciudad de Giza. Sin embargo, la relación que une a Dashur y a Giza no es sólo la gran urbe de la que formaron parte: en realidad, se dice que las pirámides de Dashur, ambas muy peculiares, fueron las antecesoras de las famosas pirámides de Giza, hoy símbolo del antiguo imperio egipcio.

Dashur es el hogar de una construcción piramidal única en todo Egipto. Conocida como la Pirámide inclinada (aunque también ha recibido otros denominativos, como desmochada, falsa o romboidal) fue construida por Snofru, faraón al que se le adjudica la edificación de muchísimos monumentos de la antigüedad.

Sin embargo, lo que más llama la atención de esta última parte del viaje, es una historia que nos contaron una noche sobre lo que aconteció en este lugar. El relato de más abajo, en cursiva, nos fue narrado por el guía que nos acompañaba, a dos de los que integrábamos el equipo de este reportaje.

Serían mediados de febrero de 1978 cuando un grupo de arqueólogos israelíes comenzaron las excavaciones junto a la gran pirámide de Snofru, en Dashnur. Hasta entonces ni esta pirámide ni las colindantes habían sido penetradas, ya que se encuentran en un campo de operaciones militares de Egipto. No obstante, como entonces reinaba un espíritu amistoso entre Egipto e Israel, el presidente Anwar Sadat concedió el permiso para abrir paso.

A unos 15 metros de profundidad al norte de la pirámide, la pata del trípode de una cámara de fotos topó con una cosa blanda. Se trataba de algo plástico, utilizado de relleno, que ante la presión y el peso de la cámara acabó cediendo, según las investigaciones.

El dueño del trípode se agachó a mirar por el hueco redescubierto y vislumbró una especie de caverna. Tras rastrear y limpiar toda la caverna, el hallazgo era evidente. Se trataba de un misterioso objeto de forma circular, de 120 centímetros de diámetro y 3 metros en el centro en la zona más grueso. El material podría ser metal suave y brillante.

Al principio, elucubraron en torno a los restos, pero observando la caverna con detenimiento pronto se percataron de que esto no eran restos egipcios. Dos de los arqueólogos descendieron a la caverna y allí encontraron equipos electrónicos en perfecto estado, lo cual suponía una gran dotación de sofisticadas y ultramodernas armas.

Los descubridores decidieron comunicar el hallazgo a su gobierno, pues de enterarse los egipcios del hallazgo, éste quedaría confiscado al  encontrarse en suelo propio. El fotógrafo dueño del trípode había tomado multitud de fotografías que llevaría hasta Tel Aviv y allí se las mostraría a las autoridades. Mientras tanto, el resto seguiría cavando bajo una lona para evitar se supiera nada acerca del descubrimiento. Un descubrimiento al que definieron como una nave espacial.

Una vez las autoridades israelíes y el grupo militar Zahal tuvieron las fotografías en su poder, decidieron llevar a cabo la “operación Entebbe”. La operación consistía en cómo hacerse con el objeto sin que los egipcios lo confiscaran.

Así pues, serían tres aviones Hércules 103 E, los aviones que utilizarían para transportar la nave espacial y un Hércules 103 H para cargar las 10 toneladas de un camión de arrastre. Uno de los tres 103 E se encargaría de trasladar todo a un hospital de campaña y el otro trasportaría armas ligeras, jeeps y cincuenta comandos cada uno. Por si fuera poco, un escuadrón de aviones F4 estaría dándoles la cobertura necesaria para la operación.

En la pirámide de Snofru, por su parte, esperarían los nueve jóvenes arqueólogos, que vieron llegar a los aviones sobre las 13 horas. El Hércules convertido en hospital de campaña sería el encargado de trasladar a estos hombres a Israel.

La otra orden establecida era idear un perímetro de defensa alrededor de la pirámide. El camión se introduciría en la caverna, mientras los comandos emplazaban cables y ganchos de la nave para asentarla en su nueva plataforma.

Posiblemente los israelíes debieron prever que sus aviones serían localizados mediante el radar, pero no le dieron importancia. Así, un contingente de egipcios se acercaría a los pies de la pirámide. La contienda estalló. Mientras, dentro de la caverna, se trabajaba duro en los ajustes de la nave sobre la plataforma, fuera, otro nuevo contingente egipcio, más poderoso que el primero, que había acabado retirándose con bastantes bajas, llegaba. Los israelíes habían venido bien equipados.

