LA SABANA SANTA, LA MEJOR FALSIFICACION DE LA HISTORIA
13 Mayo 2010 · Imprimir este artículo
La ostensión de la Sábana Santa en el 2010 ha sido un acontecimiento histórico en el que había que estar presentes, pues no habrá una nueva muestra del lienzo que supuestamente cubrió a Jesús de Nazaret hasta el 2025.
Tuve la oportunidad de asistir en mayo del 2010 a este momento clave de la historia, después de la restauración a la que había sido sometida la Síndone, limpiándola y devolviéndole su color original. El Santo Sudario de Turín es una tela de lino que muestra la imagen en negativo fotográfico de un hombre que presenta las mismas marcas y suplicios que se narran en los Evangelios durante el momento de la Crucifixión. Actualmente se guarda en la capilla real de la Catedral de San Juan Bautista, en la mencionada ciudad de Turín.
Se han escrito ríos de tinta, intentando demostrar su veracidad, y un sinfín de detractores han intentado señalar que, cada una de las teorías y pruebas aportadas a su favor, son falsas.
Volver a insistir más en ello, recopilando las pruebas ya existentes, es absurdo. No aporta nada nuevo a la investigación. Pero siempre me he preguntado qué ocurriría si diéramos por buena la afirmación que otorga la misma a que se trata de una los mejores imposturas de la Edad Media.
Pongámonos pues en las manos de este falsificador. Veamos cómo la pudo haber realizado, y finalmente extraigamos nuestras propias conclusiones. Tal vez observando el punto de vista de un falsificador de reliquias, pudiéramos saber si las probabilidades de que así fuera, nos convencen.
Al parecer, la máxima discusión en torno a la evidencia científica es la prueba efectuada mediante carbono 14 a la Sábana. Se llevó a cabo en 1988. Tres estudios científicos realizados por un laboratorio del Reino Unido, uno de Suiza y un tercero de los Estados Unidos sobre una pequeña muestra del lienzo (un químico estadounidense, Raymon Rogers, concluyó que la muestra se tomó sobre uno de los remiendos recosidos después de los incendios que quemaron parte de la misma), cortada a tijera de una de sus puntas (y que todavía se aprecia) dieron como resultado una fecha entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%, y que fue publicada en la revista científica Nature. Para algunos, esta datación ha zanjado para siempre el asunto, demostrando que el sudario es una falsificación del siglo XIII o XIV.
Partamos entonces de que el falsificador era originario de esas fechas. Fijémonos en la crucifixión del hombre de la sábana. Ese hombre está clavado por las muñecas entre los huesos del carpo –región del esqueleto de la mano-, lo que produjo una contracción del dedo pulgar que desaparece en la imagen del sudario. Es más, el clavo de la muñeca derecha no entró bien entre los huesos, teniendo que desclavarse y volviéndolo a clavar. Esa herida, por tanto, es mayor, de unos 15×20 mm y de forma oval. Hay signos de hemostasia o estancamiento de la sangre, lo que impidió que ese hombre se desangrara.
Volvamos a su falsificador. Sus conocimientos de medicina debieron ser elevados, ya que por esas fechas no se conocía la forma usada por los romanos para crucificar a sus reos. Todos los artistas del siglo XIII y XIV, e invito a comprobarlo, representaron en retablos y esculturas a un Jesús de Nazaret crucificado por las palmas de las manos, lo que hubiera provocado que éstas se desgarraran y el sujeto cayera. Pero el falsificador no sólo conocía el método empleado, sino que además tenía conocimientos de anatomía, pues reprodujo fielmente dónde debían entrar los clavos, y además supo recrear en una de las muñecas el agujero que implica un segundo intento. Es más, la sangre recogida y analizada, era del tipo AB, propia de los judíos, algo habitual en estas fechas, pero no tanto en tiempos medievales. Así que el falsificador debía conocer los diferentes grupos sanguíneos, allá por el siglo XIII, y se hizo traer sangre del tipo AB de algún pobre judío para esparcirla por la Sábana, como demostró el químico Walter McCrone.
Pero veamos qué otros detalles tuvo que tener en cuenta y su enorme cantidad de conocimientos científicos para dar con la mayor falsificación de la historia.
Nuestro impostor parece que ya había inventado la fotografía en el siglo XIII o XIV, pues nadie duda de que el sudario es un negativo fotográfico. Este debió usar una linterna mágica, un dispositivo de proyección simple para aplicar luz recogida a través de un sencillo agujero a una placa con compuestos de plata sensibles a la luz.
