INTERMEDIO

13 Octubre 2009

Hemos llegado al punto del intermedio. Este blog toca a un fin temporal, pues de momento no van a aparecer nuevos artículos o reportajes.

Es probable, eso sí, que añade la posibilidad de convertir el blog a inglés, para que la mayor parte de artículos, traducidos a esta idioma, puedan ser disfrutados por el resto del planeta.

Lo que sí incluiré es la ponencia en formato Powerpoint sobre “Civilizaciones perdidas” que tendrá lugar el próximo 7 de noviembre en la Feria Magic de Barcelona. Pero eso será cuando se haya impartido la misma, no antes.

¿Alguna vez volveré a retomar este blog? Sí, sin duda. Bastará con que haga un nuevo viaje a uno de esos lugares que me restan en el tintero, para que los dedos me hagan cosquillas y me vuelque por completo encima del teclado. Pero antes de ello, debo recopilar material publicado en este blog y con ello publicar un libro. Además, mi próximo viaje no creo que sea hasta mediados del 2010.

Lo que viene a continuación es volcarse con un proyecto que deje olvidado, una red social dedicada a los enigmas y misterios, llamada Enigmático.net. Allí proseguiré publicando reportajes, aunque ya no sean propios, sino de terceros, así como vídeos e imágenes. Y lo que es mejor, compartiendo información con otros interesados. De modo, querido lector, que si quieres y te apetece, nos vemos en esta red social.

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EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (y IV)

13 Octubre 2009

Remontar el Nilo es una de las experiencias más maravillosas que existen, desde el Nilo Medio, comenzando por Asuán, hasta el Nilo Inferior, el del delta, que aboca al Mediterráneo.

Subiendo la corriente del Nilo hicimos las últimas paradas en Abydos, Menfis, Dendera, Saqqara, y Dashur, terminando nuestra aventura en El Cairo, de nuevo, donde  pasamos la noche para amanecer cabalgando hasta Gizeh, en cuyo promontorio vimos uno de los amaneceres más precioso de nuestras vidas, con Ra apareciendo por el horizonte.

Abydos era el primero de los lugares sacramentales para el creyente egipcio, el equivalente al Jerusalén del cristiano, y donde se albergaba la tumba de Osiris, el dios de la muerte y de los muertos. Primero se interpretó como tumba del dios, y luego se convirtió en el sepulcro de Dier, de la Primera Dinastía

Desde tiempo inmemorial Abydos era el lugar de reposo de las almas de Sequem: los reyes tinitas, sus cortes, sus harenes, sus legiones de siervos. Allí se veían a cientos las estelas sepulcrales que señalaban sus últimas moradas. Abydos había sido para Thinis, la primitiva capital, lo que Sakkara para Menfis, cuando ésta no tenía aún la categoría de sede regia y balanza del país.

La elección de Abydos como centro del culto de Osiris se produjo ya durante el Imperio Antiguo, y de la fama de que gozaba como lugar santo en el Primer Período Intermedio tenemos pruebas en la “Doctrina para el Rey Merikaré”, en que la ciudad de los muertos fue asaltada y destruida por las tropas del Akhtoes III de Heliópolis, causando a éste una herida moral de la que nunca se recuperó.

Abydos es para mí uno de los templos más bonitos del antiguo Egipto, por sus piezas esculpidas sobre la pared. Si alguien cree que estos egipcios pintaban mal, por no saber recrear las figuras humanas, se equivoca. Su concepción del individuo de frente y de lado, sólo tiene que ver con simbología, y por eso se representaba así. En Abydos uno se da cuenta, viendo las paredes, que sus artistas nada tienen que envidiar a los grandes escultores de siglos posteriores.

Sin embargo, lo que sigue asombrando a propios y extraños es el palimpsesto de una de sus paredes. Se llama palimpsesto (voz griega que significa borrado nuevamente) al manuscrito o jeroglífico que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente (o no) para dar lugar a la que ahora existe.

El palimpsesto de Abydos, de uno de sus dinteles, muestra a primera vista un helicóptero, un avión, un tanque y una especie de aeroplano. El propio Georgeos Díaz encontró la solución en 1995 y la publicó en el Número 1 de la revista española Arqueología y Enigmas de la Historia en Abril de 1996, así como en las revistas La Esfinge: Revista de Egiptología y la Revista de Egiptología: Osiris. Posteriormente, y por consulta de otros estudiosos, Katherine Griffis-Greenberg, de la Universidad de Alabama (Birmingham, EEUU), miembro del American Research Center in Egypt  y de la International Association of Egyptologists Special Studies, se corroboraron los resultados de Díaz.

En este palimpsesto se confunden los textos antiguos con los nuevos. En este caso se trata de una inscripción en bajo relieve. Para borrar el texto antiguo colocaron argamasa. Parte de esa argamasa cayó y así estaríamos en presencia de una superposición parcial de ambos textos. Díaz demostró que el viejo texto hacía referencia a Seti I con alguno de sus múltiples y largos nombres y fue cambiada por la de su hijo y sucesor Ramsés II, también a través de un seudónimo.

De allí pasamos a Menfis.

Junto al extremo sur del delta,  los primeros reyes tinitas levantaron una fortaleza denominada “el Muro Blanco” (Ineb hedy). Para Herodoto y Manetón, fue Menes el constructor de dicha plaza fuerte, aunque otros autores afirman que fue Andyib (quinto o sexto faraón de la I Dinastía  tinita). Sea como fuere, lo cierto es que los unificadores de Egipto comprendieron el interés estratégico de aquel emplazamiento, lugar en el que los dos rivales hallaban su equilibrio. “Horus y Set están en paz” -reza el Himno a Horus de la época de Shabaka (XXV Dinastía)-. “Están unidos los dos hermanos y no se combaten. Están en Het-Ka-Ptah, la balanza de las dos tierras, el punto donde los dos países se encuentran en equilibrio”. Actualmente se cree que sobre la vecina meseta de esta ciudad, fueron enterrados los primeros reyes tinitas, lo cual es cierto en lo que se refiere a los tres primeros reyes de la II Dinastía, cuya capital debía encontrarse por los alrededores.

