SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (III)

11 Diciembre 2008

Jabbaren, lo que en escritura Tifinagh se traduce como “gigantes”, el lugar donde aterrizaron estos. Son las 9,14 horas de la mañana y estamos a 1.672 metros por encima del nivel del mar. Jabbaren es el lugar al que nos dirigimos.

Después de desayunar el pan duro de todos los días, caminamos por un agreste paisaje lunar hacia esta zona. No tardamos más de una hora en llegar desde el campamento base.

Lo único que se le puede achacar a este ignoto lugar es que para ver las pinturas rupestres en su conjunto hay que desplazarse kilómetro a kilómetro, pues todas ellas se encuentran muy separadas entre sí.

Lo que vemos no tiene explicación posible. A simple vista (no digo que sea así, pues los bosquejos están muy dañados) se aprecian hombres con escafandra, personas con extraños cascos de los que parten tubos y trajes ceñidos decorados con escamas, lo que podrían ser medusas o naves de las que se alzan chorros propulsores, personajes pintorescos con cuernos y cascos en aptitud de perseguirse, ideogramas egipcios, carros egipcios, sacerdotes con tocados egipcios y falda corta…

Uno se queda extrañado ante una escena conocida como “El Rapto”, donde un grupo de mujeres, cogidas por las manos, son arrastradas por un extraño tipo con casco hacia lo que podría ser una casa o una nave con destellos. Ojo, como siempre, sólo me limito a plasmar lo que se ve; cada cual es libre de pensar lo que quiera.

En otra pared se muestra en su grandeza lo que se conoce como “El gran Dios Marciano”, como así lo llamó Lhote. Una figura de seis metros de altura, portando un casco con un único ojo, una vestimenta con costuras y pliegues, y a la que sólo se le distinguen cuatro dedos en cada mano.

Carlos, ponte aquí - Manuel insiste en utilizar su cámara-. Quiero que me respondas a una serie de preguntas que te haré sobre tus impresiones.

Mi aspecto es bastante lamentable como para estar delante de una filmadora. Estoy sucio, llevo el cabello engrasado, llevo una barba de varios días… Aunque llega un momento en que todo te da igual.

Así transcurre toda la mañana, contemplando estas maravillas. Es como estar en un museo el aire libre.

El desierto nos comienza a pasar factura, por lo que estoy viendo. Georgi tiene el rostro al rojo vivo, mientras que Manuel está de un colorado chillón en todas sus partes visibles. A mí me está afectando en los intestinos.

Lo curioso es que después de tantos días el cuerpo queda tan reseco que apenas olemos, pese a que no podamos asearnos de ninguna forma. Se supone que nos corresponden dos litros de agua diarios, pero durante la ascensión al Tassili, uno de los burros soltó su carga y la mitad del agua se desparramó entre las rocas.

Mi cámara se está quedando sin pilas. Debe quedar lo justo para la expedición de mañana.

Llegado el mediodía, los tuaregs quieren que regresemos al campamento. Mohamed pretende que la suelte algunas frases en español, las suficientes como para enamorar a una chica. Me río de la ocurrencia; así que le explico la historia de Casanova.

Es una magnífica oportunidad para hablar con él y de la historia de su pueblo. El término Tuareg o Targi en singular, se aplica a numerosos grupos que comparten un idioma y una historia comunes.

Étnicamente, hay Tuaregs de ascendencia bereber y de diversos grupos del África negra. Probablemente se fueron desplazando hacia el sur debido a presiones varias, y protegidos por sus montañas y por el desierto, conservaron su lengua (tamasheq) y su civilización. Debido a la asimilación de elementos étnicos muy variados, los tuareg tan solo se distinguieron por sus costumbres: uso del velo (negro o azul), nomadismo, pillaje, matriarcado, libertad de costumbres.

Sus tribus formaban confederaciones. Las caravanas de camellos Tuareg jugaron un papel importante en el comercio trans-sahariano hasta mediados del siglo XX, cuando los trenes y camiones cogieron el relevo. Las colonizaciones y el establecimiento de fronteras entre los estados supuso el fin de las confederaciones Tuareg y las rupturas familiares en Argelia, Libia, Malí, Níger i Burkina Faso.

