SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (II)

19 Noviembre 2008

Desayunamos con tranquilidad. Los tuaregs nos vienen a recoger en sus todoterrenos desvencijados, con las lunas rotas y los motores trotados. Nuestro mentor conduce a todo trapo por las dunas, pues no hay carreteras hacia donde vamos. Cuando ya no queda más arena y sólo se distingue un paisaje en piedra, el coche se detiene.

Otro grupo de tuaregs nos espera. Son ocho en total. Nos sorprende el contagiante buen humor de Laif, nuestro guía. Suelta todo tipo de abruptos en varios idiomas, incluyendo el español. Gusta de llamar “Grossa” a Belén por su sobrepeso. Bromea para que no coma tanto en los próximos días.

La subida a la meseta del Tassili es impresionante. Hay que detenerse en varias ocasiones para recuperar el aliento. Creo que los días en el gimnasio están surtiendo su efecto, pues voy demasiado aprisa y debo contenerme para esperar al resto del grupo.

Tardaremos algo más de tres horas en alcanzar la cima, seguidos de los burros. El reguero de onagros se vislumbra en la lejanía, cada vez más cercanos a nosotros. Laif canta y los ecos de su voz resuenan en las montañas.

Debo tener cuidado, pues justo en una de las paradas hacia la cúspide, al poner mi mano sobre una roca y mirar en un extraño agujero, veo acurrucada una víbora cornuda. Su cabeza comienza a asomar lentamente para ver quién es el intruso que se acerca. Tonto de mí, que no me di cuenta de un monzón sobre estas piedras, marcando el refugio de una serpiente peligrosa. Alguien debió dejar esta señal allí; a partir de ahora estaré más atento a los monzones.

Mientras ascendemos Laif me cuenta que se siente orgulloso de ser tuareg. Al parecer, con la ocupación árabe le pusieron como “prénom” el de Mustaf; pero no quiere ni oír mencionar este nombre. No le gustan los árabes, ni sigue los aleyas de Mahoma. El pueblo tuareg es una población orgullosa que tiene sus propios preceptos.

Por fin logramos llegar a la cresta del Tassili. Nada más atravesar unas rocas aparecen de la nada las primeras pinturas. Nos quedamos extasiados. Detrás nuestro los burros se detienen y comenzamos a descargarlos de su peso.

Los tuaregs nos acomodan una zona, junto a unos riscos, donde tumbarnos y donde comer sobre una especie de tapete. Para celebrar la llegada tomamos un té.

Este improvisado campamento base se encuentra a 1.717 metros por encima del nivel del mar. Mi cronómetro, barómetro y altímetro, marca además la temperatura: 23º C en estos momentos. Se acerca la noche y llega el frío.

Comemos. Tengo la gran fortuna de que su comida es muy similar a mi dieta, ya que soy vegetariano. Todo está muy sabroso. Luego de almorzar nos dedicamos a montar las tiendas de campaña. Aún nos queda tiempo de ir a por las primeras pinturas rupestres.

Manuel, nuestro guía español, cree saber dónde están; pero después de mucho caminar nos damos cuenta de que estamos perdidos. Para colmo, Mercedes se hace una torcedura en el tobillo. Parece un esguince.

Justo cuando estamos dando vueltas en redondo, aparece Laif gritando desde lejos. Quiere que regresemos al campamento y nos amonesta por ir en busca de las pinturas sin sus servicios. Cree que estamos locos, pues no seremos los primeros extranjeros que se han extraviado en aquellas montañas desérticas.

En torno a una hoguera, Manuel muestra a Laif el libro de Henry Lothe. Mohamed, el tuareg que habla varios idiomas, se acerca. Cuando se les pregunta sobre el origen de las pinturas rupestres, las achacan a sus ancestros; como mucho, hablan de la intervención de algunos dioses. Pero ni mucho menos quieren oír hablar de historias de marcianos, cuando Manuel, entre las risas de los allí presentes, les intenta explicar el número de planetas que giran alrededor del sol. Nos morimos de la risa viendo las caras de los tuaregs. Estas buenas gentes no son capaces siquiera de imaginar otros países, como para hacerles entrever que existen otros planetas.

