EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (y IV)
13 Octubre 2009
Remontar el Nilo es una de las experiencias más maravillosas que existen, desde el Nilo Medio, comenzando por Asuán, hasta el Nilo Inferior, el del delta, que aboca al Mediterráneo.
Subiendo la corriente del Nilo hicimos las últimas paradas en Abydos, Menfis, Dendera, Saqqara, y Dashur, terminando nuestra aventura en El Cairo, de nuevo, donde pasamos la noche para amanecer cabalgando hasta Gizeh, en cuyo promontorio vimos uno de los amaneceres más precioso de nuestras vidas, con Ra apareciendo por el horizonte.
Abydos era el primero de los lugares sacramentales para el creyente egipcio, el equivalente al Jerusalén del cristiano, y donde se albergaba la tumba de Osiris, el dios de la muerte y de los muertos. Primero se interpretó como tumba del dios, y luego se convirtió en el sepulcro de Dier, de la Primera Dinastía
Desde tiempo inmemorial Abydos era el lugar de reposo de las almas de Sequem: los reyes tinitas, sus cortes, sus harenes, sus legiones de siervos. Allí se veían a cientos las estelas sepulcrales que señalaban sus últimas moradas. Abydos había sido para Thinis, la primitiva capital, lo que Sakkara para Menfis, cuando ésta no tenía aún la categoría de sede regia y balanza del país.
La elección de Abydos como centro del culto de Osiris se produjo ya durante el Imperio Antiguo, y de la fama de que gozaba como lugar santo en el Primer Período Intermedio tenemos pruebas en la “Doctrina para el Rey Merikaré”, en que la ciudad de los muertos fue asaltada y destruida por las tropas del Akhtoes III de Heliópolis, causando a éste una herida moral de la que nunca se recuperó.
Abydos es para mí uno de los templos más bonitos del antiguo Egipto, por sus piezas esculpidas sobre la pared. Si alguien cree que estos egipcios pintaban mal, por no saber recrear las figuras humanas, se equivoca. Su concepción del individuo de frente y de lado, sólo tiene que ver con simbología, y por eso se representaba así. En Abydos uno se da cuenta, viendo las paredes, que sus artistas nada tienen que envidiar a los grandes escultores de siglos posteriores.
Sin embargo, lo que sigue asombrando a propios y extraños es el palimpsesto de una de sus paredes. Se llama palimpsesto (voz griega que significa borrado nuevamente) al manuscrito o jeroglífico que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente (o no) para dar lugar a la que ahora existe.
El palimpsesto de Abydos, de uno de sus dinteles, muestra a primera vista un helicóptero, un avión, un tanque y una especie de aeroplano. El propio Georgeos Díaz encontró la solución en 1995 y la publicó en el Número 1 de la revista española Arqueología y Enigmas de la Historia en Abril de 1996, así como en las revistas La Esfinge: Revista de Egiptología y la Revista de Egiptología: Osiris. Posteriormente, y por consulta de otros estudiosos, Katherine Griffis-Greenberg, de la Universidad de Alabama (Birmingham, EEUU), miembro del American Research Center in Egypt y de la International Association of Egyptologists Special Studies, se corroboraron los resultados de Díaz.
En este palimpsesto se confunden los textos antiguos con los nuevos. En este caso se trata de una inscripción en bajo relieve. Para borrar el texto antiguo colocaron argamasa. Parte de esa argamasa cayó y así estaríamos en presencia de una superposición parcial de ambos textos. Díaz demostró que el viejo texto hacía referencia a Seti I con alguno de sus múltiples y largos nombres y fue cambiada por la de su hijo y sucesor Ramsés II, también a través de un seudónimo.
De allí pasamos a Menfis.
Junto al extremo sur del delta, los primeros reyes tinitas levantaron una fortaleza denominada “el Muro Blanco” (Ineb hedy). Para Herodoto y Manetón, fue Menes el constructor de dicha plaza fuerte, aunque otros autores afirman que fue Andyib (quinto o sexto faraón de la I Dinastía tinita). Sea como fuere, lo cierto es que los unificadores de Egipto comprendieron el interés estratégico de aquel emplazamiento, lugar en el que los dos rivales hallaban su equilibrio. “Horus y Set están en paz” -reza el Himno a Horus de la época de Shabaka (XXV Dinastía)-. “Están unidos los dos hermanos y no se combaten. Están en Het-Ka-Ptah, la balanza de las dos tierras, el punto donde los dos países se encuentran en equilibrio”. Actualmente se cree que sobre la vecina meseta de esta ciudad, fueron enterrados los primeros reyes tinitas, lo cual es cierto en lo que se refiere a los tres primeros reyes de la II Dinastía, cuya capital debía encontrarse por los alrededores.
