EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (III)

7 Octubre 2009 · Imprimir este artículo

En Egipto toda está a la venta, como en cualquier otro país árabe. La verdad es que los árabes venderían a su madre, si fuera necesario. Suena mal decirlo así, pero quien haya estado en un país árabe sabrá de esta máxima. Un occidental para un árabe no es una persona, sino una máquina de hacer euros. A cada paso que das es raro que un árabe no te quiera vender algo. En Egipto ocurre cada cinco minutos, aproximadamente. Si vas a un templo, los vigilantes te muestran detalles sin importancia, pero te piden dinero a cambio. Los policías te piden dinero sin más. Los comerciantes te arrojan su mercancía a los brazos, para luego avasallarte pidiendo. Si quieres comprar algo, el arte del regateo se hace insoportable porque te pasarás varios minutos renegando de otros vendedores. Los niños se te acercarán, no con ánimo de saber de ti, sino por pedirte algo, lo que sea. Si un desconocido se te aproxima y entabla conversación, a los dos minutos te estará pidiendo dinero. Y aunque los guías intenten hacerte ver que la usura está prohibida, no son pocos los que se arriman para cambiar libras egipcias por euros, con unos redondeos de usurero y rastrero, que claman al cielo.

Sabiendo esto era fácil excavar en las proximidades de la Gran Pirámide. Tampoco voy a entrar en detalles, pero baste decir que un componente del equipo me hizo apartarme del grupo, para irnos un poco más allá de la pirámide de Micerinos, donde nos esperaba un harapiento musulmán. 20 euros para él y otros 10 más para que un policía hiciera la vista gorda fueron suficientes para escarbar en la tierra. Se llama expolio, sí, pero esta gente vive de ello. Y de allí se vinieron unas vasijas ptolemaicas a mi mochila, que luego, una vez en España, fueron datadas como tal por una amiga egiptóloga.

No fue el único lugar en que ejercí el arte del saqueo. Una vez en Luxor, una noche, en su zoco, nos tropezamos por casualidad con un puesto de figuras de madera, réplicas de dioses egipcios muy bien realizadas. Después de intercambiar impresiones con el vendedor, apareció por allí un compañero suyo; quería saber si estábamos interesados en la compra de objetos arqueológicos. ¿Auténticos?, le pregunté. ¡Por supuesto!, me contestó en un inglés de pacotilla.

Al parecer escondía tres baúles en un almacén próximo. Le dije a Diego, mi acompañante que me siguiera; no es cuestión de dejarse acompañar solo, por uno de estos árabes hacia callejones malolientes de los que nadie ha oído jamás hablar. Llegamos hasta un escondrijo, una caseta de la que salían ratas a la carrera. Como yo era su invitado me obsequió con un té. Esperé a que mi anfitrión bebiera primero, no fuera que contuviera veneno. Lo siento, pero no me fío de la supuesta hospitalidad árabe.

La ceremonia de mostrar piezas arqueológicas del antiguo Egipto y el regateo se preveía larga. Diego, mi acompañante y compañero de habitación, se perdió en el zoco mientras tanto.

Le pedí piezas de bronce. Como no soy un experto en arqueología, era lo más práctico. Mientras un recipiente de cerámica, por decir algo, se puede falsificar, es raro falsificar una pieza de bronce, ya que el material sólo tiene un precio elevado. En los baúles llegué a ver de todo, mármol esculpido, fragmentos de paredes de las pirámides, esculturas de granito… la arqueología de metal comenzaba a aflorar.

El bronce suele ser de color café, mientras el bronce es amarillo. El bronce se degrada lentamente, combinándose la aleación de cobre nuevamente con elementos de su ambiente (suelo, aire, etc.) para volver a sus estados naturales más estables, y tiende a corroerse como el mineral que fue. El resultado con el tiempo será una capa de sales de cobre sobre la superficie del metal o la pátina.

El estaño es relativamente inerte y es estable en aleación con el cobre, no se separará como puede ocurrir con la plata y el cobre.