Mohamed nos cuenta una historia. Nos habla de cómo desenterraron gigantes durante la construcción de sus casas de adobe. Para ellos estos gigantes son los dioses. Sería un sacrilegio confesarnos dónde los enterraron, aunque pudiera tratarse de una fosa común, por lo que deduzco.

Cenamos cous cous y algo de ensalada, junto a la hoguera. Es hora de explicar anécdotas; así que Manuel saca de la chistera una de las suyas, y nos revela lo que son los números “fi”, el número áureo que se encuentra en algunas estelas de Babilonia y Siria del 2.000 a.C. y que representa el equilibrio.

Esa noche me pongo a cantar canciones con los tuaregs, con uno de ellos tocando una guitarra a mi lado. Acabamos todos bailando de cualquier forma junto al fuego. Este tipo de danzas, como bien nos detallan, se bailotean como te salga, sin más.

Al rato no quedan rescoldos, indicativo de que es hora de irse a dormir. En la tienda que me ha tocado compartir con Antonio siguen nuestras bromas. Diego y Silvia duermen en la tienda de al lado, y las chanzas no cesan.

No consigo dormir con el frío; se cuela por cualquier agujero de la tienda y te cala hasta los huesos. Hay un viento de una fuerza inusitada ahí afuera. Ahora echo de menos un jersey de cuello alto del que me desprendí en Djanet pensando que no lo necesitaría. Para colmo, aparte del frío, mi compañero, Antonio, duerme a pierna suelta y no para de roncar. Parece una motosierra. Mi reloj marca -5º C dentro de la tienda.

Amanece. Desayunamos pan con mantequilla y crema de cacao. Las necesidades mayores hay que hacerlas detrás de una roca, a cientos de metros del campamento para evitar que te coman las moscas. Pero el cuerpo no está para historias. Llevo reteniendo líquidos desde el comienzo de esta excursión, pues la aridez del desierto controla hasta nuestros cuerpos.

Enfilamos hacia Aouanguet, el primer destino donde se localizan algunas de las principales pinturas del Tassili. Avanzamos por un mar de lava solidificada cuando Laif detecta un charco de agua en medio de la nada. Silba desde encima de una roca para llamar la atención del resto de tuaregs que se han quedado en el campamento base. Pretende que vengan a llenar bidones con agua empantanada con la que luego prepararán sus tés. No quiero ni mirar, pues por el rabillo del ojo observo unas extrañas lombrices en la balsa. Y es que el agua vale su precio en oro en esta latitudes.

El paisaje que se observa es desolador. De tanto en tanto nos topamos con algún ciprés milenario que se niega a extinguirse. Todo lo que atisbamos es desierto y seco, bajo un sol abrumador capaz de matar en minutos a cualquier animal.

Nos detenemos frente a un wadi, un río seco que delimita la frontera con Libia. Un pájaro que Laif identifica como el “volá volá”, similar a un verderón, se para enfrente nuestro. Laif afirma que es un buen augurio, pues este pájaro solo trae buenas noticias.

Aouanguet. N 24º 28,647’ E 9º 39,932’ El lugar está plagado de frescos decorando todas las formaciones rocosas. El arte figurativo es amplísimo, y entre tanta figura, nos entrenemos en aquellas que no tienen explicación posible, al margen de los cuantiosos animales que sí se pueden identificar.

Un hombre con una extraña máscara. Una especie de carro en el que se distingue un ser manipulándolo, pero con unos insólitos chorros de fuego saliendo del propio carro. Algo similar a platillos o sombreros por encima de las cabezas de los hombres prehistóricos. Ideogramas que me recuerdan a los del Egipto clásico por sus representaciones genéricas que simbolizan casas. Lo que parecen buzos por sus escafandras. Escritura anterior a la bereber, y de la que se desconoce su significado. Más buzos o gentes con máscara que J.J.Benítez tildó como “cabezas redondas”, de los que parten tubos desde sus bocas. Hombres con algo parecido a una armadura mallada. Camellos sobrevolados por chocantes artilugios. Un hombre operando un panel con instrumentos. Seres con cabeza de hormiga o antenas y cuatro dedos únicamente en sus manos. Una cazadora con cuernos enormes a modo de casco…

No paro de dibujar y fotografiarlo todo. Es de lo más raro todo; no hay explicaciones para tanto simbolismo, por mucho que la lógica se empeñe en dar con algún esclarecimiento de lo que vemos. No hay razonamiento posible y más vale dejarlo así, por ahora.