El embaucador era un genio en toda regla, pues en su época conocía la ciencia de la palinología, disciplina de la botánica que estudia el polen y las esporas. ¿Por qué afirmo esto? Porque la Sábana presenta muestras de polen de las especies primaverales de Palestina, como así demostraron Avinoam Danin y Uri Baruch. Junto a la marca de la corona de espinas se encontró la especie Gundelia Toumerfortii, exclusiva de Jerusalén en primavera. Nuestro falsificador debía conocer esto y se trajo polen de Palestina y Judea para extenderla por la sábana, esperando que en un futuro pudiera engañar a los analizadores e investigadores del siglo XX.
Estudiosos próximos a la NASA, como Jackson, Jumper y Stephenson, localizaron en 1978 en los ojos del hombre de la Síndone, la marca de dos leptones, impresiones de monedas romanas, una de ella de Tiberio. Y es que en el siglo I era normal cerrar los ojos del difunto con monedas. Conociendo este detalle, nuestro falsificador se hizo traer monedas romanas del siglo I y las usó deliberadamente en su fotografía medieval.
P
ero como decía nuestro falsificador tenía conocimientos científicos más avanzados que la mayoría de sus colegas. Este pudo recrear a la perfección todas las marcas sufridas durante lo que se conoce como la Pasión. Latigazos en la espalda y nalgas, hematomas, el tabique nasal desviado fruto de alguna caída, rodillas destrozadas, o heridas en la cabeza producidas por el casquete de espinas, entre otros. El látigo debió corresponder al llamado Flagellum Taxillatum. Este se basaba en un bastón con tiras de cuero de la que colgaban unos plomos con una forma como de hueso. Lo curioso es que las marcas de la Síndone corresponden milimétricamente con los plomos, lo que no deja ninguna duda de que el impostor se trajo uno de esos látigos romanos del siglo I para poder engañarnos.
Y aunque en la Edad Media se representaba al Cristo portando una cruz en todas sus manifestaciones artísticas, nuestro falsificador sabía que no era así y puso la impronta de un madero transversal conocido como Patibulum en la espalda del hombre de la Sábana, tal y como se supo después que ocurría con los condenados a este suplicio por parte de Roma.
Dice el doctor Judica Cordiglia: “La rodilla derecha, además de parecer más contusa, presenta numerosas excoriaciones de tamaño y formas diferentes, más o menos marcadas , con bordes desgarrados sobre la región rotular“. Un poco más arriba y hacia el exterior hay dos llagas de forma redondeada de unos 2 cm de diámetro, situadas una encima de la otra. La rodilla izquierda, también contusionada, no presenta más que excoriaciones diversamente dispuestas de tamaño y forma diferentes, pero mucho menos marcadas y numerosas. Estas lesiones, por su dirección y ubicación, nos indican cómo han podido ser producidas: acusan la caída sobre un terreno no uniforme, sino cubierto de piedras desiguales. Confirma esta suposición la tierra que se ha encontrado mezclada con la sangre en las excoriaciones de la nariz y en su rodilla izquierda, como si el ajusticiado, al caer, no hubiera podido resguardarse con las manos.
De lo anterior se desprende que nuestro falsificador contaba con conocimientos avanzados en análisis forense.
Todo ello, claro está, no contradice para nada las pruebas encontradas. En 1203 un cruzado llamado Robert de Clari aseguró haber visto la tela en Constantinopla. Y en 1205, Teodoro Angelos, envió una misiva al Papa Inocencio III esgrimiendo que los franceses, durante el saqueo de la ciudad de Constantinopla, se habían quedado con el lino de nuestro Señor, el que lo envolvió en su muerte. Las fechas son muy próximas a la datación del sudario mediante la prueba del carbono 14, como se puede ver.
Hay quien ve en este falsificador a Leonardo de Vinci, dado los enormes conocimientos que tenía para recrear una falsificación tan genial. Pero cabe recordar que Leonardo nació en el 1452, lo que no coincide para nada con la datación del carbono 14, lo que le descarta automáticamente como autor de la misma.