Una vez estando la nave en el camión, los jeeps la rodearon enarbolando sus ametralladoras calibre 50. Los F4 ayudarían a la hora de limpiar el campo de batalla, mientras los aviones israelíes intentaban despegar bajo una ingente lluvia de balas egipcias. Éstos fueron ganando terreno y posición, mientras que los egipcios resultaron con tres comandos heridos, cuando finalmente partieron. Los israelíes consiguieron hacerse con su preciado botín.

¿Leyenda urbana o realidad? Personalmente me parece demasiado fantástico para ser cierto, pero he aprendido a no aventurarme en lo que desconozco, y a no sacar falsas conclusiones, pues a veces la realidad supera a la ficción.

Nuestra aventura tocaba a su fin. La última noche amanecía en la meseta de Gizeh, después de cabalgar unos minutos, sólo para llegar a contemplar la salida del sol sobre las pirámides. Un espectáculo maravilloso, que impregnó mis retinas para siempre.

Quedan todavía muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo: ¿hubo una civilización anterior a Egipto? ¿Realmente fueron los dioses quienes les enseñaron tecnología, tal y como aseguraban los egipcios? ¿Qué se esconde debajo de la Gran Pirámide? Y tantas dudas y más interrogantes que a uno le surgen, conforme se sabe más sobre esta gran civilización. Es una lástima que la arqueología oficial no esté más abierta hacia ciertas posibilidades, más allá de su empirismo de ciencia ortodoxa.

Con un pie en el avión que regresaba a Madrid, me despedí con lágrimas en los ojos de mis compañeros de viaje. Creo que no olvidaré las risotadas de Paloma, ni la bondad de Ana, o las explicaciones astrologicas de Mónica o los detalles sobre simbología que me ofrecía continuamente César. Fue un placer viajar con una gran iniciada como Mari Angeles, y con Socorro, Elvira, Julia y Maribel. Le doy las gracias a Diego por aguantarme como compañero de habitación, y mostrar mi admiración por compartir tiempo y espacio con un aventurero como él. Y mi más profundo agradecimiento al maestro, Manuel Delgado, sin cuyas explicaciones nada hubiera sido lo mismo. Como nos dijeron otros guías, en cierta ocasión: “Es una suerte viajar con Manuel, pues estáis con el mejor guía de Egipto“. Cierto, lo aseguro.

Nunca os olvidaré, amigos.

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LA ATLANTIDA Y EL ZODIACO DE DENDERA

16 Diciembre 2008

zodiaco denderaEn mi último viaje a París, en busca de más información sobre Egipto, me tropecé con un singular zodiaco en las galerías del Louvre. Había oído hablar de él; así que decidí que, a mi vuelta a España, recopilaría un poco de información al respecto y la publicaría en el blog. Lo que viene a continuación es un breve resumen; retazos cortados de aquí y allá, que servirá como explicación.

Uno de los atractivos de Egipto es el desconocimiento que se tiene sobre él, aún después de más de cien años de intenso estudio. Y ello por referirnos a las investigaciones occidentales; no olvidemos que hace más de dos mil años el país del Nilo era asignatura obligada para los sabios de la Grecia clásica. Un ejemplo claro se encuentra en Déndera, un templo de neto corte ptolomaico.

Estamos ante uno de los templos más bellos de todo Egipto. En él abundan de modo abigarrado inscripciones y jeroglíficos, junto a enormes relieves y pinturas que no incluyen una sola palabra de texto. Esto es lo que ocurre con sus dos “zodíacos”, porque en Déndera no hubo uno, sino dos. El conocido y circular, que fue robado por Napoleón y llevado a Francia cortado en pedazos. Se contempla en el Museo del Louvre.

Este es un dibujo esquemático del mismo, en el que pueden apreciarse sus elementos con excepción del trozo en el que figura la diosa Hathor.

El otro zodíaco, rectangular y menos conocido, está bellamente pintado con armoniosos colores, que aún se conservan, y ocupa una larga franja a todo lo largo del techo de la sala hipóstila.