En un inciso aprovechamos para comer y echar la siesta. Cuando el sol ya no me deja ni respirar, me voy a hacer mis necesidades. La suerte me traslada hasta una cueva donde descubro alguna que otra pintura rupestre inédita, nunca vista hasta la fecha por hombre alguno. No es nada nuevo ni extraño. El motivo son las vacas, que tanto se muestran por este valle y de las que dependían aquellos hombres antiguos.

Para las fotografías, los tuaregs no quieren que usemos flashes para no deteriorar las mismas. Nos lo suplican, pues los responsables del Parque del Tassili suelen venir, en ocasiones, para comprobar los desperfectos causados por las distintas expediciones.

Es hora de regresar al campamento base. Mi reloj marca las 16:14. Tardaremos otras dos horas en llegar. Hay que estar en muy buena forma para soportar estas condiciones con una escasa cantimplora de agua por persona y trayecto.

Nos espera un refrescante té. Aprovecho para cambiar la tienda de sitio. Me he fijado que los tuaregs montan las suyas debajo de los peñascos para resguardarse del frío, así como también se construyen una especie de igloos de piedra. Yo también hago lo mismo e introduzco la tienda en este tipo de refugio.

Detesto no asearme, pero no hay otra. Es hora de cenar. Hoy toca pasta italiana y sopa de cebolla. La charla de esta noche versa sobre la propia antigüedad de la Esfinge y las pirámides de Egipto. Manuel cree que rondan los 12.500 años y nos cuenta su teoría al respecto.

Antes de acostarnos, Manuel juega con la exposición de su cámara fotográfica y logra escribir el nombre de su novia en el aire. Risas. Los tuaregs se empeñan en escribir sus nombres con el mismo truco.

Esa misma noche logro conciliar el sueño, por fin. Nada de frío y nada de ronquidos. Sólo queda descansar.

Continuará…

Más información:
Número Fi

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SE VA UN HOMBRE Y VUELVE OTRO: HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PINTURAS DEL TASSILI (I)

12 Noviembre 2008

Vuelo AH2007 de Air Algerie. 11 de octubre. 13:30 horas.

Partimos hacia Argel, saliendo desde el aeropuerto de Barajas. Desde los altavoces nos anuncian que llegaremos a la capital de Argelia a las 15:54 hora local. Una hora menos, según mi reloj que todavía conserva la hora española.

Miro las alas de este curioso avión, cuyos extremos se encuentran doblados hacia arriba. Durante el vuelo sufrimos turbulencias, premonición de lo que está por llegar.

Aprovecho para rellenar la primera hoja de entrada al país, una de las muchas que deberemos completar durante nuestra estancia. Al mirar mi visado, extendido en Alicante, aunque soy de Barcelona, compruebo que puedo quedarme en el país noventa días más de lo inicialmente previsto.

Nada más aterrizar vemos llegar al guía local. Junto a él se encuentran dos coches patrullas de la policía. Nos escoltarán. Hay graves problemas con los turistas y no quieren que ingresemos en la estadística de turistas secuestrados o asesinados por el terrorismo islamista.

Seguimos al coche patrulla. La autopista está abarrotada de viejos cacharros que no se sostienen por ninguna parte. Por doquier se observan controles policiales.

Los árabes son muy dados a conducir de forma temeraria. Se saltan todas las normas de tráfico y conducen a tirones. Para no ser menos, nuestro convoy transita por el arcén, arengando a cuantos se interponen entre los coches. Los policías asoman las cabezas por las ventanillas, gesticulan y berrean en su lengua. Nuestros taxistas también sueltan las manos de sus volantes, clamando a Alá.