Postulamos que el falsificador de la Síndone era un genio, pues no sólo había descubierto la fotografía en el siglo XIII, sino que además sabía de hemografía (análisis de sangre), anatomía, biología, palinografía (el estudio de las esporas), medicina forense, historia antigua, y contaba con un sinfín de amigos que le proporcionaban el material necesario, como pólenes de la Palestina, el flagellum, el patibulum, los leptones romanos, y otra serie de evidencias que dejó incrustadas a perpetuidad. Si la idea era engañar a sus conciudadanos, no salió del todo airoso, pues algunos Papas calificaron la Sábana de sacrílega, ya que la misma presentaba signos que nos estaban reflejados en los Evangelios. Cabe recordar el suceso en el que el apóstol Tomás introduce su dedo en la llaga de la palma de la mano de su maestro para creer lo que está viendo. La Síndone lo cuenta de otra manera, y por eso solo ya fue considerada de herética.
Además, el negocio de las reliquias medievales era tal, que se conocen decenas de réplicas de una misma reliquia, como fuera el caso del Mandylion, un supuesto pañolón que estuvo en contacto con el rostro de Jesús de Nazaret y del que habían copias burdas y descaradas. Siendo así con todas las reliquias, ¿por qué no se hicieron más copias de la Sábana Santa si era una falsificación en toda regla?
Dando por buena la hipótesis de que hubiera un falsificador, la verdad es que su resultado fue tan bueno, que no se atrevió a repetir el experimento.
Insistimos en la teoría del falsificador, pues según los más agnósticos, es la única solución posible. Incluso los que dicen no creer en los misterios, como el escritor Juan Antonio Eslava Galán, postulan que debió ser así porque el creador de la Síndone contaba con conocimientos alquímicos. Vamos, que para no creer en misterios, el autor se saca de la manga la alquimia como si fuera de dominio público y algo habitual en la época.
El Vaticano realmente no se pronuncia sobre la realidad o no de la Síndone, dejando su cuestionabilidad en manos de Dios; si bien es cierto que la utiliza desde 1983, momento en que les fue otorgada por su antiguo propietario, Umberto de Saboya, para devolver la fe a los cristianos en momentos de incertidumbre.
Los protestantes ni siquiera se acercan a reconocerla, porque han sido inculcados en su religión sobre los peligros de la idolatría. Y aunque fuera real la imagen de Jesús de Nazaret, para ellos no le produciría ningún fervor o sentimiento, ya que su forma de ver las imágenes, tal y como se les ha inculcado de niños, no les emociona.
El resto de religiones ni opina ni les importa. Y en cuanto a los agnósticos y ateos, se aferran de pies y uñas a la teoría de la falsificación, actuando con agresividad cuando alguien les plantea lo contrario. Da igual que se haya encontrado un manuscrito de 1192 donde se aprecia lo que parece el Sudario de Turín. O que Gregorio Refendario impartiera un sermón sobre la Sábana Santa, en el año 944, en Constantinopla, que luego fue archivado por el Vaticano.
Al final, resultará que la Síndone sólo convence a católicos y a los amantes del misterio y lo sobrenatural. Porque digo yo, con la enorme cantidad de pruebas presentadas, ¿se toma en serio la suposición de un falsificador medieval?
Si a mí me preguntaran, y observando las evidencias forenses, sin tener en cuenta de quién se trata, a simple vista diría que lo que ocurrió, por lógica, es que el cuerpo de la persona que estuvo envuelta en la Síndone, se desintegró dejando chamuscados finos hilos en el lienzo, que luego se reveló como una figura y que en el siglo XX se verificó como un negativo fotográfico. Eso es lo que podría deducirse de lo que se ve, pero claro está como se trata de Jesús de Nazaret, patriarca del cristianismo, la disgregación atómica de su cuerpo con algún tipo de energía que lo implosionó desde su interior, no se contempla, pues es sólo eso, mera ciencia ficción.











Excelente artículo. Mis felicitaciones, Carlos.
Tengo curiosidad por saber cuál es el motivo de utilizar la música de Rafael Pérez Arroyo, Ancient Egypt, de fondo del video de la Sindone.
Si partimos de la base que un creyente no deja de serlo por no creer en la Síndone, ya que teológicamente hablando no vulnera los principios religiosos en materia de fe, y que para el ateo no le importaría incluso que se aportasen pruebas irrefutables sobre la misma, ya que sólo demostraría pertenecer al Jesús histórico (un Jesús en el que creen judíos y musulmanes aunque sólo como profeta y hombre santo) y no que éste fuera el hijo unigénito de Dios, coincido en que todas las demás posturas radicales estarían de más.
