EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (I)

18 Septiembre 2009

Misterios Egipto

El Cairo, mes del Ramadán. Hace un calor asfixiante en esta ciudad. Acabamos de llegar al hotel Piramisa y alguien propone ir a cenar a un Pizza Hut cercano.

No aparece en los libros, pero El Cairo cuenta con una población que supera los 20 millones de personas actualmente; siendo una de las ciudades más contaminadas del mundo, en gran medida porque hay 5 millones de automóviles corriendo a todo trapo por la metrópoli. Téngase en cuenta que el litro de gasolina en este país árabe cuesta igual que un litro de agua; por tanto no es extraño que la población disponga de un vehículo destartalado con el que moverse.

Hablando de coches, lo de esta gente con la circulación da auténtico terror. No respetan las señales de tráfico, ni las líneas continuas, ni los semáforos, ni los transeúntes… nada. De hecho, el guía nativo que nos acompaña durante el viaje, Amir, nos señala que es habitual esta forma de conducir y que nos vayamos acostumbrando. Cuesta un poco al principio, la verdad, porque para desplazarnos entre pueblos contábamos con un mini autobús que brincaba por los socavones de las calzadas y al que, de tanto en tanto, le daba por realizar adelantamientos indebidos que te tenían el corazón en un puño. Al producirse la maniobra de adelantamiento, cuando otro vehículo se aproximaba de frente, no se retiraban, sino que ambos aguantaban hasta que al final alguno de ellos se tenía que lanzar a la cuneta para esquivar la colisión.

Una de las anécdotas del viaje, relacionado con el tema, fue al volver de Jan el Jalili, el gran bazar o centro comercial donde se vende de todo, la carne cuelga de las paredes, y hay inmundicia allá donde pises. Al regresar al hotel de noche, subidos a uno de esos taxis negros con luces de Navidad (les encanta que sus coches parezcan burdeles de carretera), el taxista con las luces de cruce apagadas (no las usan nunca) y tocando el claxon constantemente (es el lenguaje que utilizan para comunicarse entre conductores, pues un bocinazo significa algo, dos “que te den”, tres es algo así como “aquí estoy”, etcétera), nos pide un dinero por llevarnos hasta el hotel, y se lanza a la carrera. Sí, tal cual, porque está desesperado por llegar. El tipo se salta todos los semáforos, y al llegar a una rotonda, se dispara el flash de un poste que le fotografía (y yo pensando que aquí no había radares). A todo ello que unos agentes del orden ven la infracción, y se limitan a insultarle en árabe. Como el taxista tiene prisa por salir de la rotonda, no mira quién viene al salir de la curva, y una vieja con un burka negro se interpone en nuestro camino. La vieja sale disparada por los aires, después de pasar por encima del capot; una de sus babuchas se queda colgando en el parabrisas. El conductor baja la ventanilla a mano, y le vilipendia a la mujer, mientras gesticula con las manos. Observo a la mujer caminar poco a poco, cojeando. El taxista le arroja un último insulto con un “Alá” intercalado, y arranca el coche a toda prisa. Llegamos a la puerta del hotel no sé cómo.

Esto es El Cairo, con sus vetustos coches, insalubridad por todas partes, tiendas abiertas las 24 horas del día, taxistas locos, contaminación que no te deja ver el horizonte, autobuses atestados por gentes que los cogen en marcha, bocinas de vehículos resonando a todas horas, llamadas a la oración sonando por los altavoces de las mezquitas, bueyes tirando carros por la ciudad, personas comiendo en la calle después de las seis de la tarde y en platos compartidos con sus vecinos, y muchísimos vendedores y no vendedores intentando pedirte o colarte algo por un euro a cada paso que das.

Nada más despertar, el equipo que me acompaña se dirige a visitar la fortaleza de Saladino, reminiscencia de aquel mundo árabe que destacó por encima del occidental y del que nada queda. Aunque el guía que nos acompañe se empeñe en que miremos al frente, yo observo a la derecha, y sólo distingo un barrio al que llaman la Ciudad de los Muertos y que me llama poderosamente la atención.