En los zodíacos no hay nada de texto en ellos, tampoco en los originales. Nada, ni una sola frase.

Existen diversas interpretaciones sobre su contenido. En el Museo del Louvre te ofrecen una según la cual, el circular, era un calendario astronómico donde pueden leerse incluso predicciones de eclipses. Otros afirman que sólo es un grabado que contiene la clásica división zodiacal griega del universo.

Albert Slosman nace en 1925 y muere en 1981. Fue profesor de matemáticas, era experto en análisis informático, y participó en los programas de la NASA para el lanzamiento de los Pioneer sobre Júpiter y Saturno.

Slosman se sumergió en la exploración documental referida al hundimiento de un continente situado en el Atlántico, a la supervivencia de muchos de sus habitantes, al éxodo de éstos a través del Norte de África y a su posterior asentamiento en Egipto. Veamos cómo procedió en las pesquisas que lo llevarían a articular la teoría que para él era certeza.

Comencemos con el significado del nombre jeroglífico del continente que hoy conocemos como la Atlántida a través de los textos de Platón.

En lenguaje jeroglífico, esta tierra desaparecida era conocida como Ahâ-Men-Ptah, o “Primogénito-Durmiente-de-Dios”, denominación que experimentó posteriormente una contracción en el conjunto de textos que conforman el denominado -impropiamente, según Slosman- Libro de los Muertos: El Amenta. El nombre, sin embargo, continuaba evocando el significado original de “País de los Muertos”, “País de los Bienaventurados”, y “País del Más Allá”.

Por su parte, los sucesivos monarcas de este continente fueron, tradicionalmente, los Ptah-Ahâ, cuyo significado, en la lengua jeroglífica, es el de “Primogénito-de-Dios” puesto que, en efecto, todos los reyes descendían por línea directa del primer Hijo de Dios, es decir, el Primogénito.

Siempre siguiendo la traducción e interpretación de Slosman, tendríamos que Ahâ se pronuncia Ahan y que Ptah también se escribe Phtah, de su fonetización en lengua griega, en la que la letra pi se convierte en phi (fi), por lo que Phtah-Ahan fue fonetizado “Faraón”, que de Primogénito-de-Dios pasó a ser “Hijo-de-Dios”.

Y de la misma manera se explicaría el que Ath-Kâ-Ptah (Segundo-Corazón-de-Dios) se convirtiera, en la fonetización griega, en Aegyptus, Egipto para nosotros.

En busca de pruebas con las que documentar su búsqueda -su convicción, más bien- acerca del Origen, con mayúscula, de todos y de todo, Slosman llega a Déndera, en Egipto. El de Déndera es un templo cuya actual reconstrucción es la sexta, realizada por Ptolomeo II Evergetes, pero siguiendo escrupulosamente los planos originales del primer templo construido en el mismo enclave. Y es a este preciso emplazamiento a donde los bisnietos de los supervivientes del éxodo del Gran Cataclismo llegaron en primer lugar. Allí, en sus muros, Slosman pudo leer:

En el principio, estas palabras enseñaron los Ancestros, aquellos Bienaventurados de la Tierra primera: Ahâ-Men-Ptah. Los que convivían con las Creaciones del Corazón-Amado: el Corazón-Primogénito.

Estas fueron las primeras palabras: Yo soy el Muy-Alto, el Primero, el Creador del Cielo y de la Tierra, yo soy el diseñador de las envolturas carnales y el proveedor de las Parcelas divinas. Yo he colocado el sol sobre un nuevo horizonte como gesto de benevolencia y testimonio de Alianza. He hecho elevarse al Astro del Día sobre el horizonte de mi Corazón, pero para que así sea he instituido la Ley de la Creación que actúa sobre la Parcelas de mi corazón para animarlas en los [corazones] de mis Criaturas. Y así fue.