A las 18 horas llegamos a comer a un sitio típico de Argel. El grupo, compuesto por ocho personas, se narra sus batallitas por el globo.

Regresamos al aeropuerto. En el primer control de seguridad detectan la porra extensible que siempre llevo conmigo en todos los viajes problemáticos. Les convenzo de que se trata de un trípode plegable, y me dejan pasar. Por Dios, tengo que ocultarla de alguna otra manera.

Facturamos el equipaje y nuevo control policial. Nada más entregar la hoja de entrada al país, tropezamos con otro control.

El autobús nos deja en las mismas puertas del avión; si bien las maletas te las tienes que subir tú. No me lo puedo creer. Las maletas de todos los viajeros se encuentran desperdigadas por la pista de aterrizaje. Todo el mundo corre para no perder de vista su equipaje. Yo subo mi mochila al carro que gritan pertenece al vuelo que te lleva a Djanet.

Cómo no, nuevo control de seguridad antes de subir las escalerillas del avión.

No llevamos resguardo del asiento. Aquí cada cual se busca la vida y te sientas donde te apetece. No hay primera y segunda clase. Esto es Arabia.

Ahora me río de lo sucedido en estas últimas horas. De cómo los autobuses están a reventar de árabes aprisionados, y de esas manías que tienen de arrimarte la cebolleta a tu culo. La picaresca está a la orden del día. Transportando las maletas, mochilas y tiendas de campaña en un carro, un argelino se presta a llevar el mismo por un euro. Nuestro guía español, Manuel Delgado, le paga; y cuando cree que nadie le presta atención a los últimos de la expedición nos vuelve a pedir su propina de un euro, haciendo ver que nadie le ha pagado. Como no caemos en su trampa, el árabe desaparece mascullando contra los infieles.

Llegamos a las cuatro de la madrugada. Nuevos controles nos esperan. Y dos fichas más a completar.

Los hombres azules, los tuaregs, nos están esperando. Sin decir nada nos transportan por el desierto, en un Toyota desvencijado, hasta el oasis de Djanet, la capital del territorio de Argel, al sur de Argelia, a veinte kilómetros de distancia del aeropuerto.

Hay una ventisca y la arena se cuela por todas partes, dentro del 4×4. El marcador de gasolina del todoterreno no funciona. Me pregunto cómo averiguará el conductor para saber cuánta gasolina le queda. ¿Qué pasaría si nos quedáramos sin combustible? No quiero imaginarlo.

Voy en el asiento delantero, compartiendo el mismo con un tuareg. Y llegamos a Djanet, al único hotel de este oasis convertido en un pueblo de casa bajas de adobe y barro.

Las habitaciones son deplorables, infestadas de arena, con un único camastro cuyo colchón está tan gastado que  se marcan todos los muelles que se encuentran debajo. Voy al baño para descubrir tres duchas de agua fría (cuando hay agua) y una letrina de cuartel, un simple agujero en el suelo para tus necesidades.

Todos los expedicionarios quedamos a las nueve de la mañana para comenzar la aventura. Me pongo el despertador de mi Suunto, el reloj que me sirve para tomar todo tipo de mediciones.

Desayunamos pan y mantequilla, con un café. Nos toca rellenar otro formulario para el hotel, otro de esos donde te toca argumentar qué haces en el país. Nada de indicar que eres periodista o te puede causar problemas. Así que me siento orgulloso de ser informático.

Antes de partir me ducho y afeito por última vez en varios días. Las primeras temperaturas de la mañana marcan 31 grados. Estamos a 960 metros por encima del nivel del mar. El tiempo es muy soleado, propio del desierto.

Visitamos el Museo de Djanet. Fósiles, piedras, hachas, puntas de flecha, cazos, vestimentas, tiendas para el desierto… allí hay de todo, propio de tiempos antiguos. Uno de mis acompañantes, Diego, fascinado por los libros de J.J.Benitez, le pregunta al guía tuareg sobre unos símbolos: palo, cero, palo.  Este le e contesta con su significado: “los que se fueron”. El guía nos dibuja los emblemas de lo que él considera tuareg antiguo. Algunos de estos símbolos cree reconocerlos, pero otros no sabría cómo traducirlos.