En 1963, se produjeron las primeras revueltas Tuareg. Las sequías de 1973-1974, y las de 1984-85 acabaron con casi la totalidad de sus rebaños y de su economía nómada, y forzó a muchos Tuareg a tener una vida más sedentaria en los suburbios de las ciudades que bordean el Sahara, o a emigrar hacia otros países como Argelia, Libia y Nigeria. El idioma Tuareg (Tamasheq) en sus muy variados dialectos, forma parte de la herencia común Bereber.

Son los únicos que siguen conservando la escritura Bereber, llamada Tifinagh. El uso del Tifinagh se fue perdiendo en casi todos los territorios berberófonos, siendo mantenido tan solo por los Tuareg para transcribir su idioma, el tamasheq.

Entre los tuareg de Argelia, Malí o Níger, el tifinagh tiene variaciones, correspondientes a los diferentes dialectos de Tamasheq. Pueden cambiar la forma y número de signos, pero son inteligibles entre sí.

A finales del siglo XX, con el fin de normalizar la lengua se propuso un alfabeto, el tifinagh estándar, recuperando la escritura milenaria, -ya hasta entonces se transcribían mayoritariamente utilizando o bien caracteres árabes, o bien latinos- que ayudaría también a escribir todas las variantes de lenguas bereberes.

El signo de la ZAY en el alfabeto Tifinagh (que corresponde a una “zeta sonora”), se ha convertido en el símbolo de la “Gente Libre”, los Bereberes.

Cuando acabo de tomar notas, después de mi conversación con Mohamed, llegamos al campamento. Se me ha hecho corto este recorrido.

Toca comer más ensalada, pisto y coliflor. Yo lo único que quiero es descansar un rato.

Lo que daría por ducharme y afeitarme, pienso, mientras me tumbo en mi tienda de campaña. Cuando regrese a Djanet esos retretes militares, y el agua fría de las duchas, me van a saber a gloria.

¿Cómo demonios se cuela tanta arena en la tienda? Es algo que no acabo de comprender. Hay arena por todas partes, entre el caos de objetos y ropa. Tengo que tener la tienda cerrada con las dos cremalleras, si no quiere verme con la desagradable sorpresa de encontrarme una víbora cornuda en el saco de dormir. A estos bichos les encantan los lugares calientes.

Me despierto de la siesta con el retumbar de los tambores. Los tuareg asoman en lo alto de una colina. Me dirijo hacia allí para comprobar que ya están todos mis compañeros de viaje. Manuel está grabando esta orgía de tambores.

La puesta de sol es única. Nos quedamos embobados viendo cómo cae el sol, entre los magníficos colores cálidos del atardecer. Esta es la última noche en el Tassili.

Camino por una superficie plana, una meseta de grandes dimensiones, con una piedra oscura que evoca Marte o la Luna. Mi mente se pierde en las evocaciones de lo que pudo suceder en el Tassili hace miles de años, y cuyas conclusiones abordaré al final de esta crónica.

Regreso al campamento antes de que anochezca por completo. Durante la cena, nuestro cocinero, nos habla en francés de sus orígenes tuareg. No conoce ni siquiera Argel, no le interesa lo más mínimo. Asegura haber tenido mucha suerte por estudiar hasta los 10 años de edad, cosa que sus hermanos no pudieron hacer.

Afirma no estar interesado en casarse. A mí, simplemente, me parece que es homosexual por sus ademanes. Como es de suponer jamás declarará esta condición entre los suyos, gentes que se vanaglorian del número de esposas e hijos a su cargo, como si ello fuera indispensable en la vida de cualquier hijo de Dios.

Después del cocinero, toma el relevo en la palabra Manuel, que nos cuenta una nueva historia sobre la Gran Pirámide y lo que representa en nuestras vidas.