La actuación de esta Ley sobre las criaturas tiene lugar -así cuenta Slosman que se desprende de los textos jeroglíficos grabados en los muros del templo de Déndera- a través de los “Doce”, que son los Doce Soles de las doce constelaciones ecuatoriales celestes, cuya mecánica y funcionamiento recibe, en lenguaje jeroglífico, el sugerente nombre de “Combinaciones-Matemáticas-Divinas”. Según los mencionados textos, estos Doce Soplos, o Hálitos que conforman el ecuador celeste, llevan el nombre de “Cinturón” y de él emergen Cuatro Primogénitos, Cuatro Soplos llegados desde los cuatro puntos cardinales: los Maestros, cuya personificación son los Cuatro Hijos de Horus, que aparecen citados a menudo en numerosos versículos con sus propios nombres y que son, además, quienes imprimen el esquema vital fundamental del alma de las criaturas.

Este principio, tan resumidamente expuesto, es el que los sucesivos pontífices transmitieron durante milenios, como secreto sagrado, únicamente a los sumos sacerdotes en la “Casa-de-Vida”, contigua al “Templo-de-la-Dama-del-Cielo”, en Déndera.

Esta antigua “Escuela”, cuyo origen se remonta a la mismísima llegada de los primeros supervivientes, está autentificada no sólo por los textos, sino también por las sepulturas sacadas a la luz bajo la colina de los Pontífices, a menos de tres kilómetros del templo. Allí reposan los “Sabios entre los Sabios”, los Bienaventurados que poseyeron el Conocimiento de la voluntad divina. Uno de ellos impartía enseñanza bajo un “Maestro” de la II dinastía, en el cuarto milenio antes de nuestra era; otro bajo Khufu (Keops), cuyo escriba real señala que el templo fue reconstruido por su señor (fue ésta la tercera reconstrucción) siguiendo los planos encontrados en los cimientos originales, escritos sobre rollos de cuero de gacela por los “Seguidores de Horus”, es decir, por los propios Primogénitos, mucho antes de que el primer rey de la I dinastía ocupase el trono.

Fueron, por tanto, estos descendientes directos quienes transmitieron la Ley divina, cuyas “Combinaciones-Matemáticas” permitirían a los hombres regirse por si mismos según cánones de Justicia y de Bondad.

Los ancestros escribieron asimismo:

Yo soy Yo, nacido de si mismo para convertirse en el Creador de Imágenes a su semejanza, tras la salida del Caos. Ellas [las imágenes] son los recipientes de las Parcelas divinas, que las convertirán para siempre, a su vez, en los Bienaventurados del Sol naciente, mientras observen una estricta obediencia a mi Ley. Pues yo soy el Pasado de Ayer que prepara el Porvenir del Sol gracias a los Doce.

Los pontífices de Ahâ-Men-Ptah habían delimitado perfectamente el problema, ciñéndose con exactitud a los poderes directos que atribuyeron a las diversas soluciones combinatorias, remontándose a muy atrás en el tiempo para apoyar sólidamente sus observaciones. De ahí la acumulación de precisiones acerca de los poderes de los “Doce”.

Para hacernos cargo cabalmente de todo ésto tendríamos que partir, dice Slosman, no sólo de diez milenios atrás, sino de hace veinticinco mil años, época en la que Ahâ-Men-Ptah existía como un continente de clima templado, vegetación exuberante, numerosas especies de una fauna hoy ya extinguida en su mayor parte, y en el que la especie humana habitaba pacíficamente en auténticas ciudades edificadas.

Ahâ-Men-Ptah debió sufrir una primera devastación volcánica que provocó un importante hundimiento de tierra que formaría el Mar del Norte, esculpiendo innumerables brechas en la actual Islandia. Un período de fuertes heladas se instaló en esta parte del mundo, acumulando hielo en un casquete polar uniforme. La propia Siberia, que era entonces una región bastante templada, vio cómo desaparecía su lozana vegetación y eran aniquilados los mastodontes que no pudieron escapar a tiempo de las heladas.

Tras esta “advertencia”, y a partir de este dato, comienza realmente la historia de Ahâ-Men-Ptah, y la cronología va a utilizar este trastorno, que la memoria humana ha “legitimado”, para remarcar los anales de un principio característico.

En efecto, los eruditos de estos primeros tiempos comprendían cada vez mejor los movimientos y las combinaciones celestes, así como los fenómenos beneficiosos o perjudiciales resultantes de ellos. A partir de este momento se instituye un método gráfico figurativo a partir de la observación atenta y de la anotación meticulosa de la marcha de los planetas, del sol y de la luna, sus figuraciones y sus configuraciones, así como las formas más geométricas de las doce constelaciones de la elíptica ecuatorial celeste, y aún las más lejanas de Orión y Sirio, de singulares características. De aquí derivaron las repercusiones de las Combinaciones sobre la Tierra, tanto en relación al comportamiento humano, como a la evolución de la Naturaleza.