Después de esta visita nos acercamos hasta el zoco, un mercado donde se vende de todo. Sólo nos interesa la artesanía de plata. Compro algunos medallones y el típico turbante azul.

A las 17:49 llegamos a una zona de dunas conocida como “El lugar de los vientos”. Lo curioso es que los tuaregs no distinguen entre vientos. Para ellos sólo existe un único céfiro.

Hemos llegado hasta aquí en los todoterrenos. Nos sueltan en pleno desierto y se van. Los expedicionarios nos quedamos solos en pleno desierto. Risas. Al poco de comenzar a andar divisamos entre las rocas los primeros grabados. Se trata de efigies de vacas que lloran. Por aquí y por allá hay formaciones rocosas en mitad de las arenas calientes. Una roca se asemeja a un elefante, de forma vaga, en sus contornos.

Nos tumbamos a contemplar la puesta de sol. Los colores del desierto son inenarrables. Las chicas se deslizan por las dunas, cuesta abajo. A lo lejos se divisa la choza de una familia tuareg. Nos encontramos a diez kilómetros de Djanet.

Por la noche tomamos un té en la plaza de Djanet. Cenamos a eso de las ocho. ¿He hablado de mis compañeros de viaje? Ya va siendo hora de citarlos.

Por una parte está nuestro guía español, experto en egiptología y viajero incansable. Ha sido colaborador del desaparecido Fernando Jiménez del Oso. También ha escrito varios libros. Le acompaña su novia, Georgi, periodista y corresponsal en España del diario rumano “La Verdad”.

Antonio, granadino, es otro viajero nato, que ha perdido la cuenta de los países que lleva recorridos. Tiene más datos que la Wikipedia. Te bombardea constantemente con todo tipo de información. Belén es una gaditana muy divertida y que no para de hablar. Resultará una amiga excelente, que incluso me regalará una rosa del desierto. Diego es otro aventurero e interesado en lo oculto al igual que yo. Dice haber vendido su coche para realizar el viaje de su vida al desierto. Su estancia se prolongará unos cuantos días más de la nuestra. Silvia, su novia, le acompaña. Una chica muy guapa, de amplia sonrisa, que estudia para convertirse en juez. Ambos son vallisoletanos, pero viven en Madrid. Nos queda en el tintero Mercedes, una funcionaría que no calla ni a tiros, pero buena persona y compañera.

Cuatro horas más tarde de comenzar a cenar toca irse a recoger. A las siete de la mañana hemos quedado para desayunar para comenzar la ascensión al Tassili. Los tuaregs nos llevarán hasta la base de la meseta donde dará lugar nuestra aventura.

Galerías de imágenes del viaje

Tassili (primera parte)Tassili (primera parte)285 picturesOct 11, 2008
Tassili (tercera parte)Tassili (tercera parte)260 picturesOct 16, 2008

Continuará…

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EL MANTO DE LA FRAUDULENTA VIRGEN DE GUADALUPE ESTA CONFECCIONADO CON MARIHUANA

4 Noviembre 2008

La Virgen de Guadalupe es una imagen religiosa que se exhibe en la basílica de Guadalupe (en México, D. F.). Para los católicos mexicanos, no es sólo la patrona de México, sino de toda América.

La basílica de Nuestra Señora de Guadalupe es el segundo santuario católico más visitado del mundo (después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano), con más de 14 millones de visitantes todo el año en innumerables peregrinaciones desde todas las partes del país. En el 2006 superó a la Basílica de San Pedro en número de visitantes, convirtiéndose durante un año en el santuario católico más visitado del mundo, lo que da fe de la profunda devoción católica arraigada en toda Latinoamérica.

Según la historia la Virgen María se manifestó al indígena Juan Diego, quien era originario de Cuautitlán, y a su tío Juan Bernardino, ambos convertidos al cristianismo pocos años atrás a raíz de la conquista española.