Posteriormente, los reyes de la VI Dinastía establecerían sus pirámides y su capital muy cerca del “Muro Blanco”. Sin embargo, sería Pepi I quien daría a la capital el nombre de Menfis de una manera absolutamente casual: su pirámide, cercana a la ciudad, se llamó Men Nefer (que significa “Belleza permanente” o “estable en la Belleza”), palabra que los griegos traducirían por Menfis.

Dendera fue capital del nomo VI del Alto Egipto. La ciudad está situada en la ribera oriental del río Nilo, unos 70 kilómetros al norte de Luxor.

Dentro del templo hay doce criptas decoradas, y dos capillas funerarias de Osiris, de una de ellas procede el célebre “zodíaco” que se expone en el Museo del Louvre, en París.

Al sur del templo de Hathor, se halla el templo del nacimiento de Isis, decorado en tiempos de Augusto. En los “Misterios de Osiris“, Dendera fue una de las tumbas de Osiris, celebrándose allí la representación ritual de su resurrección.

En el templo se encuentran un conjunto de inscripciones y jeroglíficos, junto a enormes relieves y pinturas que no incluyen una sola palabra de texto, siendo dos los zodiacos que se encuentran allí, uno es circular (que es el mas conocido), y fue robado por Napoleón llevándolo a Francia en pedazos, encontrándose hoy en el Museo del Louvre, para el museo este calendario circular era un calendario astronómico.

El otro zodíaco, rectangular y menos conocido, está bellamente pintado con armoniosos colores, que aún se conservan, y ocupa una larga franja a todo lo largo del techo de la sala hipóstila.

Una característica que le brinda especial importancia al Zodíaco de Dendera es la relación que establece, con el nacimiento del la civilización egipcia a partir del éxodo de los atlantes, según la teoría de Albert Slosman, profesor de matemáticas y miembro del equipo de la NASA, que se ocupó de las sondas Pioneer a Júpiter y Saturno. De todo ello ya hablamos en este otro artículo dedicado exclusivamente al tema.

Saqqara es la primera manifestación de los avanzados conocimientos en todos los campos de los sacerdotes de la Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, cuyas ruinas llegan hasta nuestro tiempo.

Allí se usaron por primera vez bloques modulares de piedra para construir un edificio, y se tallaron hieroglifos en los muros con los primeros textos religiosos de la historia. Allí se construyó un enorme complejo subterráneo. Doce pisos bajo tierra, con cámaras y galerías decoradas con las primeras baldosas de cerámica horneadas por el hombre. En estas cámaras, bajo tierra, se encontraron más de 40.000 urnas, cuencos y vasos de alabastro. ¿Para qué servían? ¿Qué lograrían al realizar con tanto esfuerzo túneles, cámaras y salones, 30 metros bajo tierra? ¿Iluminaron estos espacios con las bombillas a las que hemos hecho referencia? ¿Por qué las construcciones son volúmenes macizos de piedra sin ninguna utilidad aparente?

Saqqara es uno de los misterios más grandes de Egipto. Su historia nos revela las más increíbles respuestas, comenzando por el genio multifacético, el fabuloso personaje que la diseñó y de la que dirigió su construcción.

El arquitecto Imhotep, cuyo nombre significa el sabio que viene en paz, sumo sacerdote de La Escuela de Misterios de El Ojo de Horus, tiene uno de los lugares destacados en la historia del hombre. Fue Primer Ministro, Gran Visir y Canciller del faraón Djoser, que reinó en la tercera dinastía alrededor del año 2800 antes de Cristo.

Imhotep nace un 31 de mayo, hijo del arquitecto Kanopher y de su mujer Kreduhuonc. Unas pocas estatuillas lo muestran como un ser sencillo, vestido con la sobriedad de un monje. Padre de la arquitectura, pasa de la madera y el barro cocido a los bloques modulares de piedra, diseña las primeras columnas talladas con flores de loto en el capitel, los más refinados detalles arquitectónicos…

Fue el primer filósofo de la historia del hombre; se dedicó a pensar y a analizar conceptos fundamentales, como espacio, tiempo, volumen, la naturaleza de la enfermedad, la existencia de Dios y de la inmortalidad. Expresa la base conceptual de la civilización egipcia, como el movimiento de la conciencia hacia Maat, hacia lo justo, lo recto, lo armónico y lo equilibrado. Platón nos dice que la historia que le contaron a Solón los sacerdotes egipcios sobre la Atlántida, se remonta a Imhotep. Astrólogo y astrónomo, realizó el primer registro sistemático de la bóveda celeste, dejando los primeros mapas de las constelaciones. Demuestra su conocimiento de la precesión de los equinoccios al usar los cambios de era para determinar las etapas de revelación en el desarrollo espiritual de la civilización egipcia. Pero fueron las grandes dotes de Imhotep como médico, las que le dieron su popularidad. Sólo 50 años después de su muerte, el faraón Micerinos le dedicó un templo, que fue sitio de peregrinación y curaciones milagrosas.