Posteriormente, los reyes de la VI Dinastía establecerían sus pirámides y su capital muy cerca del “Muro Blanco”. Sin embargo, sería Pepi I quien daría a la capital el nombre de Menfis de una manera absolutamente casual: su pirámide, cercana a la ciudad, se llamó Men Nefer (que significa “Belleza permanente” o “estable en la Belleza”), palabra que los griegos traducirían por Menfis.
Dendera fue capital del nomo VI del Alto Egipto. La ciudad está situada en la ribera oriental del río Nilo, unos 70 kilómetros al norte de Luxor.
Dentro del templo hay doce criptas decoradas, y dos capillas funerarias de Osiris, de una de ellas procede el célebre “zodíaco” que se expone en el Museo del Louvre, en París.
Al sur del templo de Hathor, se halla el templo del nacimiento de Isis, decorado en tiempos de Augusto. En los “Misterios de Osiris“, Dendera fue una de las tumbas de Osiris, celebrándose allí la representación ritual de su resurrección.
En el templo se encuentran un conjunto de inscripciones y jeroglíficos, junto a enormes relieves y pinturas que no incluyen una sola palabra de texto, siendo dos los zodiacos que se encuentran allí, uno es circular (que es el mas conocido), y fue robado por Napoleón llevándolo a Francia en pedazos, encontrándose hoy en el Museo del Louvre, para el museo este calendario circular era un calendario astronómico.
El otro zodíaco, rectangular y menos conocido, está bellamente pintado con armoniosos colores, que aún se conservan, y ocupa una larga franja a todo lo largo del techo de la sala hipóstila.
Una característica que le brinda especial importancia al Zodíaco de Dendera es la relación que establece, con el nacimiento del la civilización egipcia a partir del éxodo de los atlantes, según la teoría de Albert Slosman, profesor de matemáticas y miembro del equipo de la NASA, que se ocupó de las sondas Pioneer a Júpiter y Saturno. De todo ello ya hablamos en este otro artículo dedicado exclusivamente al tema.
Saqqara es la primera manifestación de los avanzados conocimientos en todos los campos de los sacerdotes de la Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, cuyas ruinas llegan hasta nuestro tiempo.
Allí se usaron por primera vez bloques modulares de piedra para construir un edificio, y se tallaron hieroglifos en los muros con los primeros textos religiosos de la historia. Allí se construyó un enorme complejo subterráneo. Doce pisos bajo tierra, con cámaras y galerías decoradas con las primeras baldosas de cerámica horneadas por el hombre. En estas cámaras, bajo tierra, se encontraron más de 40.000 urnas, cuencos y vasos de alabastro. ¿Para qué servían? ¿Qué lograrían al realizar con tanto esfuerzo túneles, cámaras y salones, 30 metros bajo tierra? ¿Iluminaron estos espacios con las bombillas a las que hemos hecho referencia? ¿Por qué las construcciones son volúmenes macizos de piedra sin ninguna utilidad aparente?
Saqqara es uno de los misterios más grandes de Egipto. Su historia nos revela las más increíbles respuestas, comenzando por el genio multifacético, el fabuloso personaje que la diseñó y de la que dirigió su construcción.
El arquitecto Imhotep, cuyo nombre significa el sabio que viene en paz, sumo sacerdote de La Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, tiene uno de los lugares destacados en la historia del hombre. Fue Primer Ministro, Gran Visir y Canciller del faraón Djoser, que reinó en la tercera dinastía alrededor del año 2800 antes de Cristo.