El sulfato de cobre (antlerita) o sulfuros de cobre (novelita y calcocita) dan un color verde a azul verdoso a las piezas. El carbonato de cobre, la mayoría de las veces es una pátina verde (malaquita) y ocasionalmente azul (azurita y calconatronita). El carbonato de cobre es una reacción al óxido de cobre, no del cobre, y que sólo se formará sobre los óxidos de cobre marrones o rojos. Como el óxido de cobre es más estable que el carbonato de cobre, a veces se puede quitar sólo el verde, dejando la pátina original de color rojo o marrón. El acetato de cobre (cardenillo), es de color verde.

Digo esto porque por esos colores es fácil reconocer al cobre. Mi anfitrión quería darme a entender que algunas de aquellas piezas eran de bronce, cuando el color verdoso las delataba. Además, rascando con una moneda sobre la superficie de un ibis, apareció el color natural del cobre.

Sin embargo, enseguida pude apreciar un busto de bronce. El bronce suele ser una aleación de cobre y estaño, pero aquel busto pesaba demasiado, lo que implicaba que la aleación era de cobre y plomo, uno de los elementos usados durante la fabricación de monedas romanas. ¡Aquella pieza era auténtica! El busto, de unos 40 centímetros de altura, no era egipcio, sino que su barba denotaba la posibilidad de que procediera de alguna cultura mesopotámica (sumerio, hitita, babilonio) o bien, que fuera helénico. Cabe recordar que las dinastías ptolemaicas ocuparon Egipto desde la época de Alejandro Magno, coincidiendo con el período helenístico. De nuevo, mi amiga egiptóloga, a mi vuelta a Barcelona, me desvelaría esta incógnita, dándome la razón.

La oferta debió comenzar por los 600 euros, terminando en unos 60 euros, aproximadamente, no sin antes clamar a todos los dioses, renegar de Alá, y levantarme diez veces de la silla haciendo ademán de irme. Al final, todos contentos, y mi contraoferta final fue gustosamente aceptada. Diego llegó en los momentos finales, cuando el regateo estaba por concluir.

Me gustaría que el lector tomara nota de este nombre, Diego Cortijo. Viajero incansable, aventurero, e investigador de lo insólito, sin llegar a cumplir los 30, es un tipo de lo más admirable. Riguroso y serio en sus investigaciones como pocos, en su haber ha recorrido unos cuantos países, llegando hasta la Isla de Pascua. Estoy convencido de que, de aquí a unos años, habrá tomado buena nota y comenzará a escribir sobre todo lo que ha visto, que no es poco. Admirador de J.J.Benítez, es probable que se convierta en uno de sus sucesores. Y si no, el tiempo lo dirá.

Después del breve paso por la habitación de Manuel Delgado, donde el guía local nos vende unas cuantas joyas de plata, nos vamos a dormir. Hay que levantarse a las cuatro de la madrugada para coger un avión que nos llevará hasta Asuán.

Asuán es una ciudad enclavada en el margen derecho del Nilo, junto a la primera catarata. Se han construido en esta zona dos presas: la nueva Presa Alta de Asuán y la menor y más antigua, Presa de Asuán o Presa Baja de Asuán.

En 1956 el Gobierno Egipcio de Gamal Abdel Nasser anunció la construcción de una nueva presa en Asuán lo cual supuso una gravísima amenaza para los monumentos nubios.

El Nilo se desbordaba anualmente, cuando las aguas procedentes de Uganda y Sudán fluían hacia el bajo Nilo en verano. Desde la antigüedad, estas crecidas fueron las que convirtieron las tierras próximas al río en una fértil vega, ideal para la agricultura, al dejar un sedimento de nutrientes y minerales en el suelo, el limo. Sin embargo, la impredecible alternancia del nivel de las crecidas conllevaba la pérdida de cosechas enteras por anegamiento o sequía y la consiguiente hambruna en la población, por lo que se consideró necesaria la construcción de una presa que regulara el nivel de las inundaciones para proteger las tierras de labor y los campos de algodón.