Los griegos que estudiaron en Egipto y que le cambiaron el nombre a todo, lo llamaron Asklaepios o Esculapio para marcar sus logros como médico. También lo llamaron Hermes Trismegistus, el tres veces grande, por sus dotes como filósofo y físico que reveló las bases de cómo funciona el universo. Imhotep fue el primero en recopilar información sobre cómo diagnosticar y curar muchas enfermedades.

Dashur es el extremo sur de la extensa necrópolis de Menfis, cuyo punto más al norte está constituido por la ciudad de Giza. Sin embargo, la relación que une a Dashur y a Giza no es sólo la gran urbe de la que formaron parte: en realidad, se dice que las pirámides de Dashur, ambas muy peculiares, fueron las antecesoras de las famosas pirámides de Giza, hoy símbolo del antiguo imperio egipcio.

Dashur es el hogar de una construcción piramidal única en todo Egipto. Conocida como la Pirámide inclinada (aunque también ha recibido otros denominativos, como desmochada, falsa o romboidal) fue construida por Snofru, faraón al que se le adjudica la edificación de muchísimos monumentos de la antigüedad.

Sin embargo, lo que más llama la atención de esta última parte del viaje, es una historia que nos contaron una noche sobre lo que aconteció en este lugar. El relato de más abajo, en cursiva, nos fue narrado por el guía que nos acompañaba, a dos de los que integrábamos el equipo de este reportaje.

Serían mediados de febrero de 1978 cuando un grupo de arqueólogos israelíes comenzaron las excavaciones junto a la gran pirámide de Snofru, en Dashnur. Hasta entonces ni esta pirámide ni las colindantes habían sido penetradas, ya que se encuentran en un campo de operaciones militares de Egipto. No obstante, como entonces reinaba un espíritu amistoso entre Egipto e Israel, el presidente Anwar Sadat concedió el permiso para abrir paso.

A unos 15 metros de profundidad al norte de la pirámide, la pata del trípode de una cámara de fotos topó con una cosa blanda. Se trataba de algo plástico, utilizado de relleno, que ante la presión y el peso de la cámara acabó cediendo, según las investigaciones.

El dueño del trípode se agachó a mirar por el hueco redescubierto y vislumbró una especie de caverna. Tras rastrear y limpiar toda la caverna, el hallazgo era evidente. Se trataba de un misterioso objeto de forma circular, de 120 centímetros de diámetro y 3 metros en el centro en la zona más grueso. El material podría ser metal suave y brillante.

Al principio, elucubraron en torno a los restos, pero observando la caverna con detenimiento pronto se percataron de que esto no eran restos egipcios. Dos de los arqueólogos descendieron a la caverna y allí encontraron equipos electrónicos en perfecto estado, lo cual suponía una gran dotación de sofisticadas y ultramodernas armas.

Los descubridores decidieron comunicar el hallazgo a su gobierno, pues de enterarse los egipcios del hallazgo, éste quedaría confiscado al  encontrarse en suelo propio. El fotógrafo dueño del trípode había tomado multitud de fotografías que llevaría hasta Tel Aviv y allí se las mostraría a las autoridades. Mientras tanto, el resto seguiría cavando bajo una lona para evitar se supiera nada acerca del descubrimiento. Un descubrimiento al que definieron como una nave espacial.

Una vez las autoridades israelíes y el grupo militar Zahal tuvieron las fotografías en su poder, decidieron llevar a cabo la “operación Entebbe”. La operación consistía en cómo hacerse con el objeto sin que los egipcios lo confiscaran.

Así pues, serían tres aviones Hércules 103 E, los aviones que utilizarían para transportar la nave espacial y un Hércules 103 H para cargar las 10 toneladas de un camión de arrastre. Uno de los tres 103 E se encargaría de trasladar todo a un hospital de campaña y el otro trasportaría armas ligeras, jeeps y cincuenta comandos cada uno. Por si fuera poco, un escuadrón de aviones F4 estaría dándoles la cobertura necesaria para la operación.

En la pirámide de Snofru, por su parte, esperarían los nueve jóvenes arqueólogos, que vieron llegar a los aviones sobre las 13 horas. El Hércules convertido en hospital de campaña sería el encargado de trasladar a estos hombres a Israel.

La otra orden establecida era idear un perímetro de defensa alrededor de la pirámide. El camión se introduciría en la caverna, mientras los comandos emplazaban cables y ganchos de la nave para asentarla en su nueva plataforma.

Posiblemente los israelíes debieron prever que sus aviones serían localizados mediante el radar, pero no le dieron importancia. Así, un contingente de egipcios se acercaría a los pies de la pirámide. La contienda estalló. Mientras, dentro de la caverna, se trabajaba duro en los ajustes de la nave sobre la plataforma, fuera, otro nuevo contingente egipcio, más poderoso que el primero, que había acabado retirándose con bastantes bajas, llegaba. Los israelíes habían venido bien equipados.

Una vez estando la nave en el camión, los jeeps la rodearon enarbolando sus ametralladoras calibre 50. Los F4 ayudarían a la hora de limpiar el campo de batalla, mientras los aviones israelíes intentaban despegar bajo una ingente lluvia de balas egipcias. Éstos fueron ganando terreno y posición, mientras que los egipcios resultaron con tres comandos heridos, cuando finalmente partieron. Los israelíes consiguieron hacerse con su preciado botín.

¿Leyenda urbana o realidad? Personalmente me parece demasiado fantástico para ser cierto, pero he aprendido a no aventurarme en lo que desconozco, y a no sacar falsas conclusiones, pues a veces la realidad supera a la ficción.

Nuestra aventura tocaba a su fin. La última noche amanecía en la meseta de Gizeh, después de cabalgar unos minutos, sólo para llegar a contemplar la salida del sol sobre las pirámides. Un espectáculo maravilloso, que impregnó mis retinas para siempre.