Imhotep nace un 31 de mayo, hijo del arquitecto Kanopher y de su mujer Kreduhuonc. Unas pocas estatuillas lo muestran como un ser sencillo, vestido con la sobriedad de un monje. Padre de la arquitectura, pasa de la madera y el barro cocido a los bloques modulares de piedra, diseña las primeras columnas talladas con flores de loto en el capitel, los más refinados detalles arquitectónicos…
Fue el primer filósofo de la historia del hombre; se dedicó a pensar y a analizar conceptos fundamentales, como espacio, tiempo, volumen, la naturaleza de la enfermedad, la existencia de Dios y de la inmortalidad. Expresa la base conceptual de la civilización egipcia, como el movimiento de la conciencia hacia Maat, hacia lo justo, lo recto, lo armónico y lo equilibrado. Platón nos dice que la historia que le contaron a Solón los sacerdotes egipcios sobre la Atlántida, se remonta a Imhotep. Astrólogo y astrónomo, realizó el primer registro sistemático de la bóveda celeste, dejando los primeros mapas de las constelaciones. Demuestra su conocimiento de la precesión de los equinoccios al usar los cambios de era para determinar las etapas de revelación en el desarrollo espiritual de la civilización egipcia. Pero fueron las grandes dotes de Imhotep como médico, las que le dieron su popularidad. Sólo 50 años después de su muerte, el faraón Micerinos le dedicó un templo, que fue sitio de peregrinación y curaciones milagrosas.
Los griegos que estudiaron en Egipto y que le cambiaron el nombre a todo, lo llamaron Asklaepios o Esculapio para marcar sus logros como médico. También lo llamaron Hermes Trismegistus, el tres veces grande, por sus dotes como filósofo y físico que reveló las bases de cómo funciona el universo. Imhotep fue el primero en recopilar información sobre cómo diagnosticar y curar muchas enfermedades.
Dashur es el extremo sur de la extensa necrópolis de Menfis, cuyo punto más al norte está constituido por la ciudad de Giza. Sin embargo, la relación que une a Dashur y a Giza no es sólo la gran urbe de la que formaron parte: en realidad, se dice que las pirámides de Dashur, ambas muy peculiares, fueron las antecesoras de las famosas pirámides de Giza, hoy símbolo del antiguo imperio egipcio.
Dashur es el hogar de una construcción piramidal única en todo Egipto. Conocida como la Pirámide inclinada (aunque también ha recibido otros denominativos, como desmochada, falsa o romboidal) fue construida por Snofru, faraón al que se le adjudica la edificación de muchísimos monumentos de la antigüedad.
Sin embargo, lo que más llama la atención de esta última parte del viaje, es una historia que nos contaron una noche sobre lo que aconteció en este lugar. El relato de más abajo, en cursiva, nos fue narrado por el guía que nos acompañaba, a dos de los que integrábamos el equipo de este reportaje.
Serían mediados de febrero de 1978 cuando un grupo de arqueólogos israelíes comenzaron las excavaciones junto a la gran pirámide de Snofru, en Dashnur. Hasta entonces ni esta pirámide ni las colindantes habían sido penetradas, ya que se encuentran en un campo de operaciones militares de Egipto. No obstante, como entonces reinaba un espíritu amistoso entre Egipto e Israel, el presidente Anwar Sadat concedió el permiso para abrir paso.
A unos 15 metros de profundidad al norte de la pirámide, la pata del trípode de una cámara de fotos topó con una cosa blanda. Se trataba de algo plástico, utilizado de relleno, que ante la presión y el peso de la cámara acabó cediendo, según las investigaciones.
El dueño del trípode se agachó a mirar por el hueco redescubierto y vislumbró una especie de caverna. Tras rastrear y limpiar toda la caverna, el hallazgo era evidente. Se trataba de un misterioso objeto de forma circular, de 120 centímetros de diámetro y 3 metros en el centro en la zona más grueso. El material podría ser metal suave y brillante.
Al principio, elucubraron en torno a los restos, pero observando la caverna con detenimiento pronto se percataron de que esto no eran restos egipcios. Dos de los arqueólogos descendieron a la caverna y allí encontraron equipos electrónicos en perfecto estado, lo cual suponía una gran dotación de sofisticadas y ultramodernas armas.
Los descubridores decidieron comunicar el hallazgo a su gobierno, pues de enterarse los egipcios del hallazgo, éste quedaría confiscado al encontrarse en suelo propio. El fotógrafo dueño del trípode había tomado multitud de fotografías que llevaría hasta Tel Aviv y allí se las mostraría a las autoridades. Mientras tanto, el resto seguiría cavando bajo una lona para evitar se supiera nada acerca del descubrimiento. Un descubrimiento al que definieron como una nave espacial.
