LA CIUDAD SUBTERRANEA DE DERINKUYU EN TURQUIA
23 Abril 2009
En 1963, un habitante de Derinkuyu (en la región de Capadocia, Anatolia central, Turquía), derribando una pared de su casa-cueva, descubrió asombrado que detrás de la misma se encontraba una misteriosa habitación que nunca había visto; esta habitación le llevó a otra, y ésta a otra y a otra… Por casualidad había descubierto la ciudad subterránea de Derinkuyu, cuyo primer nivel pudo ser excavado por los hititas alrededor del año 1400 a.C.
Los arqueólogos comenzaron a estudiar esta fascinante ciudad subterránea abandonada. Consiguieron llegar a los cuarenta metros de profundidad, aunque se cree que tiene un fondo de hasta 85 metros.
En la actualidad se han descubierto 20 niveles subterráneos. Sólo pueden visitarse los ocho niveles superiores; los demás están parcialmente obstruidos o reservados a los arqueólogos y antropólogos que estudian Derinkuyu.
Uno de los detalles más interesantes es el que Derinkuyu fue sufiendo dramáticos cambios a lo largo de su historia. Sobretodo en la era Bizantina, en la cual se agregaron unas considerables puertas de piedra para cerrarla desde dentro e impedir el acceso exterior. Detalle que indica el conocimiento de la ciudad por parte de los persecutores y posibles intentos de invasión. Sorprendentemente, gracias a sus fuentes y depósitos internos de comida, la ciudad podía acomodar cómodamente a 3 mil personas; pero si una crisis se desataba en el exterior, se cree que podía llegar a ser ocupada por 50 mil.
La ciudad fue utilizada como refugio por miles de personas que vivían en el subsuelo para protegerse de las frecuentes invasiones que sufrió Capadocia, en las diversas épocas de su ocupación, y también por los primeros cristianos.
Los enemigos, conscientes del peligro que encerraba introducirse en el interior de la ciudad, por lo general intentaban que la población saliera a la superficie envenenando los pozos.
El interior es asombroso: las galerías subterráneas de Derinkuyu (en las que hay espacio para, al menos, 10.000 personas) podían bloquearse en tres puntos estratégicos desplazando puertas circulares de piedra. Estas pesadas rocas que cerraban el pasillo impedían la entrada de los enemigos. Tenían de 1 a 1,5 metros de altura, unos 50 centímetros de ancho y un peso de hasta 500 Kilos.
Además, Derinkuyu tiene un túnel de casi 8 kilómetros de largo que conduce a otra ciudad subterránea de Capadocia, Kaymakli.
De las ciudades subterráneas de esta zona hablaba el historiador griego Jenofonte. En su obra Anábasis explicaba que las personas que vivían en Anatolia habían excavado sus casas bajo tierra y vivían en alojamientos lo suficientemente grandes como para una familia, sus animales domésticos y los suministros de alimentos que almacenaban.
En los niveles recuperados se han localizado establos, comedores, una iglesia (de planta cruciforme de 20 por 9 metros, con un techo de más de tres metros de altura), cocinas (todavía ennegrecidas por el hollín de las hogueras que se encendían para cocinar), prensas para el vino y para el aceite, bodegas, tiendas de alimentación, una escuela, numerosas habitaciones e, incluso, un bar.
La ciudad se beneficiaba de la existencia de un río subterráneo; tenía pozos de agua y un magnífico sistema de ventilación (se han descubierto 52 pozos de ventilación) que asombra a los ingenieros de la actualidad.
A Andrew Collins, un experto en misterios de civilizaciones desaparecidas, Demir le había hecho ver algo: que algunas de las zonas más antiguas de ese entramado eran más altas que las modernas. Como si hubiesen sido acondicionadas para personas de mayor estatura. Él creía que podía remontar su antigüedad al Paleolítico. «Collins me propuso una explicación», recuerda Demir. «Cree que, hacia el noveno milenio antes de Cristo, Turquía sufrió una breve era glacial que duró 500 años. Y que los habitantes de estas regiones, más altos que nosotros, decidieron refugiarse del frío y la nieve del exterior excavando ciudades en las que la temperatura era constante. Como aquí, que nunca baja de los 10 ó 12 grados».