Quedan todavía muchas incógnitas por resolver. Por ejemplo: ¿hubo una civilización anterior a Egipto? ¿Realmente fueron los dioses quienes les enseñaron tecnología, tal y como aseguraban los egipcios? ¿Qué se esconde debajo de la Gran Pirámide? Y tantas dudas y más interrogantes que a uno le surgen, conforme se sabe más sobre esta gran civilización. Es una lástima que la arqueología oficial no esté más abierta hacia ciertas posibilidades, más allá de su empirismo de ciencia ortodoxa.

Con un pie en el avión que regresaba a Madrid, me despedí con lágrimas en los ojos de mis compañeros de viaje. Creo que no olvidaré las risotadas de Paloma, ni la bondad de Ana, o las explicaciones astrologicas de Mónica o los detalles sobre simbología que me ofrecía continuamente César. Fue un placer viajar con una gran iniciada como Mari Angeles, y con Socorro, Elvira, Julia y Maribel. Le doy las gracias a Diego por aguantarme como compañero de habitación, y mostrar mi admiración por compartir tiempo y espacio con un aventurero como él. Y mi más profundo agradecimiento al maestro, Manuel Delgado, sin cuyas explicaciones nada hubiera sido lo mismo. Como nos dijeron otros guías, en cierta ocasión: “Es una suerte viajar con Manuel, pues estáis con el mejor guía de Egipto“. Cierto, lo aseguro.

Nunca os olvidaré, amigos.

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EGIPTO: ARQUEOLOGIA PROHIBIDA Y CIENCIA INFUSA (III)

7 Octubre 2009

En Egipto toda está a la venta, como en cualquier otro país árabe. La verdad es que los árabes venderían a su madre, si fuera necesario. Suena mal decirlo así, pero quien haya estado en un país árabe sabrá de esta máxima. Un occidental para un árabe no es una persona, sino una máquina de hacer euros. A cada paso que das es raro que un árabe no te quiera vender algo. En Egipto ocurre cada cinco minutos, aproximadamente. Si vas a un templo, los vigilantes te muestran detalles sin importancia, pero te piden dinero a cambio. Los policías te piden dinero sin más. Los comerciantes te arrojan su mercancía a los brazos, para luego avasallarte pidiendo. Si quieres comprar algo, el arte del regateo se hace insoportable porque te pasarás varios minutos renegando de otros vendedores. Los niños se te acercarán, no con ánimo de saber de ti, sino por pedirte algo, lo que sea. Si un desconocido se te aproxima y entabla conversación, a los dos minutos te estará pidiendo dinero. Y aunque los guías intenten hacerte ver que la usura está prohibida, no son pocos los que se arriman para cambiar libras egipcias por euros, con unos redondeos de usurero y rastrero, que claman al cielo.

Sabiendo esto era fácil excavar en las proximidades de la Gran Pirámide. Tampoco voy a entrar en detalles, pero baste decir que un componente del equipo me hizo apartarme del grupo, para irnos un poco más allá de la pirámide de Micerinos, donde nos esperaba un harapiento musulmán. 20 euros para él y otros 10 más para que un policía hiciera la vista gorda fueron suficientes para escarbar en la tierra. Se llama expolio, sí, pero esta gente vive de ello. Y de allí se vinieron unas vasijas ptolemaicas a mi mochila, que luego, una vez en España, fueron datadas como tal por una amiga egiptóloga.

No fue el único lugar en que ejercí el arte del saqueo. Una vez en Luxor, una noche, en su zoco, nos tropezamos por casualidad con un puesto de figuras de madera, réplicas de dioses egipcios muy bien realizadas. Después de intercambiar impresiones con el vendedor, apareció por allí un compañero suyo; quería saber si estábamos interesados en la compra de objetos arqueológicos. ¿Auténticos?, le pregunté. ¡Por supuesto!, me contestó en un inglés de pacotilla.

Al parecer escondía tres baúles en un almacén próximo. Le dije a Diego, mi acompañante que me siguiera; no es cuestión de dejarse acompañar solo, por uno de estos árabes hacia callejones malolientes de los que nadie ha oído jamás hablar. Llegamos hasta un escondrijo, una caseta de la que salían ratas a la carrera. Como yo era su invitado me obsequió con un té. Esperé a que mi anfitrión bebiera primero, no fuera que contuviera veneno. Lo siento, pero no me fío de la supuesta hospitalidad árabe.

La ceremonia de mostrar piezas arqueológicas del antiguo Egipto y el regateo se preveía larga. Diego, mi acompañante y compañero de habitación, se perdió en el zoco mientras tanto.

Le pedí piezas de bronce. Como no soy un experto en arqueología, era lo más práctico. Mientras un recipiente de cerámica, por decir algo, se puede falsificar, es raro falsificar una pieza de bronce, ya que el material sólo tiene un precio elevado. En los baúles llegué a ver de todo, mármol esculpido, fragmentos de paredes de las pirámides, esculturas de granito… la arqueología de metal comenzaba a aflorar.

El bronce suele ser de color café, mientras el bronce es amarillo. El bronce se degrada lentamente, combinándose la aleación de cobre nuevamente con elementos de su ambiente (suelo, aire, etc.) para volver a sus estados naturales más estables, y tiende a corroerse como el mineral que fue. El resultado con el tiempo será una capa de sales de cobre sobre la superficie del metal o la pátina.

El estaño es relativamente inerte y es estable en aleación con el cobre, no se separará como puede ocurrir con la plata y el cobre.