La Ciudad de los Muertos es un gigantesco cementerio que en su día, tras la ocupación del Sinaí por parte de Israel en la Guerra del Yom Kipur en 1973, fue utilizado por miles y miles de desplazados egipcios como vivienda. Actualmente varias decenas de miles de personas viven allí y sus hogares están en las mismísimas tumbas. Esta necrópolis habitada padece una extrema pobreza, una gran insalubridad y un más que peligroso índice de delincuencia. En la Ciudad de los Muertos, en las que se encuentran Mausoleos Reales de la época de los mamelucos, las mujeres tienden las ropas entre las lápidas, los niños buscan comida entre la basura frente a símbolos mortuorios, las bandas urbanas revolotean donde un día cientos de familias lloraron y rezaron por sus seres queridos. Este cementerio o barrio ya, parece irse comiendo poco a poco a la capital egipcia. Personas que no existen en los censos, gente que vive con los muertos, gente que vive y hace el amor aquí.

La fortaleza de Saladino está situada en el monte de Mokattam, en El Cairo, evoca recuerdos de su fundador, el gran Salah Eddín Al-Ayubi, más conocido como Saladino. Fue construida entre 1176-1182 al estilo de las fortalezas medievales. Para su construcción se utilizaron piedras de monumentos antiguos. La fortificación proporciona una vista panorámica de la ciudad. Fue la residencia de califas, sultanes, visires y pashas hasta los tiempos de Muhammad Ali, en el siglo XIX. Se divide en tres sectores principales: la fortaleza y muros del Este fueron construidos en época de Salamino (1176); del siglo XIX son la parte Sur, con los palacios y establos, y el sector que desciende la ladera por el Oeste, donde están la puerta principal y la mezquita del sultán Hassan. Otros monumentos de la Ciudadela son el museo de armas, el pozo Bir Usef, la mezquita Sidy Sariah y el Qasr al-Ablaq; este último fue mandado construir por el sultán al-Nasir en 1313, siendo destruido en 1824 por una explosión. El museo de armas es, con toda seguridad, el museo más cutre que haya visitado jamás, con apenas instrumentos visibles, y sólo una docena de fotografías que quieren aportar la sensación de una época dorada, pero que traslucen la decadencia actual.

Desde allí nos trasladamos al Barrio Copto. Entre los siglos IV y VII el Cristianismo se difundió por Egipto generando una importante tradición religiosa y artística. La expansión del Islam, a partir del siglo VII, provocó un drástico descenso del número de fieles cristianos en Egipto. Los árabes adoptaron el término “copto” para referirse a la minoritaria comunidad de egipcios cristianos. El idioma copto, heredero del lenguaje egipcio de tiempo de los faraones (que en vez de jeroglíficos utilizaba el alfabeto griego para su escritura), sobrevivió hasta el siglo XIII, cuando fue reemplazado por el árabe.

En el Barrio Copto de El Cairo se puede recorrer las estrechas callejuelas y visitar las hermosas iglesias, entre las que se destacan: la “Iglesia Colgante” el-Muallaqa (el templo cristiano más antiguo de El Cairo construido en lo alto de una puerta romana y plagado de huesos de mártires expuestos en vitrinas), San Jorge, Santa Bárbara, y San Sergio. Esta última ubicada donde, según la tradición, vivió la Sagrada Familia durante su huída a Egipto. Lástima que aunque los árabes promulguen su tolerancia con otras religiones, esto no sea del todo cierto. Durante nuestra estancia en la capital, 150 cristianos coptos fueron detenidos por fumar o comer en la calle, durante el mes del Ramadán. La multa por este delito es de 500 libras egipcias; para que nos hagamos a la idea, 7 libras egipcias son 1 euro. Esta intransigencia viene de muy antiguo, ya que fueron los árabes, después de la ocupación en el año 642, los que impusieron el Islam y su idioma, acabando con el egipcio copto y una posible interpretación de los jeroglíficos, hasta su redescubrimiento por parte de Champolion. Es más, como el Islam prohíbe el alcohol, fueron los árabes quienes arrancaron todas las vides de Egipto, acabando con la cosecha de vinos, las más populares en el mundo antiguo.