Andrew Collins, junto a autores bien conocidos en los países anglosajones como Graham Hancock, Rand Flem-Ath o Colin Wilson, defiende que existieron civilizaciones desarrolladas, mucho antes de Mesopotamia o Egipto, que se esfumaron tras la llegada de la última glaciación. Para todos ellos, aquel cambio climático de hace 11 ó 12.000 años colapsó el curso de la Historia y dio pie a leyendas como las del Diluvio -extendida entre todas las culturas del planeta- o la del hundimiento de la Atlántida. ¿Era, pues, Derinkuyu un vestigio de alguna de esas civilizaciones prehistóricas? ¿Era casualidad que en la región del planeta en la que nos encontrábamos hubiera florecido el mito de Shambalah, un mítico reino subterráneo cuyos tentáculos se extienden supuestamente bajo todo el continente de Asia?
Capadocia sigue alimentando el asombro con las chimeneas de Hadas de Göreme. Estas extrañas elevaciones puntiagudas son como altas columnas modeladas por la erosión y provistas de una roca superior, como sombrero. El nombre actual Göreme significa “no dejes de ver”, dicho por los nativos a los forasteros.
Kaymakli es una ciudad subterránea construida debajo de una colina. Sólo los cuatro primeros pisos están abiertos a los visitantes y provistos de luz eléctrica, se llega hasta 15 o 20 m de profundidad.
El lugar era un refugio seguro y además le permitía practicar la fe, para lo cual construyeron iglesias dotadas de cúpulas sobre columnas y pinturas en la piedra de personajes y episodios de los Evangelios. Los colores permanecen fieles, por la sequedad del clima y la oscuridad del subterráneo.
Las investigaciones arqueológicas probaron que las habitaciones habían sido excavadas de tal modo que ninguna vivienda tenía comunicación con las de otras familias.
La ciudad subterránea de Kaymakli presenta incógnitas que, como respuesta, sólo hallan hipótesis. Por ejemplo: ¿Cuánto tiempo emplearon para la excavación? ¿Cuántas personas trabajaron? ¿Cómo sacaron a la superficie los escombros y en dónde los volcaron?.
Para algunas de estas preguntas se arrojan estas suposiciones: Se iniciaba la excavación de las chimeneas de ventilación con una profundidad de hasta 70 y 85 m. A continuación se excavaban las galerías laterales que constituían las calles de la ciudad.
Los pozos se excavaban hasta que hubiese agua y utilizaban las chimeneas de aire, para sacar los escombros por medio de poleas. Dichos escombros en la superficie habrían contribuido a los naturales desniveles de Capadocia o bien arrojados a los ríos habrían desaparecido con el tiempo.
De las chimeneas de ventilación obtenían el aire imprescindible para respirar. La iluminación se realizaba por medio de lámparas de aceite.
La razón principal que hizo posible la excavación de Kaimakli y otras ciudades subterráneas de Capadocia, la constituye la piedra volcánica blanda. Mezcla de ceniza y barro consecuencias de la erupción de dos volcanes.
* Las fuentes para este artículo han sido tomadas del blog “Ovejas Eléctricas” y de otros artículos del periodista y amigo Javier Sierra.
LAS PIEDRAS DE ICA EN LA REVISTA MAS ALLA
22 Abril 2009
En el mes de mayo del 2009, la revista MAS ALLA, en su número 243, acaba de publicar un artículo sobre las Piedras de Ica, que ya en su día fue revisado en este mismo blog. Los autores somos los mismos, Abraham Veciana, y un servidor. Lo más novedoso del caso son las imágenes en exclusiva, que también pueden revisionarse en esta primera y segunda parte, con tomas de gliptolitos que jamás vieron la luz en ninguna otra publicación o libro, y que forman parte de nuestra colección privada de piedras del desierto de Ocucaje, en Perú.
LA FORTALEZA INEXPUGNABLE DE SAN CRISTOBAL
16 Abril 2009
Semana Santa del 2009. Nos dirigimos hacia Lerín, en Navarra, hacia una preciosa casa rural que nos servirá como base para luego visitar lo que buscamos, la Fortificación de San Cristóbal.