El sulfato de cobre (antlerita) o sulfuros de cobre (novelita y calcocita) dan un color verde a azul verdoso a las piezas. El carbonato de cobre, la mayoría de las veces es una pátina verde (malaquita) y ocasionalmente azul (azurita y calconatronita). El carbonato de cobre es una reacción al óxido de cobre, no del cobre, y que sólo se formará sobre los óxidos de cobre marrones o rojos. Como el óxido de cobre es más estable que el carbonato de cobre, a veces se puede quitar sólo el verde, dejando la pátina original de color rojo o marrón. El acetato de cobre (cardenillo), es de color verde.

Digo esto porque por esos colores es fácil reconocer al cobre. Mi anfitrión quería darme a entender que algunas de aquellas piezas eran de bronce, cuando el color verdoso las delataba. Además, rascando con una moneda sobre la superficie de un ibis, apareció el color natural del cobre.

Sin embargo, enseguida pude apreciar un busto de bronce. El bronce suele ser una aleación de cobre y estaño, pero aquel busto pesaba demasiado, lo que implicaba que la aleación era de cobre y plomo, uno de los elementos usados durante la fabricación de monedas romanas. ¡Aquella pieza era auténtica! El busto, de unos 40 centímetros de altura, no era egipcio, sino que su barba denotaba la posibilidad de que procediera de alguna cultura mesopotámica (sumerio, hitita, babilonio) o bien, que fuera helénico. Cabe recordar que las dinastías ptolemaicas ocuparon Egipto desde la época de Alejandro Magno, coincidiendo con el período helenístico. De nuevo, mi amiga egiptóloga, a mi vuelta a Barcelona, me desvelaría esta incógnita, dándome la razón.

La oferta debió comenzar por los 600 euros, terminando en unos 60 euros, aproximadamente, no sin antes clamar a todos los dioses, renegar de Alá, y levantarme diez veces de la silla haciendo ademán de irme. Al final, todos contentos, y mi contraoferta final fue gustosamente aceptada. Diego llegó en los momentos finales, cuando el regateo estaba por concluir.

Me gustaría que el lector tomara nota de este nombre, Diego Cortijo. Viajero incansable, aventurero, e investigador de lo insólito, sin llegar a cumplir los 30, es un tipo de lo más admirable. Riguroso y serio en sus investigaciones como pocos, en su haber ha recorrido unos cuantos países, llegando hasta la Isla de Pascua. Estoy convencido de que, de aquí a unos años, habrá tomado buena nota y comenzará a escribir sobre todo lo que ha visto, que no es poco. Admirador de J.J.Benítez, es probable que se convierta en uno de sus sucesores. Y si no, el tiempo lo dirá.

Después del breve paso por la habitación de Manuel Delgado, donde el guía local nos vende unas cuantas joyas de plata, nos vamos a dormir. Hay que levantarse a las cuatro de la madrugada para coger un avión que nos llevará hasta Asuán.

Asuán es una ciudad enclavada en el margen derecho del Nilo, junto a la primera catarata. Se han construido en esta zona dos presas: la nueva Presa Alta de Asuán y la menor y más antigua, Presa de Asuán o Presa Baja de Asuán.

En 1956 el Gobierno Egipcio de Gamal Abdel Nasser anunció la construcción de una nueva presa en Asuán lo cual supuso una gravísima amenaza para los monumentos nubios.

El Nilo se desbordaba anualmente, cuando las aguas procedentes de Uganda y Sudán fluían hacia el bajo Nilo en verano. Desde la antigüedad, estas crecidas fueron las que convirtieron las tierras próximas al río en una fértil vega, ideal para la agricultura, al dejar un sedimento de nutrientes y minerales en el suelo, el limo. Sin embargo, la impredecible alternancia del nivel de las crecidas conllevaba la pérdida de cosechas enteras por anegamiento o sequía y la consiguiente hambruna en la población, por lo que se consideró necesaria la construcción de una presa que regulara el nivel de las inundaciones para proteger las tierras de labor y los campos de algodón.

La construcción fue iniciada por los británicos en 1899 y se concluyó en 1902. El diseño inicial tenía 1.900 metros de largo por 54 de alto y pronto se descubrió que era inadecuado, por lo que se procedió a aumentar su altura en dos fases: de 1907 a 1912 y de 1929 a 1933. Cuando la presa estuvo a punto de desbordarse en 1946 se decidió que, en lugar de aumentar su altura por tercera vez, se construyera una segunda presa ocho kilómetros río arriba. En 1958 comenzó la construcción de esta presa, con una tercera parte de su coste financiada por los rusos.

Las canteras de piedra del Antiguo Egipto se localizaron aquí y sobre todo la roca granítica llamada syenite. Estas piedras eran usadas para crear estatuas colosales, obeliscos y los lugares santos que están en todas partes de Egipto, incluyendo las pirámides; además aún se pueden observar en la piedra natural, los restos de los picapedreros que trabajaron en la zona hace 3000 años.

Es por esto que nos dirigimos a ver in situ el llamado “obelisco inacabado de Asuán”, otro de esos misterios aún no resueltos. Se trata de una escultura de 42 metros de alto, que pesa aproximadamente 1216 toneladas. Se lo conoce como el Obelisco inacabado, ya que la figura nunca terminó de ser acabada por completo, aunque se creé que comenzó a trabajarse hace más de 3000 años. Las excavaciones en el lugar permitieron descubrir jeroglíficos con instrucciones de famosos faraones de la antigüedad respecto a la construcción de colosos y obeliscos en granito, así como el puerto desde donde la piedra zarpaba rumbo a distintas ciudades a través del Nilo.