Raudos nos dirigimos al Museo de El Cairo. Este museo encierra algunos misterios, de los que no se cuenta nada en libros de historia, y que voy a comenzar a enumerar.

helice mastaba Sabu

Junto a la sala de las momias, hay una vitrina en la que se expone un disco circular que se asemeja a la hélice de algún vehículo. Fue descubierta en la Mastaba de Sabu (100-3000 aC) , durante las excavaciones de Walter B. Emery en enero de 1936. Todo ello está al norte de Saqqara, a unos 1,7 kilómetros al norte del Paso de la Pirámide de Djoser.

Sabu fue un alto funcionario o administrador de una ciudad o una provincia, durante el reinado de la Dinastía I. El interior de la mastaba era una subestructura de siete habitaciones ubicadas en un hoyo a una profundidad de 2,55 metros en el sustrato de grava y roca caliza. Las habitaciones estaban separadas por paredes de ladrillo de barro negro.

En la primera sala se encontraron intactas paredes de barro con restos de yeso y un techo de planchas de madera. La sala se llenó con 96 navíos de cerámica, algunos de los cuales llevaban el nombre del rey Den y de Sabu.

En la segunda sala fueron encontrados huesos de buey y restos de cerámica. En la tercera sala había 71 naves sin impresiones. En la cuarta sala fue encontrada la habitación casi vacía; solo se encontraron fragmentos de vasos de piedra y cerámica. La quinta sala era la sala funeraria. Contenía los restos de Sabu, y ésta fue la primera vez que un noble de la Dinastía I se encontró en la posición que originariamente se había colocado en el momento del entierro. Lo malo es que su tumba fue saqueada en algún momento de su historia.

Los objetos que se encontraron eran de cobre, sílex, 77 barcos de cerámica, cajas de marfil, huesos, flechas, piedras y vasos. Fueron encontrados, además, 48 navíos de piedra en la cámara funeraria, aunque estaban rotos.

Sobre una de las barcas se encontró un disco, junto a los sellos del rey Anedjib. El disco o hélice tiene un diámetro de 61 centímetros y una altura de 10, según las mediciones de Emery, con un tubo de casi 10 centímetros de diámetro en el centro. Emery sugirió que el artefacto podría haber sido tallado como imitación de una parte del navío, con un agujero central que originalmente fue diseñado para encajar en un pedestal. Fue tallado en esquisto, un mineral tan fuerte como el cemento y que se usaba en la construcción.

Vista superior Hélice Mastaba Sabu

William Kay sugirió que la hélice formaba parte de un ritual como lámpara de aceite con mechas. Curiosa interpretación. Dentro de la típica política de los arqueólogos y egiptólogos oficialistas, este objeto no es más que una bandeja o el pedestal de algún candelabro.

Ahora bien, si fue encontrado junto a un navío parecería lo que es, una hélice, o algún sistema de refrigeración de algo. ¿Pero de qué?

Pero los sustos no se acaban aquí. Ahora sí, expuesto a la vista de todos, aunque estuvo mucho tiempo en los sótanos del museo, en una de las vitrinas se observa el llamado “Planeador de Saqqara”, un objeto hallado en una tumba de la antigua ciudad egipcia de Saqqara que parece un avión en miniatura aerodinámico, tallado en madera.

Clasificado como “objeto de culto” por sus descubridores, este artefacto podría considerarse un “oopart”, un objeto imposible que no debería estar ahí. Su forma aerodinámica y sus detalles lo hacen parecer similar a un planeador moderno, lo que da lugar a especulaciones sobre la verdadera tecnología del antiguo Egipto.

Planeador de Saqqara

Dado que el aeroplano era un artefacto aún desconocido en la época del hallazgo, esta pieza fue archivada en una caja que se etiquetó como “modelo de madera de un pájaro”. Luego quedó almacenada en los subsuelos del museo de El Cairo. Fue redescubierta por el Dr. Khalil Messiha, cuando estudiaba modelos hechos por los antiguos egipcios. El descubrimiento fue considerado tan importante por el gobierno egipcio, que se estableció un comité especial de científicos para estudiarlo. Como resultado de sus hallazgos, se instaló una muestra especial en el hall central del museo, con el pequeño modelo de madera como pieza central. Fue etiquetado como “modelo de aeroplano”.