Si se me permite, haciendo de abogado del diablo (no entenderlo literalmente), me gustaría aportar otra visión de la posible falsificación de la Síndone que, por supuesto, no pretende ser una verdad indiscutible sino sólo un punto de vista diferente, en cualquier caso una opinión más.
Empezando casi por el final voy a exponer la idea sobre la moneda romana conocida como lepton. En 1.954 el padre Filas creyó ver en uno de los párpados de la imagen de la Síndone, lo que podría ser una moneda, incluso con inscripción. Su afirmación tuvo detractores que veían en ello tan sólo una interpretación subjetiva (algo así como la imagen humana en la superficie del planeta Marte, en realidad un efecto visual de luces y sombras, tan sólo una casualidad), en 1.977 el padre Filas logró que salieran en su apoyo los dos profesores de la Academia Aeronáutica de Denver ya mencionados en el artículo (no sobre los dos párpados sino sólo sobre uno de ellos, el derecho, en lo que parecía un objeto con forma de redondel).
Ahora supongamos, dejando dudas e interpretaciones aparte, que la moneda sea cierta, si hacemos esta afirmación estaríamos negando su pertenencia al rostro de Jesús ¿Por qué? La respuesta es sencilla, tanto Jesús como sus seguidores eran judíos y éstos no hubieran consentido jamás que una moneda con símbolos religiosos paganos, para ellos totalmente heréticos e inadmisibles, ya fuera el lituus (el báculo que figura en esta moneda romana) o el simpulum pudieran haberse colocado sobre ninguno de los párpados de su maestro. Poncio Pilato odiaba a los judíos y ordenó acuñar este tipo de monedas con los símbolos religiosos de Roma para humillar a este pueblo, ocasionando además no pocos problemas para los romanos lo que le acabaría costando su destitución, tal y como nos lo narra Flavio Josefo en sus libros tanto en “Antigüedades judías” como en “La guerra de los judíos”. Tampoco era costumbre judía poner monedas encima de los párpados del difunto, pero incluso en ese caso podían haber utilizado otro tipo de monedas, como las griegas, por los contactos comerciales con las ciudades de influencia helénica y porque los evangelios nos hablan de los cambistas en Jerusalén.
Con respecto al tema de que la Síndone hubiera sido pintada o tratada de manera artificial. Veamos…., pintores famosos…., alquimia…. Considero muy rocambolescas estas teorías, apliquemos mejor el principio de la “navaja de Occam”, que dice que, aunque no necesariamente verdadera la explicación más simple suele ser la más probable. Si la falsificación se hizo en la Edad Media, lo más probable es que hubieran elegido para ella a un reo de muerte (quizás a un judío considerado hereje) al que le habrían aplicado los castigos que según los evangelios sufrió Jesús y lo habrían crucificado. Para realizar una buena crucifixión no hay que ser médico (tampoco lo era quien crucificó a Jesús) y en esa época todavía se conocerían las técnicas de crucifixión por emplearlas a veces los musulmanes con los cristianos capturados al igual que los turcos (no olvidemos que el famoso Vlad Tepes, aún en tiempos posteriores respondía a las crucifixiones de cristianos con empalamientos masivos de enemigos turcos), un buen verdugo que conociera su trabajo era suficiente. Un lienzo con manchas de sangre en las zonas evidentes de las heridas servirían para convencer a un vulgo ignorante, pero incluso se pudo haber producido una exudación totalmente fortuita, fenómeno extraño, poco conocido y cuyo estudio científico es más bien escaso. En cuanto al lienzo en cuestión tenemos que olvidarnos de nuestra mentalidad moderna (igual que con el lepton) y de los medios industrializados de los productos manufacturados.
En la Edad Media existía una tradición artesanal en la confección de tejidos propia de cada país, región, incluso localidad, por lo que la sábana o lienzo podría ser reconocido como originario de un lugar determinado, en esto aquellas gentes eran muy observadoras. El lienzo se tendría que traer de zonas orientales, quizás de la misma Judea, donde se supone que tendría su origen y seguramente con pocas variaciones persistiría la misma tradición artesanal durante siglos heredada de padres a hijos.
No tengo tiempo para extenderme más en el tema, pero espero que haya servido al menos como una reflexión sobre otras posibilidades no apuntadas.
Un cordial saludo.