Cómo echo de menos ahora a esas almas que marcaron mi vida para siempre. No hay contaminación lumínica en el cielo estrellado, y es una delicia contemplar la luna llena, tumbado al raso.
Nos retiramos. Es hora de dormir. Mañana nos espera un día duro.

Me levanto muy adormilado; tanto, que no percibo que estoy en una cueva. Al salir de la tienda, e incorporarme, me golpeó la cabeza con una roca, con tal fuerza, que caigo redondo al suelo. Me toco la cabeza y palpo una enorme brecha de la que sale sangre a borbotones. Lo que me faltaba.

Corro en busca de ayuda y Belén realiza unas primeras curas con agua limpia y agua oxigenada. Me siento mareado; probablemente necesitaría algún punto de sutura, pero no quiero quejarme ante los demás. No sería justo.

La expedición del día de hoy nos traslada de nuevo hasta Jabbaren, en una zona nunca visitada por turistas. El shemag para cubrirse del sol, el pañuelo del ejército inglés a modo de turbante, me está viniendo de perlas para tapar la herida del sol y las moscas.

Llegamos a esta zona inhóspita, donde comienzan a distinguirse las primeras figuras de los llamados “cabezas redondas”, los dioses de la antigüedad que bajaron del cielo. Estamos acompañados de Mohamed y Lait.

Más espasmos. Figuras de “cabezas redondas”, citados así por sus insólitos cascos, se encuentran esparcidas por doquier. Me parece distinguir lo que yo denominaría un centauro. ¿Qué hacen estos extraños seres aquí? Un fresco muestra a unos cazadores, con sus arcos, mientras unas medialunas en el cielo, les persiguen. Lo anecdótico, es que de las medialunas asoman los rostros de los “cabezas redondas”.

El viento comienza a soplar con fuerza. Pregunto a Mohamed por el nombre del viento: Ado.

Sobre unas rocas se vuelven a advertir las extrañas figuras de los seres de cuatro dedos en sus manos. ¿Por qué los pintaron así los hombres prehistóricos?

Me da pena contemplar el deterioro de algunas de estas pinturas, a causa de los calcos de Henry Lhote, quien usó agua y esponja para poder así utilizar papel con el que dibujar lo que veía. Los calcos se exponen, en ocasiones, en el Museo del Hombre, en París, donde pronto me dirigiré. Pero esa ya es otra historia.

Entre lo insólito, un animal parecido a un escorpión, pero sin aguijón. Allá distingo, en otra pared, un rostro con ojos alargados similares a cuencas. Más demonios o djinn, como los denominaba Mahoma, refiriéndose a los duendes o diablos. Estos se observan en todas las rocas, junto a “cabezas redondas” de ropas ceñidas.

Es hora de comer. Nuestra última comida en el Tassili a base de arroz y queso.

Partimos en dirección hacia Djanet a las 14 horas. El descenso es más pesado de lo que uno pueda suponer. Los tobillos se tuercen continuamente entre las piedras. Son tres horas de caída, donde las chicas parecen llevarse la peor parte.

Solan solan -. Nos recuerda nuestro guía, Lait, cuyo significado, en español, sería “poco a poco”.

Alcanzamos la base de la montaña exhaustos, y sin una sola gota de agua en nuestras cantimploras. Aquí nos están esperando los todoterrenos, el único lugar que pueden alcanzar estos vehículos.

Ya era hora de regresar al hotel de Djanet, el oasis y capital del territorio tuareg. Tal y como alcanzamos éste me lanzo raudo hacia las duchas. Todos me imitan y corren veloces a por el agua. Me da igual el frío, me importa un pimiento que el agua que corre del grifo de las duchas tenga un sospechoso color marrón.

Manuel nos trae unas cervezas sin alcohol, compradas en alguno de los tugurios de este pueblo. Su sabor es refrescante. El mundo árabe tiene prohibido el alcohol, de ahí que no haya más posibilidad que esta bebida.
Me siento como nuevo, después de afeitarme.