El problema de este obelisco es que no parece que esté tallado, sino moldeado, como si se trata de arcilla. Toda su superficie está tachonada de cucharazos, algo muy extraño. El obelisco se debió quedar allí, cuando sus constructores se dieron cuenta de que el mismo se había fisurado, lo que haría imposible su traslado. La pregunta que uno se hace es cómo pensaban trasladar más de mil toneladas hasta la orilla del Nilo, teniendo en cuenta que debían levantar esa piedra y levantarla en vilo para soslayar una cantera de varios metros de profundidad. El obelisco sólo puede pasar por encima de este agujero, ya que no hay otro sitio por donde llevarlo.

En este punto, permítaseme contar una historia. En los andes peruanos, sus lugareños insisten que hay una hierba de ramas y flores rojizas que crece entre la puna y las selvas orientales y que era utilizada por los incas para ablandar las piedras. Según éstos, sus antepasados, grandes observadores de la naturaleza, descubrieron que el pájaro llamado Pito utilizaba “la hierba del Pitu” para preparar sus nidos en las paredes rocosas, con cuya savia “derretía” las piedras y hacía agujeros redondos en los oquedales.

En 1954, Brian Fawcett, hijo menor del famoso coronel inglés Percy H. Fawcett (1867-1925), decidió publicar una obra de su ilustre padre, quien se perdió sin dejar rastro en las selvas del Mato Grosso (Brasil) cuando estaba buscando una ciudad perdida. El coronel Fawcett se hizo célebre a comienzos del siglo XX por sus expediciones a las regiones más remotas de América del Sur, donde viajaba constantemente, obsesionado por las leyendas doradas de los incas, como la del Paititi, la mítica ciudad perdida que nunca pudo alcanzar pero que estaba seguro existía. Percy Fawcett desapareció, sin dejar rastro, en la selva amazónica, justo a su hijo mayor, alimentando la leyenda de lo que pudo sucederle. El libro que recoge esta historia fue publicado en su día por Ediciones B.

En el libro que recoge las notas del diario del coronel, Percy Fawcett hace un pormenorizado memorial de sus aventuras por las selvas más remotas del mundo. Sus descubrimientos lo convencieron no sólo de la existencia de civilizaciones aún desconocidas en las profundidades de la floresta amazónica, sino también de un saber perdido y del hecho de que los incas no fueron los primeros en conocer la técnica de ablandar las piedras, ni tampoco los autores de muchas maravillas arquitectónicas que salpican toda la geografía andina. De este libro se han extraído algunos párrafos que son una verdadera sorpresa, y que reproduzco a continuación.

“Los Incas heredaron las fortalezas y ciudades construidas por una raza anterior y las restauró de la ruina sin mucha dificultad –escribe convencido Fawcett, al recordar sus viajes por el Perú—. Ellos construyeron con piedra en las regiones dónde éste era el material más conveniente; en cambio, para el cinturón costero ellos usaron generalmente el adobe. Los viejos constructores adoptaron las mismas e increíbles junturas que son características de los edificios megalíticos más viejos, pero los incas no hicieron ningún esfuerzo para usar la piedra grande, previamente amasada por sus predecesores. Yo escuché que los incas heredaron esta técnica y encajaron sus piedras gracias a un líquido que ablandó las superficies a ser unidas a la consistencia de arcilla.”

“¡Yo no lo creo!” – dijo un amigo que había sido miembro de la Expedición peruana de Yale que descubrió Machu Picchu en 1911.

“Yo he visto las canteras dónde estas piedras estaban cortadas -insistió-. Yo los he visto en todas las fases de preparación, y puedo asegurarlo, las superficies fueron trabajadas a mano y nada más!”
“Pero, otro amigo mío me contó la siguiente historia:

“Hace algunos años, cuando yo estaba trabajando en el campamento minero de Cerro de Pasco (un lugar a 14.000 pies (es decir, a 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. N. de VA), en los Andes del Perú Central), yo salí un domingo del campamento, con otros Gringos, para visitar algún viejo cementerio inca o Preinca, con la intención de ver si podíamos encontrar algo de valor. Tomamos la carretera a este lugar, y llevamos, claro, unas botellas de pisco y cerveza; y un peón, para que nos ayude a excavar en el cementerio.

Después de almorzar llegamos al camposanto, y el peón empezó a abrir algunas tumbas que parecían estar intactas. Trabajamos difícilmente, y aprovechábamos cada ocasión para tomar un trago. Yo no bebo, pero otros lo hicieron, sobre todo un muchacho que comenzó a beber demasiado pisco hasta emborracharse. Pero a pesar de tanto esfuerzo, sólo encontramos una vasija de barro, como de un cuarto de galón de capacidad, con un líquido espeso dentro de él.

“¡Yo apuesto la chicha!” -dijo el bebedor, totalmente fuera de sí—. “¡Lo probamos a ver qué clase de cosa bebió el inca!”.

“Probablemente nos envenenemos si lo hacemos” –observó otro.

“¡Entonces permitan que lo pruebe el peón!” -exclamó el borracho.

Entonces rompieron el sello y sacaron el tapón de la vasija, olfatearon el contenido y llamaron al peón para que pruebe el misterioso líquido.

“Tome un trago de esta chicha” -pidió el borracho-. El peón tomó la vasija, dudó, y entonces, con el miedo pintado en su cara, lo empujó en las manos del borracho y retrocedió.

“No, no, señor” –murmuró—. “Eso no”. “¡Eso no es ninguna chicha!” -exclamó-. Entonces, el peón dio media vuelta y escapó.

El borracho puso la vasija sobre una piedra plana y corrió tras el peón. “¡Venga muchacho, agárrenlo!” –gritó—. Atrapamos al desgraciado hombre y lo llevamos a rastras de regreso; y de nuevo le exigimos que bebiera unos tragos de la vasija.