Para dilucidar las razones de la decisión del comité, sin precedentes en el campo de la arqueología, debemos considerar algunos aspectos del modelo. Tiene las proporciones exactas de una forma muy avanzada de “planeador a motor”. Este tipo de planeador tiene las alas invertidas, lo que se llama un ala “Reversedihedral”. Un tipo similar de alas curvadas se utilizó en el Concorde, y son ellas las que le dan a este avión un máximo de capacidad de elevación sin frenarlo.

Ahora bien, para probar la teoría del vuelo, Martin Gregorie, constructor y diseñador de planeadores de vuelo libre, construyó una maqueta a partir del Planeador de Saqqara para intentar probar sus posibilidades de planeo. Este alegaría, en sus conclusiones, que el Planeador de Saqqara nunca voló, al ser totalmente inestable y al no disponer de un estabilizador. El modelo pudiera ser una veleta, ya que apunta directamente y de manera constante con el viento, y no gira de un lado a otro. Martin Gregorie concluiría que el aparato no es otra cosa que un juguete o la citada veleta.

No obstante, el Dr. Kahlil Messiha construyó otro modelo para probar su eficacia aerodinámica. Su modelo era seis veces más grande que el original y le colocó un estabilizador horizontal. Con estas modificaciones significativas, Messiha pudo hacer volar su modelo.

Las sorpresas no se acaban ahí. Uno de los sarcófagos, escondido en unos de los rincones del museo, muestra unos increíbles agujeros de 20 centímetros de diámetro, totalmente circulares y que traspasan de parte a parte los asideros del sepulcro de piedra. Uno se queda estupefacto pensando en si será cierto que los antiguos egipcios disponían de enormes taladros mecánicos. Es más, estos mismos agujeros de broca los volvimos a ver en el templo de Karnak, días más tarde, junto a unos cortes de sierra totalmente rectos, en algunos de los bloques del tabernáculo.

Vamos a ver posibles explicaciones racionales, que afirman este particular, basándonos en las explicaciones de los egiptólogos, pues dicen estos que los sarcófagos y obeliscos de diorita fueron modelados con herramientas de cobre. ¿Cómo pudieron los egipcios trabajar cantos como la diorita, cuya dureza está un punto por debajo de la del diamante?

La verdad es que existen dioritas relativamente blandas y otras más duras y ricas en cuarzo. Las dioritas, al igual que los granitos, son rocas volcánicas (magmáticas) y guardan un parecido con estos, encontrándose siempre su dureza por debajo del siete en la escala de Mohs (cabe recordar que en esta escala el siete es el cuarzo). Pues bien, el sarcófago del museo tampoco está compuesto por diorita, sino por granito.

Actualmente se manejan distintas escalas de dureza y cada una tiene su propio ensayo y definición (las de Brinell, Knoop y sobretodo las de Vicker y Rockwell), pero la más famosa es precisamente la peor y la que encima suele tratarse como única: la escala de Mohs, que compara 10 minerales de dureza creciente, pone al talco en el 1 y al diamante en el 10; dando la falsa impresión de que éste es sólo 10 veces más duro que el talco, cuando en realidad lo sería más de 36 veces.

Aun con todo, ¿cómo fue posible esculpir en materiales duros estatuas tan perfectas como las del antiguo Egipto con herramientas de cobre?

Rocas del tipo diorita-granito, junto con calizas como el mármol y otras, han sido elegidas desde la antigüedad para la realización de esculturas, por su belleza y por su facilidad para “saltar en pedazos”. La fragilidad de estas rocas puede ser una ventaja para un buen artista, que con maestría las modela sin que se desmoronen. Y un cincel de cobre es una herramienta perfectamente útil para este fin, aunque otros metales puedan resultar mejores. El cincel tiene como misión principal el comunicar el impacto a la roca, que producido en el lugar oportuno (sólo con las vibraciones no controladas se podría destruir por completo la roca más dura), hace que se desprendan los trozos que el escultor desea eliminar. No importa demasiado que el cincel sea blando, es hasta necesario si se quiere alisar una superficie, eliminando los salientes con cuidado y sin rayarla.