La verdad es que en Lerín nos sentimos como en el hogar. Estando en la Casa Rural de Tahona, sus dueños, Alfredo y Nieves, nos adoptaron como si fuéramos sus hijos, cenando todos los días con ellos y disfrutando de las salidas nocturnas a la calle Mayor, haciendo el típico recorrido de “potes”, cervezas y vinos.
El día que fuimos a la Fortificación de San Cristóbal hacía un frío tremendo, con temperaturas que rozaban los cero grados. Aquello era insoportable, más teniendo en cuenta el viento reinante en la montaña.
El fuerte de Alfonso XII o Fortificación de San Cristóbal comenzó siendo una ermita y un castillo en el siglo XIII. Posteriormente, en el siglo XVI sufrió una ampliación, añadiéndose la basílica dedicada al santo mencionado. Ya en 1878, bajo la dirección de los ingenieros Miguel Ortega y José de Luna, se acometió la última ampliación, en el reinado de Alfonso XII.
El porqué de esta última ampliación es importante. Quien haya subido al monte Ezcaba, donde se encuentra su emplazamiento, habrá visto la singularidad de su paisaje y lo fácil que hubiera sido para un supuesto enemigo bombardear Pamplona desde este paraje. Pues bien, en aquel entonces España acababa de sufrir tres guerras civiles, que la historia nos ha vendido como las Guerras Carlistas, es decir, entre los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón e Isabel II de España, su sobrina y contendiente. La última guerra civil tuvo lugar entre los años 1872 y 1876, acabando en Estella, capital de los carlistas, y con el triunfo del entonces Carlos VII. Los conservadores carlistas que llegaron a conseguir un número bastante alto de escaños en la derecha, se levantarían luego contra los republicanos, y se les conoció como las JONS durante la época franquista.
La Fortificación de San Cristóbal o su ampliación precisó de 180.000 metros cuadrados, con tres pisos hacia abajo, hacia el interior del castillo. Para ello se tuvo que volar la cumbre del monte y excavar hacia su interior. Sus muros fueron cubiertos con dos metros de tierra para que no fueran visibles, y se rodearon de fosos inmensos. Hacia el 1919 se terminaron las obras.
Sin embargo, una vez concluidas las mismas y construido un enorme túnel que conduce desde el fuerte hacia la Catedral de Pamplona (y que todavía hoy permanece oculto, estando en conocimiento de unos pocos), no se utilizó con fines defensivos, como estaba pensado inicialmente. El 17 de julio de 1936 daría comienzo la Guerra Civil en España. Y así fue como pasó a convertirse en un penal hasta 1945. Justo es decir, que desde 1934 se venía utilizando como cárcel para los revolucionarios asturianos que se levantaron en armas en octubre de aquel año. No obstante, como prisión no contaba con las medidas higiénicas oportunas, y en septiembre de 1935 se tiene constancia de que 750 presos fueron trasladados a otros penales.
Con la llegada de la Guerra Civil, en julio de 1936 el centro volvió a su auge, contando con 2.000 presos. Aquella fue una época siniestra y que la historia no quiere contar. Se sabe que en los juicios rápidos, los reclusos que eran puestos en libertad, cuando iniciaban el descenso del monte Ezcaba, eran abatidos a disparos desde lo alto de las torres.
El centro fue un lugar plagado de muertes: anorexias, paros cardíacos, tuberculosis (ya que allí se trasladaban los presos enfermos de otros correccionales al considerarse el Fuerte como un “Sanatorio Penitenciario”), fusilamientos, asesinatos de personas inocentes…
Y llegamos al 22 de mayo de 1938, cuando tuvo lugar una de las más grandes evasiones de la historia, propio de la mejor película de guerra. Se sabe que en esa fecha eran 2.487 los internos, entre dirigentes políticos y sindicales, revolucionarios y republicanos. Justo a la hora de la cena, una treintena de personas, se avalanzaron sobre sus guardianes, despojándolos de sus armas. Al poco, estos mismos habían conseguido desarmar a los soldados de las garitas, con una sola baja en el bando militar. A la media hora los reclusos salían disparados hacia el exterior.
Justo en ese instante, un soldado que volvía de un permiso observa la escena de los presos fugándose, y parte raudo hacia Pamplona para dar la voz de alarma. Otro preso, el falangista Angel Alcázar de Velasco, pese a estar detenido (tras un altercado en abril de 1937, en Salamanca), decidía darse a la fuga, pero sólo para avisar de ésta a los militares.