Pero el peón se enojó y en su resistencia todos forcejeamos violentamente con él, y en la pelea la vasija cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Y su contenido se derramó y formó un charco encima de la piedra plana.

Cada uno se rió. Era como un gran chiste, pero el esfuerzo de la excavación de la tumba nos había dejado exhaustos y sedientos. Y ellos fueron al saco dónde tenían guardadas las botellas de cerveza. Y comenzaron a beber.

Aproximadamente diez minutos después, yo me agaché sobre la piedra plana y por accidente examiné el charco del líquido derramado. Parecía que había más líquido derramado que antes; ¡Pero no era eso, la vasija entera dónde había estado el líquido, y la piedra bajo ella, eran tan suaves como el cemento fresco! Era como si la piedra se hubiera fundido, como la cera bajo la influencia del calor.”

Texto traducido y adaptado del libro: EXPLORATION FAWCETT, Percy H. Fawcett-Brian Fawcett (The Companion Book Club, London, 1954:317-318).

Aukanaw, en su texto dedicado al enigma del pájaro Pitiwe y la hierba que disuelve el hierro y la piedra, nos recuerda la existencia de una planta –considerada medicinal por los mapuche— que crece en las sierras andinas, desde Ecuador hasta el estrecho de Magallanes. Los botánicos la llaman Ephedra andina, y es una de las sospechosas de ser la famosa y tan buscada hierba de los incas.

No en vano, por instinto, los animales la evitan, pues ya se ha visto lo que les sucede cuando la ingieren: se conoce de pequeños mamíferos como zorros y cuyes, que han sucumbido con sus cuerpos hinchados y sus huesos deshechos por los jugos de las ramas y hojas. Los chamanes mapuche la aprecian mucho por sus propiedades medicinales y como elemento ritual. En Argentina la conocen también como Solupe, Sulupe, Punco punco, Suelda que suelda, Cola de caballo, Tramontana, Trasmontana, Pico de gallo o Pinko-pinko. En Perú recibe casi las mismas denominaciones que le han dado los mapuche de la Patagonia, además de otras autóctonas: Q’ero-q’ero, Cola de caballo, Condorsava, Likchanga, Pachatara, Pfinco-pfinco, Pinco-pinco, Pingo-pingo, Suelda con suelda, Suelda-suelda, Wacua…

Se trata de un arbusto densamente ramificado, con ramas junciformes, de hasta 40 centímetros; donde el tallo algunas veces se yergue, otras se postra. Sus hojas son escamiformes, verticiladas en los nudos. Las flores son verticiladas, dioicas, inconspicuas: las femeninas muy poco protegidas por brácteas imbricadas con la escama seminífera globosa; las masculinas con seis estambres.

Sabiendo esto, ¿no será que en la Antigüedad, egipcios e incas conocían la existencia de plantas, cuya esencia era capaz de ablandar piedras?

¿Fue así cómo se construyeron algunos de los grandes obeliscos, como éste inacabado en Asuán? Sólo hace falta mirar los contornos del Obelisco inacabado de Asuán para comenzar a intuir las posibilidades de una planta como la Ephedra Andina.

Después de la visita al Obelisco inacabado de Asuán, nos dirigimos a unos de los preciosos barcos de lujo que remontan la presa de Asuán. Nuestro destino estaba en Luxor.

Recuerdo este viaje como uno de lo más bonitos de mi vida, donde cada noche podía tumbarme en la cubierta superior, junto a la piscina, y contemplar aquel fabuloso cielo, con Orión mirándome de cerca.

De esta guisa pudimos visitar Abu Simbel, Amada, Edfu, Derr, Mit Rahina, Habu, Philae, Es-Subu, Al-Deir y Al-Bahari, Kom Ombo, y tantos otros templos nubios.

El espectáculo nocturno de luz y sonido en Abu Simbel te transporta a la época de los faraones, donde unas imágenes proyectadas sobre Abu Simbel te recuerdan, en perfecto español (hay unos altavoces gigantescos que se encargan de ello), la gran historia de amor entre Ramsés II y Nefertari, en la dintasía XIX. La encantadora música melodiosa, y sus imágenes proyectadas, te muestran cómo fueron los templos, y cómo se rescató Abu Simbel de quedar cegada bajo las aguas de la presa de Asuán.

El templo de Karnak, en Luxor, consagrado a Amón, es una de las construcciones más impactantes de Egipto. Su edificación se desarrolló a lo largo de siglos. Todos los grandes faraones de la historia quisieron manifestar su poderío y la grandeza del Imperio, erigiendo cada uno magníficos templos, muros, estatuas y todo tipo de monumentos en honor de los dioses.

Si bien la parte más antigua del Complejo de Templos de Karnak dificulta la determinación de las edades de muchos de los sectores que lo conforman, casi todos los especialistas coinciden en que el Patio del Imperio Medio es el que porta mayor antigüedad. La Cámara de los Antepasados, actualmente exhibida en el Museo del Louvre, en París, cuenta entre sus muchas inscripciones con una en particular, que sostiene que el Templo de Amón data de la Dinastía III.

Tutmosis I fue el primero en introducir modificaciones de importancia en el Templo. Rodeó al santuario primitivo con un muro. El acceso era posible a través de un Pilono de piedra arenisca, adornado con piedra caliza. Delante de este Pilono construyó una sala hipóstila con techos de madera. Un segundo muro fue erigido bajo su gobierno: éste rodea al anterior y da lugar a otro Pilono, frente al cual se construyen dos obeliscos. Sólo uno se conserva en la actualidad.