El proceso de elaboración en la piedra, parece ser que se realizaba de la siguiente forma. La primera fase se realizaba en la misma cantera, en ella se perfilaba la forma aproximada. Esta fase era quizá la más peligrosa, ya que al martillearlas algunas se quebraban y terminaban siendo abandonadas allí mismo. Después se refinaban a mazo y cincel. El trabajo más delicado de los detalles era elaborado mediante raspado, normalmente con una azuela, para terminar con el pulimentado con arena o polvo de rocas igual o más duras (la cuarcita por ejemplo), aplicado mediante frotamiento con cuero.

Al pulimentarla, por muy dura que sea una roca, siempre se puede obtener polvo de esa misma roca y utilizarlo. Además al aplicarlo, se obtiene más polvo y más fino, con lo que a medida que trabajaban, obtenían mucha más y mejor materia prima para proseguir con el pulimentado hasta dejarlo, como se suele decir, “a punto de espejo”.

Existían multitud de tipos de taladros, de innumerables formas y tamaños. Cierto, aunque parezca todo lo contrario, los egipcios conocían las brocas.

La herramienta era tan común y utilizada desde las primeras dinastías que hasta palabras como arte (hemet), artesanía, artesanos y muchas otras, estaban constituidas por el signo de la barrena (berbiquí o taladro). Algunas de estas formas están representadas en la escritura jeroglífica, en las palabras de los dioses. Es curioso que leyendo el libro “El enigma de la piedra”, un egiptólogo como Christian Jacq, asegure que hay ideogramas de los jeroglíficos que no sabe lo que simbolizan, y muestra como ejemplo un símbolo que parece un taladro.

Pues bien, había taladros para rocas, para agujerar cuentas de collares de perlas, para hacer fuego e incluso vasos de piedra u otras aplicaciones. Con los pequeños taladros se utilizaba una especie de arco para hacerlos girar a gran velocidad de forma cómoda.

Los taladros de cobre eran “impregnados” del agente abrasivo (por ejemplo polvo rico en cuarzo depositado sobre la roca a taladrar), y tanto éste, como la forma y tamaño finales, dependían del destino que se les diera. Para taladrar también se mojaban en aceite o grasas, lo cual facilitaba enormemente el trabajo.

¿Cómo puede penetrar el taladro tan rápido en una roca tan dura, a veces hasta 2 milímetros por vuelta, como aseguran algunos investigadores?

La respuesta es simple, no es cierto que penetraran hasta 2 milímetros por vuelta. En las pruebas recogidas hasta la fecha se muestra que las marcas no son totalmente paralelas, que empiezan y terminan de forma aleatoria, ya que el tamaño de los surcos depende sólo del tamaño de grano del abrasivo (normalmente polvo de cuarcita). Cuando unos se rompían o desgastaban, entraban en acción otros (de ahí que los surcos tengan principio y fin, sean desiguales en tamaño y no sean realmente paralelos siempre). Lo que las penetraba era esencialmente el cuarzo contenido en cualquiera de las rocas trituradas empleadas como abrasivo. También se ha demostrado en los ensayos experimentales que esas marcas aumentan cuando se usan aceites o grasas a la vez; es decir, los taladros se lubricaban también. Sin lubricación las marcas son mucho más pequeñas, por tanto, más rozamiento trituraba el abrasivo y el agujero quedaba más suave, pero destruía más rápidamente el taladro.

Para muestra un botón, así que lo mejor será que el lector busque los ideogramas o jeroglíficos que representan a los taladros. Es más, existen representaciones de trabajadores egipcios usando taladros gigantes en las paredes de los templos. Vamos, que sí existieron los taladros y las brocas. Falta únicamente saber si estos se manejaban mediante algún ingenio manual o bien estaban conectados a alguna especie de batería rudimentaria.