Tassili (cuarta parte)Tassili (cuarta parte)498 picturesOct 11, 2008

Como un niño con traje nuevo salgo a la calle para descubrir que nos esperan unos guerreros tuareg que quieren agasajarnos con una danza tribal. El espectáculo te hace tragar tierra, pero me permite examinar luego, de cerca, una de sus antiguas espadas.

Es hora de irse a dormir. Ya no veo el momento de hacerlo. Serán unas horas nada más, pues a la una y media de la madrugada nos toca estar de nuevo en marcha. Nuestro avión parte a las 4,15 con destino hacia Argel.

Continuará…

Convertir este artículo en PDFSocialTwist Tell-a-Friend

SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (II)

19 Noviembre 2008

Desayunamos con tranquilidad. Los tuaregs nos vienen a recoger en sus todoterrenos desvencijados, con las lunas rotas y los motores trotados. Nuestro mentor conduce a todo trapo por las dunas, pues no hay carreteras hacia donde vamos. Cuando ya no queda más arena y sólo se distingue un paisaje en piedra, el coche se detiene.

Otro grupo de tuaregs nos espera. Son ocho en total. Nos sorprende el contagiante buen humor de Laif, nuestro guía. Suelta todo tipo de abruptos en varios idiomas, incluyendo el español. Gusta de llamar “Grossa” a Belén por su sobrepeso. Bromea para que no coma tanto en los próximos días.

La subida a la meseta del Tassili es impresionante. Hay que detenerse en varias ocasiones para recuperar el aliento. Creo que los días en el gimnasio están surtiendo su efecto, pues voy demasiado aprisa y debo contenerme para esperar al resto del grupo.

Tardaremos algo más de tres horas en alcanzar la cima, seguidos de los burros. El reguero de onagros se vislumbra en la lejanía, cada vez más cercanos a nosotros. Laif canta y los ecos de su voz resuenan en las montañas.

Debo tener cuidado, pues justo en una de las paradas hacia la cúspide, al poner mi mano sobre una roca y mirar en un extraño agujero, veo acurrucada una víbora cornuda. Su cabeza comienza a asomar lentamente para ver quién es el intruso que se acerca. Tonto de mí, que no me di cuenta de un monzón sobre estas piedras, marcando el refugio de una serpiente peligrosa. Alguien debió dejar esta señal allí; a partir de ahora estaré más atento a los monzones.

Mientras ascendemos Laif me cuenta que se siente orgulloso de ser tuareg. Al parecer, con la ocupación árabe le pusieron como “prénom” el de Mustaf; pero no quiere ni oír mencionar este nombre. No le gustan los árabes, ni sigue los aleyas de Mahoma. El pueblo tuareg es una población orgullosa que tiene sus propios preceptos.

Por fin logramos llegar a la cresta del Tassili. Nada más atravesar unas rocas aparecen de la nada las primeras pinturas. Nos quedamos extasiados. Detrás nuestro los burros se detienen y comenzamos a descargarlos de su peso.

Los tuaregs nos acomodan una zona, junto a unos riscos, donde tumbarnos y donde comer sobre una especie de tapete. Para celebrar la llegada tomamos un té.

Este improvisado campamento base se encuentra a 1.717 metros por encima del nivel del mar. Mi cronómetro, barómetro y altímetro, marca además la temperatura: 23º C en estos momentos. Se acerca la noche y llega el frío.

Comemos. Tengo la gran fortuna de que su comida es muy similar a mi dieta, ya que soy vegetariano. Todo está muy sabroso. Luego de almorzar nos dedicamos a montar las tiendas de campaña. Aún nos queda tiempo de ir a por las primeras pinturas rupestres.

Manuel, nuestro guía español, cree saber dónde están; pero después de mucho caminar nos damos cuenta de que estamos perdidos. Para colmo, Mercedes se hace una torcedura en el tobillo. Parece un esguince.

Justo cuando estamos dando vueltas en redondo, aparece Laif gritando desde lejos. Quiere que regresemos al campamento y nos amonesta por ir en busca de las pinturas sin sus servicios. Cree que estamos locos, pues no seremos los primeros extranjeros que se han extraviado en aquellas montañas desérticas.