El Nican Mopohua, donde se refleja esta historia, dice que la Virgen le reveló el nombre «Guadalupe» a Bernardino cuando éste se encontraba enfermo de gravedad, aunque los entendidos en el tema afirman que es imposible que la Virgen se nombrara a sí misma Guadalupe, ya que Juan Bernardino no entendía la lengua castellana traída por los españoles al Nuevo Mundo.

Se dice que esta aparición de la virgen, en su advocación de Virgen de Guadalupe, se presentó en varias ocasiones ante Juan Diego el sábado 9 de diciembre de 1531 en el cerro del Tepeyac y le pidió que fuera en busca del obispo y le dijera que ella solicitaba la creación de un templo en ese lugar. Cuenta la historia que el indígena fue en busca de fray Juan de Zumárraga para contarle la solicitud de la virgen, siendo que Fray Juan no creyó en las apariciones. Así fue cómo el fraile le pidió una prueba de las apariciones de la Virgen.

En respuesta a la petición del obispo, la aparición mariana le pidió al indígena que cortara unas rosas de Castilla de la cumbre del cerro Tepeyac y se las llevara al obispo El indígena guardó las rosas dentro de su manto o ayate (tipo de toga abierta por los lados). Al llegar a donde estaba el obispo, éste estiró su ayate para tender las rosas sobre la mesa, con la sorpresa de que la imagen estilizada de la Virgen de Guadalupe se encontraba grabada en el manto. La prueba para el fraile no fueron solamente las rosas, sino el milagro de la pintura de la Virgen de Guadalupe sobre el ayate.

Pero lo verdaderamente curioso viene ahora. La pintura habría sido ordenada por Fray Alonso de Montúfar, segundo obispo de Nueva España, a un pintor indio de la comunidad de nombre Marcos Cipac de Aquino en la década de 1550. Esta aseveración se basa, en primer lugar, en que el propio manto está firmado por Marcos Aquino, a los ojos de cualquier buena lupa. Pero es que se conserva por escrito un sermón pronunciado el 8 de septiembre de 1556 en la capilla de San José por fray Francisco de Bustamante, provincial de la orden franciscana, ante el virrey, audiencia y vecinos principales de la ciudad de México, en la que el padre Bustamante critica al culto guadalupano y declara que la imagen fue pintada por el indio Marcos Cipac de Aquino.

Por otra parte tenemos los análisis de la imagen que a lo largo del tiempo, por parte de expertos en arte antiguo, se han realizado. El restaurador José Sol Rosales, en un estudio realizado a petición del ex abad de la basílica de Guadalupe Guillermo Schulenburg, concluyó en 1982 que la pintura fue hecha usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple. El técnico llegó a la conclusión de que el manto -de 1,7 metros de altura y 1 metro de anchura- es una tela mezcla de lino y cáñamo y que los pigmentos -a base de cochinilla, sulfato de calcio y hollín- son los empleados en el siglo XVI.

Y aún hay más. En 1.947 y 1.973 la pintura de la Virgen fue restaurada por D. José Antonio Flores Gómez. Ya tenemos una nueva firma en el manto. El mismo pintor lo comenta en el diario El Proceso, número 1.343: “Antes de mí, otros restauradores ya le habían dado retoques a la imagen. Eso lo noté desde la primera vez que intervine. Y estoy seguro de que otros intervinieron después de mí.” La pregunta entonces es: ¿cuántas personas han redibujado la supuesta imagen de la virgen en el manto durante estos siglos?

La imagen está pintada sobre una tela de lino y cáñamo. Tradicionalmente se ha dicho que esta obra está ejecutada sobre el lienzo desnudo; esto es totalmente falso, pues es evidente al examen ocular la presencia de una preparación de color blanco, de un grosor que podría considerarse medio y aplicada irregularmente.

La pintura es dibujada usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple; una de ellas, la usada en manto y ropaje, fue empleada en el siglo XVI con el nombre de aguazo, derivada de las técnicas en la pintura de las llamadas sargas y presupone el realizar la pintura sobre el lienzo humedecido ligeramente para facilitar la fijación del color.