La verdad es que, a medida que uno se adentra en el Egipto faraónico, la idea de algún tipo de electricidad primaria no parece tan descabellada. Larry Brian Radka, en su obra “The Electric Mirror of the Pharos Lighthouse” demuestra que la cantidad de combustible que se necesitaría para encender el famoso faro de la isla de Faros, o sea el Faro de Alejandría, no se hubiera conseguido ni reuniendo todo el carburante de Egipto. E importarlo habría resultado prohibitivo económicamente. Radka sostiene que el faro debía estar provisto de una lámpara con un arco entre electrodos de carbón, donde una simple chispa eléctrica saltaba entre los extremos afilados de unas barras cargadas con positivo y negativo, produciendo una luz intensa y cegadora. Radka asegura que la fuente debía ser una pila de líquido, conocida como pila de Lalande en el siglo XIX, realizada a base de vidrio, cobre, mercurio y lejía. Si se juntaban varias baterías de este tipo, en serie, bastaría para suministrar el voltaje adecuado y la corriente necesaria para alimentar un faro. Científicamente hablando, este tipo de pila no requiere fuentes energéticas externas, sino que basta con reemplazar componentes internos, cuando se gastan, para retomar su rendimiento.

En la obra “Edipo Egipcíaco” escrita por el padre jesuita Atasnasio Kirchner en el 1565, describe parte de un documento hindú con los pasos para construir una batería eléctrica. Aquí se lee lo siguiente: “Colocar una plancha de cobre bien limpia, una vasija de barro, cubrirlo con sulfato de cobre, y luego cubrirlo todo con serrín húmedo, para evitar la polarización. Después poner una capa de mercurio amalgamado con zinc encima del serrín húmedo. El contacto producirá una energía por el doble nombre de Mitra-Varuna. Se dice que una cadena de cien vasijas de este tipo proporciona una fuerza muy activa y eficaz”. También Plutarco observa en el Templo de Júpiter-Amón una “lampara perpetua” y así lo escribió en el Siglo I.

Podría parecer absurda esta teoría, si no fuera porque en Oriente Próximo se descubrió la llamada Pila de Bagdad, por parte del arqueólogo Wilhelm Koening, en 1938, en Khujut Rabu, a las afueras de Bagdad (de ahí el nombre heredado por el ingenio). La tinaja de loza que encontró estaba dotada de un tapón de asfalto, atravesado por una barra de hierro, con la sección inferior interna rodeada de un cilindro de cobre. Determinados zumos, hacían que esta pila generara voltaje. Incluso Arne Eggebrecht, un científico alemán, consiguió realizar galvanizaciones, al aplicar una pequeña corriente eléctrica, a partir de una pila de Lalande, para derretir y adherir una fina capa de algún metal, como el oro, sobre la superficie de otro, como la plata. Y ahora viene lo curioso: las joyas que se encontraron en la tumba de Tutankamon, y que vimos expuestas en una de las salas del Museo del Cairo. Lo extraño es que nadie se haya preguntado cómo es que hay un galvanizado electrolítico en las joyas de este faraón, cuando es imposible unir el oro y la plata, si no es con este método. Es más, algunas de las estatuas macizas de oro de esta época, se ha demostrado que en realidad sólo llevaban un baño de oro, lo que indica el uso de esta tecnología.

Que los antiguos egipcios conocían la electricidad y la aplicaban, no hay duda. La Pila de Bagdad parece ser la reminiscencia de un pasado remoto, en unos tiempos olvidados en la que la tecnología era mucho más avanzada. El Faro de Alejandría, curiosamente, tenía una altura de 280 codos reales del antiguo reino, la misma altura que la Gran Pirámide, construidas ambas con los mismos principios de geometría sagrada.

Los llamados “Textos de las Pirámides” mencionan constantemente “luces que nunca se apagan”. Christian Jacq, en una de sus obras, alude a ellas y apunta a que los egipcios desconocían cómo funcionaban estas lámparas, pues no se recargaban como los candiles. Los antiguos egipcios afirmaban, sin rubor, que las lámparas habían sido un regalo de los dioses.