En torno a una hoguera, Manuel muestra a Laif el libro de Henry Lothe. Mohamed, el tuareg que habla varios idiomas, se acerca. Cuando se les pregunta sobre el origen de las pinturas rupestres, las achacan a sus ancestros; como mucho, hablan de la intervención de algunos dioses. Pero ni mucho menos quieren oír hablar de historias de marcianos, cuando Manuel, entre las risas de los allí presentes, les intenta explicar el número de planetas que giran alrededor del sol. Nos morimos de la risa viendo las caras de los tuaregs. Estas buenas gentes no son capaces siquiera de imaginar otros países, como para hacerles entrever que existen otros planetas.

Mohamed nos cuenta una historia. Nos habla de cómo desenterraron gigantes durante la construcción de sus casas de adobe. Para ellos estos gigantes son los dioses. Sería un sacrilegio confesarnos dónde los enterraron, aunque pudiera tratarse de una fosa común, por lo que deduzco.

Cenamos cous cous y algo de ensalada, junto a la hoguera. Es hora de explicar anécdotas; así que Manuel saca de la chistera una de las suyas, y nos revela lo que son los números “fi”, el número áureo que se encuentra en algunas estelas de Babilonia y Siria del 2.000 a.C. y que representa el equilibrio.

Esa noche me pongo a cantar canciones con los tuaregs, con uno de ellos tocando una guitarra a mi lado. Acabamos todos bailando de cualquier forma junto al fuego. Este tipo de danzas, como bien nos detallan, se bailotean como te salga, sin más.

Al rato no quedan rescoldos, indicativo de que es hora de irse a dormir. En la tienda que me ha tocado compartir con Antonio siguen nuestras bromas. Diego y Silvia duermen en la tienda de al lado, y las chanzas no cesan.

No consigo dormir con el frío; se cuela por cualquier agujero de la tienda y te cala hasta los huesos. Hay un viento de una fuerza inusitada ahí afuera. Ahora echo de menos un jersey de cuello alto del que me desprendí en Djanet pensando que no lo necesitaría. Para colmo, aparte del frío, mi compañero, Antonio, duerme a pierna suelta y no para de roncar. Parece una motosierra. Mi reloj marca -5º C dentro de la tienda.

Amanece. Desayunamos pan con mantequilla y crema de cacao. Las necesidades mayores hay que hacerlas detrás de una roca, a cientos de metros del campamento para evitar que te coman las moscas. Pero el cuerpo no está para historias. Llevo reteniendo líquidos desde el comienzo de esta excursión, pues la aridez del desierto controla hasta nuestros cuerpos.

Enfilamos hacia Aouanguet, el primer destino donde se localizan algunas de las principales pinturas del Tassili. Avanzamos por un mar de lava solidificada cuando Laif detecta un charco de agua en medio de la nada. Silba desde encima de una roca para llamar la atención del resto de tuaregs que se han quedado en el campamento base. Pretende que vengan a llenar bidones con agua empantanada con la que luego prepararán sus tés. No quiero ni mirar, pues por el rabillo del ojo observo unas extrañas lombrices en la balsa. Y es que el agua vale su precio en oro en esta latitudes.

El paisaje que se observa es desolador. De tanto en tanto nos topamos con algún ciprés milenario que se niega a extinguirse. Todo lo que atisbamos es desierto y seco, bajo un sol abrumador capaz de matar en minutos a cualquier animal.

Nos detenemos frente a un wadi, un río seco que delimita la frontera con Libia. Un pájaro que Laif identifica como el “volá volá”, similar a un verderón, se para enfrente nuestro. Laif afirma que es un buen augurio, pues este pájaro solo trae buenas noticias.

Aouanguet. N 24º 28,647’ E 9º 39,932’ El lugar está plagado de frescos decorando todas las formaciones rocosas. El arte figurativo es amplísimo, y entre tanta figura, nos entrenemos en aquellas que no tienen explicación posible, al margen de los cuantiosos animales que sí se pueden identificar.