Al poco, grandes camiones con reflectores de luz se presentaban por los caminos del monte, disparando a todo lo que se movía. Una vez contabilizados 1.692 presos, se dieron cuenta de que les faltaban 795.
Los 795, mal calzados y vestidos, desnutridos, con escasos fusiles y en desbandada y sin organización, eran atrapados poco a poco. El día 23 ya contaban con 259 de los evadidos, el 24 la cifra sumaba 445. Y el 14 de agosto se detenía al último de ellos. En total, 585 personas.
¿Qué sucedió con el resto? La historia afirma que hubo 187 muertos, abatidos por disparos y los fusilamientos posteriores, por considerarlos cabecillas de la revuelta. Con todo, en los registros de Navarra se contabilizan 24 cadáveres sin identificar; 211 asesinatos de los que se tiene nombres y apellidos.
Hubo un final feliz, 3 de ellos consiguieron atravesar la frontera con Francia y se salvaron. Por el contrario, el falangista Angel Alcázar de Velasco, vio reducida su pena por colaborador.
Tanta muerte está recogida todavía en la montaña. Cuando se sube en coche desde Artica, por una carretera en un lamentable estado, se observan cruces metálicas por todo el camino, los símbolos de aquellos que murieron en la fortaleza; tantas cruces como fallecidos hubieron en la fuga.
Pero aquí no termina esta historia. Después de su cierre en 1945, el Fuerte de San Cristóbal permaneció cerrado y custodiado por los militares hasta 1987, quedando únicamente un retén de vigilancia hasta 1991, momento en el cual fue abandonado definitivamente.
El fuerte fue declarado “Bien de Interés Cultural” por la Dirección General de Bellas Artes en el año 2001. Y en noviembre del 2007, el Congreso de los Diputados, bajo iniciativa de Nafarroa Bai, aprobó la inversión de 500.000 euros para tareas de acondicionamiento y limpieza. Aún así, desde entonces no se ha hecho nada, desconozco a qué causa o si es debido a la crisis económica. Lo que sí es seguro es que la puerta principal se soldó para evitar entradas indeseadas, y que se reforzó la vigilancia de la Guardia Civil en la zona.
Una historia reciente cuenta que unos investigadores de psicofonías, anduvieron por la fortaleza en el 2008. Una grabación psicofónica que circula por Internet, y recogida en la entrada, revelaba estas palabras: “Yo era el centinela que asesina”. Hay otras psicofonías por ahí, pero no se sabe cuán ciertas puedan ser.
Para la historia quedará para siempre este singular lugar, plagado de barracones, pasillos, corredores, celdas, túneles, escaleras que descienden a los avernos, edificaciones inmensas, iglesias… una auténtica ciudad olvidada, sumergida en una fortaleza inexpugnable. Quien tenga el valor de colarse lo podrá hacer subiendo a los barracones de lo más alto o por las cavidades que horadan los fosos. Una construcción, sin duda, que todavía oculta muchos misterios.
¿QUE FUE DEL CONDE DE SAINT GERMAIN?
9 Abril 2009
Esta es una de mis historias preferidas, la del Conde de Saint Germain. De pequeño comencé a leer sobre la historia de este supuesto inmortal en uno de los libros de mi padre. Hasta que un día vi al “supuesto” conde en un programa de televisión. ¿Era real? ¿Podía ser?
Ahora rescato esta historia olvidada para acabar mostrando el vídeo de las hazañas del Conde de Saint Germain en el programa de José María Iñigo; pero comencemos desde el principio.