El blanco que aparece en la pintura es, con toda seguridad, sulfato de calcio. Los pigmentos azul y verde son, con probabilidad, óxidos básicos de cobre. Las tierras son óxidos de hierro. Como pigmentos rojos, además del óxido de hierro rojo, se usaba el bermellón, compuesto de azufre y mercurio, y el carmín de la cochinilla mexicana. Con un examen ocular, auxiliado de luz rasante y con luces ultravioletas, se detectan, además, diversas áreas de repintes en zonas importantes. También se detectan repintes en el fondo, manto y a lo largo de la unión de los lienzos.

De todo ello, se informó al Vaticano y más concretamente al cardenal Sodano. En una de sus cartas, el abad Schulenbur aseguró: “… y nos dimos perfecta cuenta de que reunía todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de la antigüedad de la imagen misma. Dicho examen crítico lo enviamos a la sede apostólica como un signo de honestidad y de amor a la verdad.

El consultor histórico del Vaticano ni siquiera mandó analizar la imagen de la Virgen de Guadalupe para comprobar que fuera producto de un milagro, ya que lo tuvieron muy claro desde un principio.

Con todo lo anterior, que no deja de ser un análisis superficial, recopilatorio de diversas fuentes fidedignas y contrastadas, se llega la conclusión más que evidente de que la Virgen de Guadalupe es un fraude orquestado por varios artistas, a partir de una historia fantástica que no tiene por donde cogerse.

Aparte, como dato anecdótico, cabe añadir que el manto de la Virgen de Guadalupe  o ayate está confeccionado con cáñamo, la popular planta de la marihuana. ¿Por qué se uso esta planta como tejido del manto? Hagamos un poco de historia.

Por sus virtudes la planta de la marihuana lleva con el ser humano desde tiempos remotos. En China se hace referencia a su explotación desde hace unos 8000 años. En España se cultivó durante varios siglos seguidos con reconocimiento oficial especial, sirviendo para la confección de vestidos, velas navales y piezas de barcos, cordajes, papel.  Las velas de Cristóbal Colón, la bandera estadounidense y los papeles con que se declaró su independencia fueron confeccionados en fibra de Cannabis. Desde el siglo V a.C. hasta finales del siglo XIX el 90% de las cuerdas y velas para navegación y muchas redes de pesca se hacían con cáñamo.

La disminución de su cultivo en los países industrializados comenzó a raíz de una confusa política de prohibición de la marihuana que afectó también al cáñamo en los años 30 del siglo recién terminado. Probablemente fue una campaña puesta en marcha por los intereses opuestos de ciertos sectores industriales estadounidenses para potenciar otros materiales para los que las plantas de cannabis eran un fuerte competidor.

El cáñamo y la marihuana son la misma planta, pero son fruto de diferentes cruces y selecciones, que dan lugar a variedades con características diferentes, y pueden seguir cruzándose entre sí. El cáñamo no es una variedad de marihuana, sino al contrario: la marihuana es una variedad de cáñamo en la que se ha potenciado la concentración de TetraHidroCannabinol.

Este THC es rico en sustancias y aceites que son los que producen los efectos alucinógenos. Otra característica diferenciadora del cáñamo y la marihuana es que las variedades útiles para fibra suelen seleccionarse a partir de líneas de cruce de plantas de tallo alto, con espacios internodales prolongados, escasas o ramas, e interior poco leñoso, casi hueco. Suelen alcanzar entre 2 y 5 metros de altura. Se cultivan en gran concentración, de forma que el cultivo tiene una presencia espesa y difícilmente transitable.

Por tanto, para escarnio de los creyentes, la Virgen de Guadalupe no solamente es un fraude en toda regla, sino que además se viste con un manto fabricado con sustancias alucinógenas. No deja de ser, cuando menos, curioso y relevante.

Actualmente la virgen se venera en la Nueva Basílica de Santa María de Guadalupe, en México.

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