Un hombre con una extraña máscara. Una especie de carro en el que se distingue un ser manipulándolo, pero con unos insólitos chorros de fuego saliendo del propio carro. Algo similar a platillos o sombreros por encima de las cabezas de los hombres prehistóricos. Ideogramas que me recuerdan a los del Egipto clásico por sus representaciones genéricas que simbolizan casas. Lo que parecen buzos por sus escafandras. Escritura anterior a la bereber, y de la que se desconoce su significado. Más buzos o gentes con máscara que J.J.Benítez tildó como “cabezas redondas”, de los que parten tubos desde sus bocas. Hombres con algo parecido a una armadura mallada. Camellos sobrevolados por chocantes artilugios. Un hombre operando un panel con instrumentos. Seres con cabeza de hormiga o antenas y cuatro dedos únicamente en sus manos. Una cazadora con cuernos enormes a modo de casco…

No paro de dibujar y fotografiarlo todo. Es de lo más raro todo; no hay explicaciones para tanto simbolismo, por mucho que la lógica se empeñe en dar con algún esclarecimiento de lo que vemos. No hay razonamiento posible y más vale dejarlo así, por ahora.

En un inciso aprovechamos para comer y echar la siesta. Cuando el sol ya no me deja ni respirar, me voy a hacer mis necesidades. La suerte me traslada hasta una cueva donde descubro alguna que otra pintura rupestre inédita, nunca vista hasta la fecha por hombre alguno. No es nada nuevo ni extraño. El motivo son las vacas, que tanto se muestran por este valle y de las que dependían aquellos hombres antiguos.

Para las fotografías, los tuaregs no quieren que usemos flashes para no deteriorar las mismas. Nos lo suplican, pues los responsables del Parque del Tassili suelen venir, en ocasiones, para comprobar los desperfectos causados por las distintas expediciones.

Es hora de regresar al campamento base. Mi reloj marca las 16:14. Tardaremos otras dos horas en llegar. Hay que estar en muy buena forma para soportar estas condiciones con una escasa cantimplora de agua por persona y trayecto.

Nos espera un refrescante té. Aprovecho para cambiar la tienda de sitio. Me he fijado que los tuaregs montan las suyas debajo de los peñascos para resguardarse del frío, así como también se construyen una especie de igloos de piedra. Yo también hago lo mismo e introduzco la tienda en este tipo de refugio.

Detesto no asearme, pero no hay otra. Es hora de cenar. Hoy toca pasta italiana y sopa de cebolla. La charla de esta noche versa sobre la propia antigüedad de la Esfinge y las pirámides de Egipto. Manuel cree que rondan los 12.500 años y nos cuenta su teoría al respecto.

Antes de acostarnos, Manuel juega con la exposición de su cámara fotográfica y logra escribir el nombre de su novia en el aire. Risas. Los tuaregs se empeñan en escribir sus nombres con el mismo truco.

Esa misma noche logro conciliar el sueño, por fin. Nada de frío y nada de ronquidos. Sólo queda descansar.

Continuará…

Más información:
Número Fi

Convertir este artículo en PDFSocialTwist Tell-a-Friend

SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (I)

12 Noviembre 2008

Vuelo AH2007 de Air Algerie. 11 de octubre. 13:30 horas.

Partimos hacia Argel, saliendo desde el aeropuerto de Barajas. Desde los altavoces nos anuncian que llegaremos a la capital de Argelia a las 15:54 hora local. Una hora menos, según mi reloj que todavía conserva la hora española.

Miro las alas de este curioso avión, cuyos extremos se encuentran doblados hacia arriba. Durante el vuelo sufrimos turbulencias, premonición de lo que está por llegar.

Aprovecho para rellenar la primera hoja de entrada al país, una de las muchas que deberemos completar durante nuestra estancia. Al mirar mi visado, extendido en Alicante, aunque soy de Barcelona, compruebo que puedo quedarme en el país noventa días más de lo inicialmente previsto.