En el siglo dieciocho, apareció en la corte del rey Luis XV, un enigmático personaje que se hacía llamar conde de Saint Germain. Entre sus facultades se contaba la capacidad de convertir el plomo en oro y de arreglar, por artes completamente desconocidas, cualquier piedra preciosa que tuviera alguna imperfección. Nadie sabe de dónde salía este taumaturgo ni de dónde sacaba su inagotable riqueza que le llevó a codearse con lo mejor de la sociedad francesa, inglesa, rusa o belga. Su origen, era otro misterio. Algunos decían que era alemán; otros, español. Se barajó también la posibilidad de que fuera italiano, ruso e incluso tibetano; pero lo cierto es que nadie consiguió averiguarlo jamás. En la corte, el enigmático conde de Saint Germain afirmaba ser inmortal y que su sapiencia procedía de un lugar remoto. Cierto día, pronunció las siguientes palabras, que Franz Graffër, consignó en sus memorias: “Desapareceré de Europa -dijo- para ir a la región del Himalaya. Allí descansaré. Tengo que descansar. Dentro de ochenta y cinco años se me volverá a ver“. Con estas palabras, en efecto, desapareció de la escena.
Pero fue en la década de los 70 del siglo veinte cuando un personaje llamado Richard Chanfray, apareció en la vida pública francesa, reafirmando ser el inmortal conde de Saint Germain. Lo cierto es que consiguió, ante las cámaras de televisión, convertir el plomo en oro, sin que aparentemente se viera truco alguno. Se hizo tremendamente conocido en toda Europa quizás muchos se preguntaran qué fue de él. ¿Sería, en verdad, inmortal tal y como afirmaba? ¿Era en realidad el verdadero conde de Saint Germain?
El 13 de agosto de 1983, el periódico español El Caso publicó en su página 14 una extensa referencia a este singular personaje. En él, se nos explica qué pasó con el supuesto conde y cuál fue su final. Para todos aquellos que nunca supieron el final de esta historia y que son seguidores de la misteriosa figura del conde más enigmático y controvertido que haya dado la historia, aquí está.
Richard Chanfray aseguraba que era inmortal. Durante muchos años tuvo a sus pies a todas las altas damas de la jet-set francesa; le hacían consultas y dictaba oráculos y vaticinios. Consiguió convencer a toda la alta sociedad de que era la reencarnación del conde de Saint-Germain. Sólo había una diferencia. El supuesto conde de Saint Germain era, presuntamente, inmortal. Richard Chanfray acabó sus días en un sórdido vehículo, embotado de barbitúricos e intoxicado, en compañía de una condesa de pacotilla.
El falso conde conoció diez años de gloria. Comenzó en 1973 su mágica carrera en un teatro de París, presentado con todos los honores. “El hombre que trasmuta el plomo en oro“, rezaban los brillantes carteles luminosos. Y, en efecto, a la vista de todos con la precisión de un brujo, Richard Chanfray consiguió convertir en oro el plomo. Cómo lo hacía, es un misterio. Ni los espectadores, ni los prestidigitadores profesionales, ni siquiera las cámaras de video que le apuntaban directamente a los dedos fueron capaces de descubrir el secreto. El truco, si lo había, se lo llevó a la tumba.
Su oscuro pasado, que sólo ha salido a la luz tras su muerte -casi tan novelesca como su vida-, comienza una oscura madrugada en la ciudad francesa de Lyon, en el año 1940. Se crió en la calle, y en la calle aprendió todo lo que más tarde habría de convertirle en el rey de los escenarios. De niño, robó, vendió periódicos, hizo un poco de todo. A los veinte años, sin estudios y harto de pasar hambre, le sacudió a una anciana con una barra de plomo para apropiarse de los pocos francos que llevaba. Seis años se pasó entre rejas, y si la calle fue su escuela, la cárcel se convirtió en su universidad. Salió de allí hecho un galán, hábil, listo y con labia, dispuesto a cualquier cosa con tal de no rozar siquiera la miseria con la punta de los dedos.
Hojeando libros antiguos, halló un personaje que valía la pena; el conde de Saint Germain, un misterioso alquimista, dueño de sí. Entre sus habilidades figuraba, en primer lugar, la capacidad de transformar el plomo en oro; además de pócimas y secretos, de quien la leyenda dice que es inmortal. Richard adoptó la personalidad del mítico conde y aprovechó el gusto de la alta sociedad por la magia y el esoterismo. En pocos meses, se hizo rico. Por su casa desfilaban los nombres más importantes de Francia; era asesor de centenares de famosos. Y, curiosamente, sus pronósticos eran bastante acertados.