Una vez las autoridades israelíes y el grupo militar Zahal tuvieron las fotografías en su poder, decidieron llevar a cabo la “operación Entebbe”. La operación consistía en cómo hacerse con el objeto sin que los egipcios lo confiscaran.
Así pues, serían tres aviones Hércules 103 E, los aviones que utilizarían para transportar la nave espacial y un Hércules 103 H para cargar las 10 toneladas de un camión de arrastre. Uno de los tres 103 E se encargaría de trasladar todo a un hospital de campaña y el otro trasportaría armas ligeras, jeeps y cincuenta comandos cada uno. Por si fuera poco, un escuadrón de aviones F4 estaría dándoles la cobertura necesaria para la operación.
En la pirámide de Snofru, por su parte, esperarían los nueve jóvenes arqueólogos, que vieron llegar a los aviones sobre las 13 horas. El Hércules convertido en hospital de campaña sería el encargado de trasladar a estos hombres a Israel.
La otra orden establecida era idear un perímetro de defensa alrededor de la pirámide. El camión se introduciría en la caverna, mientras los comandos emplazaban cables y ganchos de la nave para asentarla en su nueva plataforma.
Posiblemente los israelíes debieron prever que sus aviones serían localizados mediante el radar, pero no le dieron importancia. Así, un contingente de egipcios se acercaría a los pies de la pirámide. La contienda estalló. Mientras, dentro de la caverna, se trabajaba duro en los ajustes de la nave sobre la plataforma, fuera, otro nuevo contingente egipcio, más poderoso que el primero, que había acabado retirándose con bastantes bajas, llegaba. Los israelíes habían venido bien equipados.
Una vez estando la nave en el camión, los jeeps la rodearon enarbolando sus ametralladoras calibre 50. Los F4 ayudarían a la hora de limpiar el campo de batalla, mientras los aviones israelíes intentaban despegar bajo una ingente lluvia de balas egipcias. Éstos fueron ganando terreno y posición, mientras que los egipcios resultaron con tres comandos heridos, cuando finalmente partieron. Los israelíes consiguieron hacerse con su preciado botín.
¿Leyenda urbana o realidad? Personalmente me parece demasiado fantástico para ser cierto, pero he aprendido a no aventurarme en lo que desconozco, y a no sacar falsas conclusiones, pues a veces la realidad supera a la ficción.
Nuestra aventura tocaba a su fin. La última noche amanecía en la meseta de Gizeh, después de cabalgar unos minutos, sólo para llegar a contemplar la salida del sol sobre las pirámides. Un espectáculo maravilloso, que impregnó mis retinas para siempre.
Quedan todavía muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo: ¿hubo una civilización anterior a Egipto? ¿Realmente fueron los dioses quienes les enseñaron tecnología, tal y como aseguraban los egipcios? ¿Qué se esconde debajo de la Gran Pirámide? Y tantas dudas y más interrogantes que a uno le surgen, conforme se sabe más sobre esta gran civilización. Es una lástima que la arqueología oficial no esté más abierta hacia ciertas posibilidades, más allá de su empirismo de ciencia ortodoxa.
Con un pie en el avión que regresaba a Madrid, me despedí con lágrimas en los ojos de mis compañeros de viaje. Creo que no olvidaré las risotadas de Paloma, ni la bondad de Ana, o las explicaciones astrologicas de Mónica o los detalles sobre simbología que me ofrecía continuamente César. Fue un placer viajar con una gran iniciada como Mari Angeles, y con Socorro, Elvira, Julia y Maribel. Le doy las gracias a Diego por aguantarme como compañero de habitación, y mostrar mi admiración por compartir tiempo y espacio con un aventurero como él. Y mi más profundo agradecimiento al maestro, Manuel Delgado, sin cuyas explicaciones nada hubiera sido lo mismo. Como nos dijeron otros guías, en cierta ocasión: “Es una suerte viajar con Manuel, pues estáis con el mejor guía de Egipto“. Cierto, lo aseguro.
Nunca os olvidaré, amigos.







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