La Reina Hatshepsut instaló dentro del santuario la Capilla Roja, que cumplía la función de embarcadero sagrado.

Ramsés II construye la avenida de las esfinges, de la entrada actual, parte de la cual es atribuida por algunos estudiosos al período de Tut-anj-amon.

Los muros y las edificaciones del Gran Templo de Amón llevan inscritas las voces de la historia, hablan a los visitantes que se adentran en su laberinto de antiguos rituales y misterios remotos que hacen de Karnak un destino único.

En el Valle de los Reyes pudimos contemplar un lugar impresionante, donde aparece de repente un paisaje espectacular repleto de colinas desérticas y numerosos caminos que son los que nos permiten acercarnos hasta las tumbas.

En este lugar es donde se encuentran las tumbas de la inmensa mayoría de faraones del Imperio Nuevo (dinastías XVIII, XIX y XX), así como varias reinas, príncipes, nobles e incluso animales. Muchas de las tumbas han estado abiertas desde la antigüedad, pero otras han estado escondiendo sus secretos hasta hace poco tiempo. Uno de los principales descubrimientos, por no decir el mayor, se produjo en 1922, cuando se abrió la tumba de Tutankamón, el rey-niño de la dinastía XVIII. La tumba estaba repleta de tesoros impresionantes.

En la actualidad, el valle de los Reyes continúa siendo un lugar lleno de misterios en el que se sigue investigando. Eso sí, ya no se buscan tesoros, sino información de una civilización impresionante. De todas las tumbas que existen en este valle hay algunas que se pueden visitar por dentro y que contienen pinturas extraordinarias y lugares mágicos difíciles de olvidar. De entre todas las tumbas destacan tres, la tumba número 5, donde, al parecer, pudieron ser enterrados numerosos hijos de Ramsés II, y es la más grande de todas; la tumba número 55, que continúa siendo un auténtico misterio ya que no se sabe a quién perteneció; y la tumba número 63.

Nuestra visita, ese día, concluiría en el Valle de los Nobles, agotados ya por el intenso calor de agosto.

Sin embargo, aún nos quedaba la última parte del viaje, remontando el Nilo para regresar a El Cairo, donde aún nos aguardaba alguna que otra sorpresa en Abydos y Dendera.

Continuará…

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GANADORES DE LAS BRUJULAS DIGITALES

6 Octubre 2009

Tal y como avancé en su día, el concurso de los mejores comentarios ha llegado a su fin.

El día 30 de septiembre se deliberó sobre cuáles habían sido los mejores comentarios. Lo cierto es que no ha sido difícil, pues quizás hayan sido dos las únicas personas que más han intervenido. Así que de, las tres brújulas digitales que íbamos a entregar, la cosa se queda en dos, puesto que son quienes más han intervenido con sus comentarios.

Los premiados son: Samir Ahmed, por sus excelentes aportaciones al artículo “Algunas consideraciones sobre Egipto y los sensores SuperCCD” y David Antelo por sus reflexiones muy acertadas por “La Atlántida y el zodíaco de Dendera”.

He comprobado, por otro lado, las enormes polémicas causadas por artículos tales como “El fraude histórico de la Trinidad y el espíritu Santo”  y “El manto de la virgen de Guadalupe está confeccionado con marihuana”.

A este respecto me gustaría aclarar algo. Hay quienes me tildan de ateo, agnóstico, y no sé cuántas cosas más. Siento contradecirles, pero creo en Jesús de Nazaret, por decir algo. Me parece un ser excepcional, que vino a transmitir un evangelio de amor, que ninguno de sus apóstoles supo interpretar correctamente. Ni qué decir tiene que me asquea contemplar las religiones y doctrinas que se fundaron en su nombre, siempre instituidas por los hombres, no lo olvidemos. También contemplo la posibilidad de un creador de todo el universo, al que dotó de libre albedrío. Pero, por supuesto, no creo en ese carnicero, salvaje y empalador de niños y mujeres (sólo hay que leerse la Biblia al pie de la letra para saber de lo que hablo) que se hizo llamar Yahvé, y que necesitaba descender a la Tierra para saber qué ocurría (no hay que ser muy listo para darse cuenta de que era tan humano como cualquiera de nosotros). Ahora bien, los fanáticos se prestan al experimento de la religión, y todos creen que la suya es la única y que los demás están equivocados. El respeto al budismo, hinduismo, confucionismo o taoísmo, brilla por su ausencia, en boca de los monoteístas, a los que no les interesa conocer la opinión de otros, pues cada uno creé que la suya es la única religión válida.

Prestarse a responder a los fundamentalistas católicos tampoco es de recibo. La mayoría basa su creencia en la fe, y eso les basta. ¿Para qué comprobar las evidencias del manto de la virgen de Guadalupe, si se convencen con la sinrazón y la fe? Cabe añadir que algunos no saben ni leer, pues confunden que, del cáñamo se deriva la marihuana, para argumentar que un servidor debe saber lo que es esta planta y que, por tanto, fumo de ella. Pues, la verdad, es que no fumo; ni tabaco, ni cualquier otra sustancia. Espero dar por zanjadas estas cuestiones.

Cada brújula de las regaladas a los comentarios más significativos, está valorada en 120€, y disponen de altímetro, estación meteorológica, reloj y cronómetro. Son unas brújulas digitales preciosas, con un cordón para llevar al cuello, y que harán las delicias de aquellos que, como un servidor, gustan de la aventura.

Rogamos a los premiados se pongan en contacto conmigo para hacerme llegar sus datos, para así poder recibir la brújula digital en su casa.

Gracias a todos por la participación, y por aquellas opiniones y comentarios constructivos.

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