Nada más aterrizar vemos llegar al guía local. Junto a él se encuentran dos coches patrullas de la policía. Nos escoltarán. Hay graves problemas con los turistas y no quieren que ingresemos en la estadística de turistas secuestrados o asesinados por el terrorismo islamista.

Seguimos al coche patrulla. La autopista está abarrotada de viejos cacharros que no se sostienen por ninguna parte. Por doquier se observan controles policiales.

Los árabes son muy dados a conducir de forma temeraria. Se saltan todas las normas de tráfico y conducen a tirones. Para no ser menos, nuestro convoy transita por el arcén, arengando a cuantos se interponen entre los coches. Los policías asoman las cabezas por las ventanillas, gesticulan y berrean en su lengua. Nuestros taxistas también sueltan las manos de sus volantes, clamando a Alá.

A las 18 horas llegamos a comer a un sitio típico de Argel. El grupo, compuesto por ocho personas, se narra sus batallitas por el globo.

Regresamos al aeropuerto. En el primer control de seguridad detectan la porra extensible que siempre llevo conmigo en todos los viajes problemáticos. Les convenzo de que se trata de un trípode plegable, y me dejan pasar. Por Dios, tengo que ocultarla de alguna otra manera.

Facturamos el equipaje y nuevo control policial. Nada más entregar la hoja de entrada al país, tropezamos con otro control.

El autobús nos deja en las mismas puertas del avión; si bien las maletas te las tienes que subir tú. No me lo puedo creer. Las maletas de todos los viajeros se encuentran desperdigadas por la pista de aterrizaje. Todo el mundo corre para no perder de vista su equipaje. Yo subo mi mochila al carro que gritan pertenece al vuelo que te lleva a Djanet.

Cómo no, nuevo control de seguridad antes de subir las escalerillas del avión.

No llevamos resguardo del asiento. Aquí cada cual se busca la vida y te sientas donde te apetece. No hay primera y segunda clase. Esto es Arabia.

Ahora me río de lo sucedido en estas últimas horas. De cómo los autobuses están a reventar de árabes aprisionados, y de esas manías que tienen de arrimarte la cebolleta a tu culo. La picaresca está a la orden del día. Transportando las maletas, mochilas y tiendas de campaña en un carro, un argelino se presta a llevar el mismo por un euro. Nuestro guía español, Manuel Delgado, le paga; y cuando cree que nadie le presta atención a los últimos de la expedición nos vuelve a pedir su propina de un euro, haciendo ver que nadie le ha pagado. Como no caemos en su trampa, el árabe desaparece mascullando contra los infieles.

Llegamos a las cuatro de la madrugada. Nuevos controles nos esperan. Y dos fichas más a completar.

Los hombres azules, los tuaregs, nos están esperando. Sin decir nada nos transportan por el desierto, en un Toyota desvencijado, hasta el oasis de Djanet, la capital del territorio de Argel, al sur de Argelia, a veinte kilómetros de distancia del aeropuerto.

Hay una ventisca y la arena se cuela por todas partes, dentro del 4×4. El marcador de gasolina del todoterreno no funciona. Me pregunto cómo averiguará el conductor para saber cuánta gasolina le queda. ¿Qué pasaría si nos quedáramos sin combustible? No quiero imaginarlo.

Voy en el asiento delantero, compartiendo el mismo con un tuareg. Y llegamos a Djanet, al único hotel de este oasis convertido en un pueblo de casa bajas de adobe y barro.

Las habitaciones son deplorables, infestadas de arena, con un único camastro cuyo colchón está tan gastado que  se marcan todos los muelles que se encuentran debajo. Voy al baño para descubrir tres duchas de agua fría (cuando hay agua) y una letrina de cuartel, un simple agujero en el suelo para tus necesidades.

Todos los expedicionarios quedamos a las nueve de la mañana para comenzar la aventura. Me pongo el despertador de mi Suunto, el reloj que me sirve para tomar todo tipo de mediciones.