Después de este minicataclismo, la vida de Ahâ-Men-Ptah se reagrupó más al sur y transcurrió apaciblemente durante cincuenta siglos, hasta el momento en que nació el primer Ahâ, el Primogénito Usir, u Osiris, engendrado por la Divinidad en Nut, inminente esposa de Geb (que fue debidamente prevenido del hecho) quien, por su parte, sería el penúltimo rey de aquella tierra.

Geb desposó, pues, a Nut y tras el nacimiento de Usir, la pareja tuvo tres hijos más: Usit, cuyo nombre en la rebelión posterior pasó a ser Sit (Seth en griego) y dos gemelas llamadas Nek-Bet e Iset, tambien conocidas como Nephtys e Isis, de las cuales la última se convirtió en la esposa de Usir.

A esta pareja, Usir e Iset, los augures anunciaron que el Hijo que les nacería sería el generador de la nueva nación que surgiría de los supervivientes del Gran Cataclismo. Nació, en efecto, un varón al que se le impuso el nombre de Hor, u Horus.

Y fue poco antes de que Hor sucediese a su padre, cuando Usit atacó la capital de Ahâ-Men-Ptah con tropas rebeldes reclutadas al efecto, iniciando así el proceso de hundimiento del continente, pues al asesinar a Usir a lanzazos, la cólera de Dios se desencadenó sobre las criaturas y sobre Su creación.

Podemos imaginar, tal vez, siniestros crujidos alzándose desde las profundidades de la tierra y volcanes tranquilos desde hacía milenios activándose de repente y expulsando toneladas de lava desde sus cráteres recién abiertos; una lluvia de piedras solidificadas y de residuos de todo tipo abatiéndose sobre una multitud enloquecida que corría hacia el puerto donde las barcas “mandjit”, reputadas de insumergibles aguardaban, estrechamente vigiladas, a fin de que la evacuación pudiera llevarse a cabo de la manera más organizada posible, si bien la falta de visibilidad y el caos reinante lo hicieron impracticable y la mayoría pereció. Era el fin de todos y de todo. La capital y el continente entero se hundieron rápidamente en el agua.

Esto ocurría, según Slosman, el 27 de julio de 9792 antes de nuestra era, fecha que consideraba inequívoca gracias a la lectura e interpretación de los acontecimientos narrados en el planisferio celeste grabado en el techo de una de las salas del templo de Denderah, más conocido con el nombre
de “zodíaco”.

¿Pero qué dice el zodíaco o planisferio de Déndera, según una concepción más aproximada a la astronomía?

Estudiémoslo con detenimiento.

El planisferio de Déndera, aparece sostenido por doce divinidades, ocho arrodilladas y cuatro de pie. Las divinidades que están de pie son las cuatro diosas de los puntos cardinales. Las arrodilladas, de cabeza de halcón, yo las identificaría con los Hehu que aparecen en el Libro de la Vaca Sagrada y su cometido es originariamente, junto con las diosas de los puntos cardinales, dar estabilidad a Nut, diosa cuyo cuerpo alberga el cielo.

El planisferio propiamente dicho, lo encontramos rodeado por los 36 decanos. Los decanos se utilizaban originalmente en los relojes estelares egipcios para fijar las horas nocturnas. Aquí sin embargo, su función cambia y los encontramos como divisores de las constelaciones zodiacales: cada decano supone 10 grados y hay tres por constelación. En el planisferio de Déndera, aparecen representadas todas las constelaciones zodiacales. Obviamente eso es algo que no podremos observar en el cielo nocturno, sin embargo hay un detalle interesante en su representación. La eclíptica (la línea a lo largo de la cual se distribuyen las constelaciones zodiacales) efectúa un movimiento ondulatorio. La altura de esta línea sobre el horizonte se llama declinación, la declinación máxima se alcanza en las regiones de Géminis y Tauro y la mínima, en las de Acuario y Capricornio. Los diseñadores del planisferio de Déndera tuvieron en cuenta esto colocando más cerca del centro, con una declinación más elevada, las constelaciones de Tauro y Géminis, siendo las más bajas las de Acuario y Capricornio. Esto nos da la pista de que los diseñadores de este planisferio, abandonan la idealización de los calendarios lineales para tratar de acercarse más a una visión real del cielo. Hay que hacer sin embargo una puntualización a esto. Si nos fijamos, la eclíptica de Déndera no es como la que encontramos en los modernos planisferios, sino que se quiebra en Cancer para seguir otra vez de forma regular a partir de Leo; se ha atribuido esta peculiaridad a problemas de espacio, una explicación que si bien es plausible, tambien es discutible.