En 1976 tuvo la suerte -o la desdicha- de conocer a la cantante Dalila que, por aquel entonces, vivía un verdadero paraíso de rosas y fama, en el momento cumbre de su carrera profesional. Los dos hombres que habían compartido su vida (Lucien Morisse, su marido, y Luigi Tenco, su amante) habían terminado por suicidarse de forma trágica. Cuando Dalila conoció al falso conde, se enamoró de él de inmediato, quizá para olvidar sus dos fracasos. No sabía que él iba a ser el tercer suicidio.
Según cuentan quienes le conocieron, Chanfray, Conde de Saint Germain, tenía un atractivo irresistible. De su intensa mirada emanaba un profundo magnetismo, y parecía capaz de arrastrar a cualquiera tras de sí. Entre sus habilidades figuraba, en primer lugar, la capacidad de transformar el plomo en oro, como su antecesor; además siempre que entraba en un castillo o casa antigua, demostraba palpablemente que ya había estado allí, en otro siglo. Para que no cupiese duda, señalaba la antigua distribución de la casa, tal como él la recordaba, apuntaba los lugares donde había pasadizos secretos, y señalaba con precisión dónde habían estado antes determinados objetos. Claro que todo eso lo sacaba de los archivos de las bibliotecas públicas. Pero nadie, en diez años, supo descubrir el fraude.
Sin embargo, la magia no le sirvió de nada con la cantante Dalila. “Me obligaba -cuenta ésta- a dormir con una carabina del 22 a los pies de la cama. Estaba paranoico perdido“. El 18 de junio de 1976, cuando la pareja llegaba a la casa a altas horas de la madrugada, Richard vio una luz extraña en la cocina; entró, vio a un hombre en calzoncillos sentado sobre la mesa… y disparó al estómago. “Era -cuenta Dalila- el amante de nuestra criada. Afortunadamente, no murió, pero Richard tuvo que padecer un año de prisión y darle al pobre hombre una indemnización de medio millón de francos”.
Ese fue el principio del fin de la romántica historia. Sin dinero, no había posibilidad de acceder al tren de vida que ambos estaban habituados a llevar. Richard lo intentó todo. Quiso grabar canciones, pero su segundo disco fue un fracaso; lo intentó con la pintura, y no vendió un cuadro; se pasó a la escultura de animales en metal, sin éxito. Dalila y el conde se separaron, y cada uno se vio obligado a buscarse la vida del mejor modo posible.
Sin embargo, pese a los problemas, Richard siguió siendo durante un tiempo la estrella de París y Saint Tropez. No tenía un duro, pero le invitaban a todas las fiestas, devoraban sus experimentos y esperaban con fruición sus profecías. Se hizo amante de la baronesa de Trintignan, Paula de Loos, cuyo título no tenía nada que envidiar al del conde. Era millonaria, eso sí; sabía llevar con cordura sus negocios, pero en lo del título… La falsa baronesa tenía un socio, cuyo nombre no ha sido dado a conocer, que a veces, al parecer, intentaba despistar un poco del mucho dinero que se movía. El conde, en un exceso de celo, quiso velar tanto por los intereses de su amante que no dudó en ponerle una carabina al cuello al socio de la baronesa.
Y otra vez la denuncia, el juzgado, la condena, la indemnización… La baronesa, cargada de deudas, no tuvo capital para ayudarlo, y por tercera vez en su vida el conde, el inmortal, se vio reducido a la condición de simple presidiario. La última vez que se le vio en público, en una de las lujosas fiestas en Saint Tropez, fue en junio de 1983. Había adelgazado lo indecible, y bajo los ojos, dos oscuras ojeras violáceas denotaban sus sufrimientos. El cabello se le había cubierto de canas, y la mirada vidriosa despedía una extraña luz.
El 14 de julio, en un pueblo cercano a Saint Tropez, los dos nobles eligieron la muerte. Se les encontró dentro del coche, con todas las ventanas y puertas selladas, y una ingente cantidad de botes vacíos de barbitúricos. Para más seguridad, habían desprendido el tubo de la calefacción para inhalar los mortíferos gases. Cerca, una carta del conde, unas letras de despedida: “Me voy y me la llevo, porque es tan parecida a mí…”
Lo mejor está por ver. He aquí el vídeo donde el mismo José María Iñigo explica lo que sucedió con el “supuesto” Conde de Saint Germain ante las cámaras.









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