La construcción fue iniciada por los británicos en 1899 y se concluyó en 1902. El diseño inicial tenía 1.900 metros de largo por 54 de alto y pronto se descubrió que era inadecuado, por lo que se procedió a aumentar su altura en dos fases: de 1907 a 1912 y de 1929 a 1933. Cuando la presa estuvo a punto de desbordarse en 1946 se decidió que, en lugar de aumentar su altura por tercera vez, se construyera una segunda presa ocho kilómetros río arriba. En 1958 comenzó la construcción de esta presa, con una tercera parte de su coste financiada por los rusos.

Las canteras de piedra del Antiguo Egipto se localizaron aquí y sobre todo la roca granítica llamada syenite. Estas piedras eran usadas para crear estatuas colosales, obeliscos y los lugares santos que están en todas partes de Egipto, incluyendo las pirámides; además aún se pueden observar en la piedra natural, los restos de los picapedreros que trabajaron en la zona hace 3000 años.

Es por esto que nos dirigimos a ver in situ el llamado “obelisco inacabado de Asuán”, otro de esos misterios aún no resueltos. Se trata de una escultura de 42 metros de alto, que pesa aproximadamente 1216 toneladas. Se lo conoce como el Obelisco inacabado, ya que la figura nunca terminó de ser acabada por completo, aunque se creé que comenzó a trabajarse hace más de 3000 años. Las excavaciones en el lugar permitieron descubrir jeroglíficos con instrucciones de famosos faraones de la antigüedad respecto a la construcción de colosos y obeliscos en granito, así como el puerto desde donde la piedra zarpaba rumbo a distintas ciudades a través del Nilo.

El problema de este obelisco es que no parece que esté tallado, sino moldeado, como si se trata de arcilla. Toda su superficie está tachonada de cucharazos, algo muy extraño. El obelisco se debió quedar allí, cuando sus constructores se dieron cuenta de que el mismo se había fisurado, lo que haría imposible su traslado. La pregunta que uno se hace es cómo pensaban trasladar más de mil toneladas hasta la orilla del Nilo, teniendo en cuenta que debían levantar esa piedra y levantarla en vilo para soslayar una cantera de varios metros de profundidad. El obelisco sólo puede pasar por encima de este agujero, ya que no hay otro sitio por donde llevarlo.

En este punto, permítaseme contar una historia. En los andes peruanos, sus lugareños insisten que hay una hierba de ramas y flores rojizas que crece entre la puna y las selvas orientales y que era utilizada por los incas para ablandar las piedras. Según éstos, sus antepasados, grandes observadores de la naturaleza, descubrieron que el pájaro llamado Pito utilizaba “la hierba del Pitu” para preparar sus nidos en las paredes rocosas, con cuya savia “derretía” las piedras y hacía agujeros redondos en los oquedales.

En 1954, Brian Fawcett, hijo menor del famoso coronel inglés Percy H. Fawcett (1867-1925), decidió publicar una obra de su ilustre padre, quien se perdió sin dejar rastro en las selvas del Mato Grosso (Brasil) cuando estaba buscando una ciudad perdida. El coronel Fawcett se hizo célebre a comienzos del siglo XX por sus expediciones a las regiones más remotas de América del Sur, donde viajaba constantemente, obsesionado por las leyendas doradas de los incas, como la del Paititi, la mítica ciudad perdida que nunca pudo alcanzar pero que estaba seguro existía. Percy Fawcett desapareció, sin dejar rastro, en la selva amazónica, justo a su hijo mayor, alimentando la leyenda de lo que pudo sucederle. El libro que recoge esta historia fue publicado en su día por Ediciones B.

En el libro que recoge las notas del diario del coronel, Percy Fawcett hace un pormenorizado memorial de sus aventuras por las selvas más remotas del mundo. Sus descubrimientos lo convencieron no sólo de la existencia de civilizaciones aún desconocidas en las profundidades de la floresta amazónica, sino también de un saber perdido y del hecho de que los incas no fueron los primeros en conocer la técnica de ablandar las piedras, ni tampoco los autores de muchas maravillas arquitectónicas que salpican toda la geografía andina. De este libro se han extraído algunos párrafos que son una verdadera sorpresa, y que reproduzco a continuación.