Desayunamos pan y mantequilla, con un café. Nos toca rellenar otro formulario para el hotel, otro de esos donde te toca argumentar qué haces en el país. Nada de indicar que eres periodista o te puede causar problemas. Así que me siento orgulloso de ser informático.

Antes de partir me ducho y afeito por última vez en varios días. Las primeras temperaturas de la mañana marcan 31 grados. Estamos a 960 metros por encima del nivel del mar. El tiempo es muy soleado, propio del desierto.

Visitamos el Museo de Djanet. Fósiles, piedras, hachas, puntas de flecha, cazos, vestimentas, tiendas para el desierto… allí hay de todo, propio de tiempos antiguos. Uno de mis acompañantes, Diego, fascinado por los libros de J.J.Benitez, le pregunta al guía tuareg sobre unos símbolos: palo, cero, palo.  Este le e contesta con su significado: “los que se fueron”. El guía nos dibuja los emblemas de lo que él considera tuareg antiguo. Algunos de estos símbolos cree reconocerlos, pero otros no sabría cómo traducirlos.

Después de esta visita nos acercamos hasta el zoco, un mercado donde se vende de todo. Sólo nos interesa la artesanía de plata. Compro algunos medallones y el típico turbante azul.

A las 17:49 llegamos a una zona de dunas conocida como “El lugar de los vientos”. Lo curioso es que los tuaregs no distinguen entre vientos. Para ellos sólo existe un único céfiro.

Hemos llegado hasta aquí en los todoterrenos. Nos sueltan en pleno desierto y se van. Los expedicionarios nos quedamos solos en pleno desierto. Risas. Al poco de comenzar a andar divisamos entre las rocas los primeros grabados. Se trata de efigies de vacas que lloran. Por aquí y por allá hay formaciones rocosas en mitad de las arenas calientes. Una roca se asemeja a un elefante, de forma vaga, en sus contornos.

Nos tumbamos a contemplar la puesta de sol. Los colores del desierto son inenarrables. Las chicas se deslizan por las dunas, cuesta abajo. A lo lejos se divisa la choza de una familia tuareg. Nos encontramos a diez kilómetros de Djanet.

Por la noche tomamos un té en la plaza de Djanet. Cenamos a eso de las ocho. ¿He hablado de mis compañeros de viaje? Ya va siendo hora de citarlos.

Por una parte está nuestro guía español, experto en egiptología y viajero incansable. Ha sido colaborador del desaparecido Fernando Jiménez del Oso. También ha escrito varios libros. Le acompaña su novia, Georgi, periodista y corresponsal en España del diario rumano “La Verdad”.

Antonio, granadino, es otro viajero nato, que ha perdido la cuenta de los países que lleva recorridos. Tiene más datos que la Wikipedia. Te bombardea constantemente con todo tipo de información. Belén es una gaditana muy divertida y que no para de hablar. Resultará una amiga excelente, que incluso me regalará una rosa del desierto. Diego es otro aventurero e interesado en lo oculto al igual que yo. Dice haber vendido su coche para realizar el viaje de su vida al desierto. Su estancia se prolongará unos cuantos días más de la nuestra. Silvia, su novia, le acompaña. Una chica muy guapa, de amplia sonrisa, que estudia para convertirse en juez. Ambos son vallisoletanos, pero viven en Madrid. Nos queda en el tintero Mercedes, una funcionaría que no calla ni a tiros, pero buena persona y compañera.

Cuatro horas más tarde de comenzar a cenar toca irse a recoger. A las siete de la mañana hemos quedado para desayunar para comenzar la ascensión al Tassili. Los tuaregs nos llevarán hasta la base de la meseta donde dará lugar nuestra aventura.

Galerías de imágenes del viaje

Tassili (primera parte)Tassili (primera parte)285 picturesOct 11, 2008
Tassili (tercera parte)Tassili (tercera parte)260 picturesOct 16, 2008

Continuará…

Convertir este artículo en PDFSocialTwist Tell-a-Friend