El planisferio, además de las constelaciones zodiacales y las puramente egipcias, también cuenta con representaciones de los cinco planetas visibles a simple vista; identificables fácilmente en el planisferio gracias a que están identificados con su nombre en caracteres jeroglíficos. La ubicación de los planetas en el planisferio es un poco especial, su posición es la denominada «en exaltación» y consiste en situarlos en los signos a los que están asociados astrológicamente. La relación es la siguiente: Mercurio en Virgo, Venus en Piscis, Marte en Capricornio, Júpiter en Cáncer y Saturno en Libra. En lo que se refiere a los planetas interiores, es imposible encontrarlos en esas ubicaciones simultáneamente. Desde nuestro punto de vista, viajan demasiado juntos, siempre cerca del Sol y las constelaciones asociadas a ellos en Déndera están demasiado alejadas entre sí. Algunos investigadores han tratado de datar el planisferio utilizando las posiciones de los planetas exteriores, que podemos encontrar durante la noche en cualquier posición a lo largo de la eclíptica. Así, nos encontramos con que en el periodo comprendido entre mayo y junio del año 51 a. C. los planetas exteriores se encontraban ubicados tal y como nos muestra el planisferio de Déndera. Dadas las diferencias de los periodos de translación entre los tres planetas, esto no es algo que ocurra todos los días, pues su posición solo ha vuelto a repetirse tres veces desde entonces. Personalmente soy escéptico con respecto a los resultados de este método de datación. Trataré de afinar un poco más, pero hasta el momento los resultados que he conseguido utilizando un par de generadores de cartas no han sido nada esclarecedores.

Abandonamos ahora la seguridad de la línea del zodiaco para adentrarnos en las constelaciones puramente egipcias que la rodean. Justo debajo de Tauro aparece Orión; esta constelación era conocida por los egipcios como Sah y se identificaba con Osiris. Siguiendo a Osiris en su viaje por el cielo nos encontramos a Isis representada en forma de vaca con Sirio, la Sepedet egipcia entre los cuernos. Otras constelaciones que podemos identificar de forma razonable, son la pata de toro que sería nuestra Osa Mayor y el pequeño chacal con la azada, identificado como el dios Upuaut, «el abridor de caminos» que sería la Osa Menor representando la azada las estrellas principales de esta constelación. La hipopótama que vemos junto al chacal (Isis-Djamet) estaría formada por nuestra constelación del Dragón complementada por algunas de constelaciones vecinas. Con el resto de constelaciones la cosa se complica y su posición en el mapa nos sirve de ayuda pero no es concluyente. Personalmente, yo casi metería la mano en el fuego para identificar el pequeño pato que hay encima de Capricornio con la constelación de Aquila que es una de mis favoritas y siempre me ha sugerido más el vuelo de un ganso que el de un águila.

También existen en el planisferio unas curiosas figuras inscritas en círculos que se han identificado con eclipses; muy bien podría ser eso, pero los cálculos de distintos investigadores no se ponen de acuerdo con los programas generadores de cartas en cuanto a la fecha exacta en que se produjeron los «eclipses» representados en Déndera. Aquí empezamos a movernos en un terreno que me resulta de lo más escabroso y traicionero. Según unos investigadores, los eclipses se produjeron en una época razonablemente cercana al diseño del planisferio como para ser representados en él. Otros ven predicciones de efemérides (no necesariamente eclipses) que se producirían después de que el planisferio estuviera instalado en su lugar definitivo. Y no falta quien ve en esas figuras naves espaciales.

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