“Los Incas heredaron las fortalezas y ciudades construidas por una raza anterior y las restauró de la ruina sin mucha dificultad –escribe convencido Fawcett, al recordar sus viajes por el Perú—. Ellos construyeron con piedra en las regiones dónde éste era el material más conveniente; en cambio, para el cinturón costero ellos usaron generalmente el adobe. Los viejos constructores adoptaron las mismas e increíbles junturas que son características de los edificios megalíticos más viejos, pero los incas no hicieron ningún esfuerzo para usar la piedra grande, previamente amasada por sus predecesores. Yo escuché que los incas heredaron esta técnica y encajaron sus piedras gracias a un líquido que ablandó las superficies a ser unidas a la consistencia de arcilla.”

“¡Yo no lo creo!” – dijo un amigo que había sido miembro de la Expedición peruana de Yale que descubrió Machu Picchu en 1911.

“Yo he visto las canteras dónde estas piedras estaban cortadas -insistió-. Yo los he visto en todas las fases de preparación, y puedo asegurarlo, las superficies fueron trabajadas a mano y nada más!”
“Pero, otro amigo mío me contó la siguiente historia:

“Hace algunos años, cuando yo estaba trabajando en el campamento minero de Cerro de Pasco (un lugar a 14.000 pies (es decir, a 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. N. de VA), en los Andes del Perú Central), yo salí un domingo del campamento, con otros Gringos, para visitar algún viejo cementerio inca o Preinca, con la intención de ver si podíamos encontrar algo de valor. Tomamos la carretera a este lugar, y llevamos, claro, unas botellas de pisco y cerveza; y un peón, para que nos ayude a excavar en el cementerio.

Después de almorzar llegamos al camposanto, y el peón empezó a abrir algunas tumbas que parecían estar intactas. Trabajamos difícilmente, y aprovechábamos cada ocasión para tomar un trago. Yo no bebo, pero otros lo hicieron, sobre todo un muchacho que comenzó a beber demasiado pisco hasta emborracharse. Pero a pesar de tanto esfuerzo, sólo encontramos una vasija de barro, como de un cuarto de galón de capacidad, con un líquido espeso dentro de él.

“¡Yo apuesto la chicha!” -dijo el bebedor, totalmente fuera de sí—. “¡Lo probamos a ver qué clase de cosa bebió el inca!”.

“Probablemente nos envenenemos si lo hacemos” –observó otro.

“¡Entonces permitan que lo pruebe el peón!” -exclamó el borracho.

Entonces rompieron el sello y sacaron el tapón de la vasija, olfatearon el contenido y llamaron al peón para que pruebe el misterioso líquido.

“Tome un trago de esta chicha” -pidió el borracho-. El peón tomó la vasija, dudó, y entonces, con el miedo pintado en su cara, lo empujó en las manos del borracho y retrocedió.

“No, no, señor” –murmuró—. “Eso no”. “¡Eso no es ninguna chicha!” -exclamó-. Entonces, el peón dio media vuelta y escapó.

El borracho puso la vasija sobre una piedra plana y corrió tras el peón. “¡Venga muchacho, agárrenlo!” –gritó—. Atrapamos al desgraciado hombre y lo llevamos a rastras de regreso; y de nuevo le exigimos que bebiera unos tragos de la vasija.

Pero el peón se enojó y en su resistencia todos forcejeamos violentamente con él, y en la pelea la vasija cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Y su contenido se derramó y formó un charco encima de la piedra plana.

Cada uno se rió. Era como un gran chiste, pero el esfuerzo de la excavación de la tumba nos había dejado exhaustos y sedientos. Y ellos fueron al saco dónde tenían guardadas las botellas de cerveza. Y comenzaron a beber.