Las lámparas, como no podía ser de otra manera, aparecen en el templo de Dendera. Nuestro grupo las vio en los subterráneos del templo, un lugar en el que apenas se puede respirar, y al que debes descender mediante unas escaleras de madera, totalmente precarias. También se podían apreciar en algunas marquesinas, en los techos. El mismo tejado, al que no pudimos subir, por estar protegido por vigilancia, cuenta con una serie de canales o pozos con restos de sustancias de los compuestos de las mencionadas pilas.

En los documentos de Deir El Medina, los que hacen referencia a la contabilidad diaria de todo el instrumental utilizado durante cada jornada de trabajo en la construcción y decoración de las tumba de los reyes, se hace especial hincapié en la necesidad de llevar a cabo una contabilidad estricta de las lámparas utilizadas diariamente en el trabajo. El sentido plural del término hace entender que eran varias las que se gastaban en un día y el balance exacto de las mismas, llevado a cabo por los escribas y los oficiales. Eso quiere decir que estas lámparas no eran candiles, y que se tenía mucho cuidado de las mismas.

El célebre templo de Dendera, consagrado a la diosa Hathor, como hemos dicho, conserva estas bombillas en sus paredes. Las imágenes esculpidas sobre la pared muestran dos individuos enfrentados. Cada uno de ellos carga con una especie de cristal de vidrio, en cuyo interior se observa una serpiente, que nace de una flor de loto. Uno de los tallos o cable va a dar a una caja o batería. En otro lugar del mismo templo de Dendera se repiten las bombillas, pero con la particularidad de que, en esta ocasión, son vigiladas por unos babuinos.

La flor de loto que aparece en la base de las “bombillas” es interpretada como luz. Desde el punto de vista simbólico, en el antiguo Egipto la flor de loto, seshen, debe ser entendida como una alegoría del sol y de la creación. La serpiente que aparece en el interior de estas bombillas pudiera ser el símbolo de la energía por antonomasia, aunque se sabe que la serpiente, Apofhis, era el símbolo del mal y que su ocupación habitual se centraba en hacer la vida imposible al dios sol Ra, para impedir que cada mañana lograra volver a iluminar la tierra de Egipto. Por lo tanto, su lugar de operaciones era la noche; las doce horas que tardaba el sol en aparecer otra vez sobre el horizonte. Uno de los integrante sdel equipo, César, me hace saber que la serpiente, en simbología esotérica, tiene la connotación de sabiduría, que también se requiere para minpular cargas eléctricas.

Lo que sí es seguro es que uno de los símbolos, que hay junto a la entrada a sala del zodíaco de Dendera, contiene dos de estas bombillas, y que una de ellas parece estar conectada a una jarra o tal vez a una de estas pilas. Cuando le pregunté por ello a un entendido, éste me respondió que era agua volcada desde una jarra. Ahora bien, es cierto que ese símbolo representa el agua, pero hay dos marcas quebradas en lugar de una, como si se tratara del positivo y el negativo de dos cables. Y también es cierto que ese símbolo significa “energía” para los antiguos egipcios.

¿Todas estas pruebas no bastan a los escépticos? ¿Todavía puede haber alguien que dude de algún tipo de electricidad básica en el Egipto faraónico? En el mismo Museo del Cairo se puede ver una barcaza o arca de la alianza, una de las muchas que usaron los egipcios, como si se tratara de pilas transportables. Tengo mi propia teoría sobre el arca de la alianza de los judíos, ya que Moisés, no olvidemos, fue egipcio. Quizás algún día me atreva a seguir investigando sobre ello para demostrar que el arca perdida no era otra cosa que una batería.

Las sorpresas no terminaron aquí. El viaje a Egipto sólo acababa de empezar.

Continuará…

[Dedicado a mi maestro y mentor, Manuel Delgado, quien nos mostró a todos los integrantes del grupo que investigó este reportaje, las maravillas de esas ciencia olvidada en el Egipto faraónico.]

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