Aproximadamente diez minutos después, yo me agaché sobre la piedra plana y por accidente examiné el charco del líquido derramado. Parecía que había más líquido derramado que antes; ¡Pero no era eso, la vasija entera dónde había estado el líquido, y la piedra bajo ella, eran tan suaves como el cemento fresco! Era como si la piedra se hubiera fundido, como la cera bajo la influencia del calor.”

Texto traducido y adaptado del libro: EXPLORATION FAWCETT, Percy H. Fawcett-Brian Fawcett (The Companion Book Club, London, 1954:317-318).

Aukanaw, en su texto dedicado al enigma del pájaro Pitiwe y la hierba que disuelve el hierro y la piedra, nos recuerda la existencia de una planta –considerada medicinal por los mapuche— que crece en las sierras andinas, desde Ecuador hasta el estrecho de Magallanes. Los botánicos la llaman Ephedra andina, y es una de las sospechosas de ser la famosa y tan buscada hierba de los incas.

No en vano, por instinto, los animales la evitan, pues ya se ha visto lo que les sucede cuando la ingieren: se conoce de pequeños mamíferos como zorros y cuyes, que han sucumbido con sus cuerpos hinchados y sus huesos deshechos por los jugos de las ramas y hojas. Los chamanes mapuche la aprecian mucho por sus propiedades medicinales y como elemento ritual. En Argentina la conocen también como Solupe, Sulupe, Punco punco, Suelda que suelda, Cola de caballo, Tramontana, Trasmontana, Pico de gallo o Pinko-pinko. En Perú recibe casi las mismas denominaciones que le han dado los mapuche de la Patagonia, además de otras autóctonas: Q’ero-q’ero, Cola de caballo, Condorsava, Likchanga, Pachatara, Pfinco-pfinco, Pinco-pinco, Pingo-pingo, Suelda con suelda, Suelda-suelda, Wacua…

Se trata de un arbusto densamente ramificado, con ramas junciformes, de hasta 40 centímetros; donde el tallo algunas veces se yergue, otras se postra. Sus hojas son escamiformes, verticiladas en los nudos. Las flores son verticiladas, dioicas, inconspicuas: las femeninas muy poco protegidas por brácteas imbricadas con la escama seminífera globosa; las masculinas con seis estambres.

Sabiendo esto, ¿no será que en la Antigüedad, egipcios e incas conocían la existencia de plantas, cuya esencia era capaz de ablandar piedras?

¿Fue así cómo se construyeron algunos de los grandes obeliscos, como éste inacabado en Asuán? Sólo hace falta mirar los contornos del Obelisco inacabado de Asuán para comenzar a intuir las posibilidades de una planta como la Ephedra Andina.

Después de la visita al Obelisco inacabado de Asuán, nos dirigimos a unos de los preciosos barcos de lujo que remontan la presa de Asuán. Nuestro destino estaba en Luxor.

Recuerdo este viaje como uno de lo más bonitos de mi vida, donde cada noche podía tumbarme en la cubierta superior, junto a la piscina, y contemplar aquel fabuloso cielo, con Orión mirándome de cerca.

De esta guisa pudimos visitar Abu Simbel, Amada, Edfu, Derr, Mit Rahina, Habu, Philae, Es-Subu, Al-Deir y Al-Bahari, Kom Ombo, y tantos otros templos nubios.

El espectáculo nocturno de luz y sonido en Abu Simbel te transporta a la época de los faraones, donde unas imágenes proyectadas sobre Abu Simbel te recuerdan, en perfecto español (hay unos altavoces gigantescos que se encargan de ello), la gran historia de amor entre Ramsés II y Nefertari, en la dintasía XIX. La encantadora música melodiosa, y sus imágenes proyectadas, te muestran cómo fueron los templos, y cómo se rescató Abu Simbel de quedar cegada bajo las aguas de la presa de Asuán.

El templo de Karnak, en Luxor, consagrado a Amón, es una de las construcciones más impactantes de Egipto. Su edificación se desarrolló a lo largo de siglos. Todos los grandes faraones de la historia quisieron manifestar su poderío y la grandeza del Imperio, erigiendo cada uno magníficos templos, muros, estatuas y todo tipo de monumentos en honor de los dioses.

Si bien la parte más antigua del Complejo de Templos de Karnak dificulta la determinación de las edades de muchos de los sectores que lo conforman, casi todos los especialistas coinciden en que el Patio del Imperio Medio es el que porta mayor antigüedad. La Cámara de los Antepasados, actualmente exhibida en el Museo del Louvre, en París, cuenta entre sus muchas inscripciones con una en particular, que sostiene que el Templo de Amón data de la Dinastía III.

Tutmosis I fue el primero en introducir modificaciones de importancia en el Templo. Rodeó al santuario primitivo con un muro. El acceso era posible a través de un Pilono de piedra arenisca, adornado con piedra caliza. Delante de este Pilono construyó una sala hipóstila con techos de madera. Un segundo muro fue erigido bajo su gobierno: éste rodea al anterior y da lugar a otro Pilono, frente al cual se construyen dos obeliscos. Sólo uno se conserva en la actualidad.

La Reina Hatshepsut instaló dentro del santuario la Capilla Roja, que cumplía la función de embarcadero sagrado.

Ramsés II construye la avenida de las esfinges, de la entrada actual, parte de la cual es atribuida por algunos estudiosos al período de Tut-anj-amon.

Los muros y las edificaciones del Gran Templo de Amón llevan inscritas las voces de la historia, hablan a los visitantes que se adentran en su laberinto de antiguos rituales y misterios remotos que hacen de Karnak un destino único.

En el Valle de los Reyes pudimos contemplar un lugar impresionante, donde aparece de repente un paisaje espectacular repleto de colinas desérticas y numerosos caminos que son los que nos permiten acercarnos hasta las tumbas.

En este lugar es donde se encuentran las tumbas de la inmensa mayoría de faraones del Imperio Nuevo (dinastías XVIII, XIX y XX), así como varias reinas, príncipes, nobles e incluso animales. Muchas de las tumbas han estado abiertas desde la antigüedad, pero otras han estado escondiendo sus secretos hasta hace poco tiempo. Uno de los principales descubrimientos, por no decir el mayor, se produjo en 1922, cuando se abrió la tumba de Tutankamón, el rey-niño de la dinastía XVIII. La tumba estaba repleta de tesoros impresionantes.

En la actualidad, el valle de los Reyes continúa siendo un lugar lleno de misterios en el que se sigue investigando. Eso sí, ya no se buscan tesoros, sino información de una civilización impresionante. De todas las tumbas que existen en este valle hay algunas que se pueden visitar por dentro y que contienen pinturas extraordinarias y lugares mágicos difíciles de olvidar. De entre todas las tumbas destacan tres, la tumba número 5, donde, al parecer, pudieron ser enterrados numerosos hijos de Ramsés II, y es la más grande de todas; la tumba número 55, que continúa siendo un auténtico misterio ya que no se sabe a quién perteneció; y la tumba número 63.

Nuestra visita, ese día, concluiría en el Valle de los Nobles, agotados ya por el intenso calor de agosto.

Sin embargo, aún nos quedaba la última parte del viaje, remontando el Nilo para regresar a El Cairo, donde aún nos aguardaba alguna que otra sorpresa en Abydos y Dendera.

Continuará…

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Comentarios

2 Respuestas a “EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (III)”

  1. oferta egipto en 18 Octubre 2009 1:54 pm

    Muy cierto lo que se cuenta en esta nota; es más, es para felicitar al que narró dicha aventura. Es verdad que los árabes si pudieran, venderían a su madre. He estado en Egipto y es lamentable muchas de sus actitudes; menos mal que también hay grandes aptitudes.

  2. miguel en 14 Junio 2011 5:14 pm

    Es una página, que realmente ofrece la realidad que no se percibe en otras, gracias por los árticulos son muy interesantes, yo vivo en México, y me gustan todos estos temas, ojala pueda intercambiarles varios de ellos y Carlos Mesa, cuando vengas mi país , espero conocerte, tu labor es excelente

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